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Tan pronto el calor de nuestras pieles me quema como el frío, la distancia y la indiferencia me hielan el alma. Tan pronto te me acercas y me atrapas con tus días cariñosos, abrazos, palabras susurradas al oído y paseos por mi cuello, como te vas y me desconciertas. Sin explicaciones. No hay que darlas. Y me siento solo, vacío, usado pero, al mismo tiempo, consciente de que el juego me gusta, de que no quiero renunciar a seguir jugando y de que los dos enseñamos nuestras cartas al empezar. De que yo también te uso, de que nos usamos y, quizá, nos vamos haciendo daño. Y aceptamos las reglas y las condiciones. No somos nada, me repito, pero hay veces que la mente parece no aceptarlo y se empeña en que tenemos que ser algo, en que nos debemos el uno al otro.



Es una espiral que no quiero parar, mentiría si dijese lo contrario. Me pierdes y me gustaría hacértelo todos los días, así, apenas sin luz, como de costumbre, solo escuchando, tocando y saboreando. Pero espiral peligrosa a fin de cuentas porque nos exponemos a acabar con nosotros mismos de tanta tensión como se acumula. Y entonces se suceden las discusiones pasajeras sobre qué coño somos, qué sentimos y por qué seguimos así. Nos mina poco a poco. Porque aunque sea entre nosotros, la espiral no nos tiene en cuenta. Así ocurre con las pasiones. Pasan por encima de nosotros. Nos pisotean. Nos dañan y, al tiempo, nos dan placer y crean adicción. Y no se puede parar, ni salir. Siempre dispuesto para ti, como si fueras mía, incluso cuando decides irte a probar suerte con otro. Soledad. Y cuando vuelves; igual, todo tuyo. Como antes. Con el mismo voltaje. Con el mismo deseo. Y yo pensando que te sentirás una privilegiada cuando, quizá, lo único que sientas sea puro interés. Parece un ritual.



Que si no conoces otro chico que sea más comprensivo y que sepa escucharte tanto como yo, que si soy el único que te comprende en esta o aquella racha por la que de vez en cuando pasas, que si siempre estoy ahí, que si el cariño lleva al roce, que si es tu forma de agradecerme mis desvelos por ti, que si los amigos están para disfrutar y que si ninguno te lo come como yo. Y yo, entre tanto, tan feliz y tan infeliz. Al mismo tiempo.



No es menester que me digas lo mucho que valgo y lo bien que te lo hago. Ya sé a lo que estamos y si no me vas a querer, no hace falta que me regales flores.


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Aquella noche estaba en la barra del garito donde solía ir cuando me sentía solo. Estaba solo, apoyados los brazos sobre la barra, con gesto cansado, triste, melancólico, queriéndola ver reflejada en el fondo del vaso de tubo, amándola en la distancia, bebiéndomela a sorbos pequeños para que aquella noche no acabase nunca.

Y un hombre, con aspecto algo desarrapado, barba mal arreglada a medio camino entre la pelusilla y la barba dura y olor a alcohol y sudor y con una chaqueta de pana algo sucia y raída, se acercó. Curioso, quiso saber y preguntó.

-Oye, ¿tienes algún problema?

A mí, en una situación normal, aquello me habría resultado muy violento. No soy amigo de curiosos, ni entablo conversaciones con el primero que dobla la esquina. Pero, no sé, quizá necesitaba sacarlo fuera y respondí:

-Sí, dije, si es que lo mío puede llamarse problema. Estoy haciéndole el amor a esta copa cuando realmente se lo debería estar haciendo a ella.

Y se pidió otra copa de soledad y bebimos y brindamos juntos por ellas, tan tristes y tan dulces al mismo tiempo.

Me podrás decir que la cosa está que arde, que es difícil encontrar trabajo y que la nueva filosofía del trabajo consiste en tener un trabajo de mierda y rezar por no perderlo, para qué quejarse y ponerlo en peligro, ¡ay si Marx y Engels levantaran la cabeza! Que Zapatero dice que se va y que lo que viene será peor. Que las guerras nunca se van a acabar, que el mundo anda revuelto, que al tiempo no hay quien lo entienda y que los desastres humanos y naturales se cuentan por cientos. Que vaya asco de España, de corrupción, de crispación, de chorizos, de EREs, de chupópteros y de mangantes, de caso tal y caso cual, de la basura televisiva, de empresarios y banqueros usureros y de ciudadanos agobiados, hipotecados, ahogados y que, a pesar de ello, solo se mueven cuando hay partido de fútbol.

Pero todo ello lo podemos mejorar o, incluso, nos podemos olvidar de todas esas cosas si de vez en cuando, más de lo poco que lo hacemos ahora, nos dijésemos, nos recordásemos sin intermediarios, cuánto te quiero, las ganas que te tengo, lo que te haría, cuán loco me vuelves y todo lo que me dejaría hacer por ti mientras siento que contigo en el mundo todas las quejas, los problemas, los inconvenientes, la política, la economía y las centrales nucleares, son accesorios. Ni me van, ni me vienen. Porque solo te quiero a ti.



Y aunque no te lo diga suficientes veces o en el momento más adecuado, sino solamente de vez en cuando, tarde y de pasada, hoy me apetecía decírtelo, hacértelo saber. Y, si te surge alguna duda, esta noche estoy dispuesto a aclarártelas todas.

No puedo respirar. Algo me ahoga, me asfixia y ni me deja hablar. Y si hablo, me persigue por todos lados y me trae a la cabeza ese extraño placer que se siente cuando se hace y se dice todo mal.

Apenas se nota mi presencia, vago de acá para allá como sustancia o ente etéreo, apenas se advierte mi presencia, son pocas mis necesidades y siempre tengo alguna sencilla y simple distracción. Casi eremita, pues. Mi voz apenas se reconoce y por no quitar, no quito ni espacio.



Pero menos mal que me quedan esas palabras que me susurras al oído cuando nos besamos acaloradamente y me anuncias con susurros, mordisqueos en las orejas y con una sonrisa entre la picardía y la lujuria que me vas a hacer el amor, que quieres jugar conmigo, que no me voy a olvidar de lo que se te ocurrió hacerme mientras venías para acá, derrotándome para que me deje hacer y pidiéndote que te atrevas a todo.

Y ni yo mismo sé lo que te daría..., a cambio de todo lo bueno, grande, hermoso, que me das.

-¿Te gusta conducir?, me preguntó mi amiga Inés esta mañana mientras estábamos en plena calle haciendo un descanso en el trabajo y para que ella se fumase su cigarrito. Ya saben, en esos cinco minutos en que puede salir cualquier tema de conversación o, incluso, a veces nos da por arreglar no solo España sino el globo terráqueo entero.

Yo le he contestado que sí pero luego, una vez en mi mesa, de vuelta de la calle, he pensado que no es que me guste. Es que me encanta conducir, pisar el acelerador, transitar por tus curvas sin pisar el freno, no respetar las señales de velocidad mínima recomendada, ser un temerario y coronar tus puertos de montaña.




Y entonces recordé esta canción y su letra ha retumbado, como bien sabes, en mi cabeza toda la mañana y la tarde. Una tarde preciosa, soleada, transitando por El Retiro y al amparo de tus ojos verdes. Te la vuelvo a dedicar porque es todo lo que me haces sentir.

Precioso tu regalo de San Valentín, como todos los que tú me haces. Dices que te cuesta mucho decidirte, que a veces no sabes qué elegir o qué me gustará más, con qué detalle acertarás de pleno.

No te preocupes pues, aunque nunca voy a decirte que algo que viene de ti no me gusta, puedo darte una idea. Para el próximo regalo quiero que me des un abrazo al tiempo que nos besamos y que, poco a poco, estrofa a estrofa, me vayas cantando esta canción al oído, en voz baja, seduciéndome, haciéndome temblar con tu voz y tus manos dibujando mi torso y mi espalda.



Lo que venga después, las diabluras con que se me ocurra responderte, déjalas de mi parte. Y entonces tiritarás tú.

Para así, como siempre ocurre, quedar al día siguiente añorando la destreza del derroche y la ternura sobre nuestros cuerpos.

No necesito más.

Me dices que para esta Semana Santa te apetece hacer un viajecito, cambiar de aires, salir de Madrid, conocer otros sitios, probar sabores de cocinas diferentes, levantarte por las mañanas con el pensamiento de que todo te lo van a dar hecho, hacer un poco de turismo.
Y yo lo único que quiero es cruzar la frontera de tu ombligo, bajar más allá, repostar en tus labios, explorar los rincones y pliegues de tu cuello, deslizarme por tus piernas, atravesar el suave desierto de tu vientre, coronar tus dos montañas rosadas y adentrarme finalmente en tu volcán de fuego.
No me tengas esperando hasta Semana Santa. A ser posible quiero el billete para esta misma noche.

El amor tiene sus cosas. Cosas peculiares, me refiero. La más, sin duda, ocurre cuando alguien se siente enamorado y, al mismo tiempo, piensa, intuye o sabe que lo mejor es vivir simplemente así. Simplemente así, sin más, sin intentar conquistar a quien ama, sin hacerse ver, dejándolo pasar. Enamorados, sin hacernos siquiera una vaga idea de lo que sería de nosotros si no tuviésemos cerca a la persona amada pero al mismo tiempo alejados conscientemente el uno del otro. Porque no se puede estar juntos. Sin rozarse, sin tocarse, sin dar tregua a las chispas que inevitablemente saltarían cuando uno de los dos naufragara en el océano de los ojos del otro. Sin dejar sin embargo de pensar en la otra persona, sin poder vivir sin ella o él pero cuidándose de llegar a más.



Es mejor vivir así, dice la canción, locamente enamorados, locamente separados, locamente juntos. Recreándose en la felicidad de este amor sin sentido, sin principio y sin final; sabiéndonos o creyéndonos con demasiada inocencia a veces merecedores de un lugar en su corazón por ínfimo que sea. Regalando el nuestro como si no lo necesitáramos para seguir viviendo. Como si, por estar precisamente enamorados, el mero hecho de saber de la otra persona, de verse de tanto en tanto, de cruzarse por la calle, de verla a través de la ventana, etc., fuese razón más que suficiente para vivir felices. Colmados. Conformados. Felices dentro de la conformidad. Sabiendo que está pero que lo mejor es no intentar nada, no hacer nada, no dar ningún paso, dejarla pasar. Sabiendo que será un amor inolvidable pues, aunque no se pueda vivir con él, tampoco nos deja vivir sin él. Vivir sin saber muy bien qué está pasando, por qué esto, por qué ahora, qué sentido tiene, cuál es la razón de tamaño sinsentido y por qué a nosotros; y preguntándonos qué sería de nosotros si la otra persona no estuviera a nuestro alrededor.

Un amor imposible, incongruente, inconveniente, perjudicial para ambos o para algunos de los dos. Un amor donde lo peor sería estar juntos, un amor para hacerse daño, para desgarrarse el alma, para no dejar que pase y para no librarse nunca de él. Un suplicio de amor. Un amor que se convierte en condena.

Ya está todo -y todos- en su sitio. Yo, donde siempre. Y tú a mi lado, ya de vuelta. Por fin. Todo en orden. Tú y solo tú.

Ya los amaneceres son y serán diferentes. No serán fríos, sino cálidos como tu cuerpo. Porque el sol de tus ojos me calentará, me cobijará de las heladas y me protegerá de las inclemencias. Los bostezos, el tedio y el aburrimiento darán paso a la esperanza de ver tu sonrisa cada día, los combatiremos con tu voz y con la ilusión de fundirnos en un beso eterno bajo la misma marquesina del autobús de siempre sin importarnos lo que pasa fuera, los problemas que siempre tiene la gente para guardar cola o si algún autobús se nos escapa. Solo me importas tú, solamente tú.

El trabajo no será una pesada carga pues se nos pasará volando. Porque nos tenemos ganas. Ganas de salir, de andar, de beber, de comer, de correr, de todo. Pero de todo contigo. Ganas de mirarte y no distraerme con ninguna otra cosa, por muy bonito que sea el paisaje. Sentir que tu luz cura mis heridas. Y ya no parecerá que soy sordomudo, sin tener nada que contarle a nadie. Ahora puedo decir que has vuelto, que ya no estoy solo, que el sol sale todos los días para mí aunque el cielo esté encapotado y con este feo color de panza de burro, que dos ojos marrones son los que me guían y me aguardan a la salida, que he retomado la senda del deseo, que me he perdido en ella de nuevo y que me quiero condenar contigo. Plácida condena. Una condena contigo, solamente tú.

Que he recuperado mi sonrisa porque tú me contagias la tuya y me recuerdas todos los días que hay que reír más que llorar, que esta vida es un carnaval, que hay que vivir más que morir y que si se trata de morir tenemos que hacerlo yo por ti y tú por mí. Morir dentro de tu abrazo. Que vuelvo a soñar todas las noches mientras duermo en torno a tu ombligo y me despido de cada parte de tu cuerpo, navegando entre caricias y olas de placer de un inmenso y azulado mar que eres tú, transcurriendo noches de luz de luna y llenas de luceros blancos brillantes que tú me das. Noches en que me das las estrellas y en las que llego a tocar el cielo con mis manos temblorosas mientras me susurras al oído cualquier picardía, haciéndome surcar los océanos de tu voz, y llevamos las caricias y los besos más allá. Hasta donde no se puede más. Para que nunca nos dejemos de amar. Amarte a tí, solamente tú.

Qué cosa sentirte entre mis brazos y entregarme a ti sin cuartel y sin oponer resistencia hasta el amanecer. No poder parar, deseando volver a repasar la geografía -hace años estudiada- sobre el mapa de tu piel, con la única escala de mi deseo y del corazón que se me sale por la boca, buscando el tesoro, comprobando si las cordilleras del placer siguen en el mismo sitio, si los ríos del deseo nacen en el mismo lugar que yo aprendí y en cuántas provincias podemos dividirnos mientras jugueteo con tu ombligo. Qué bonito el azul con el que pintas mi cielo, el naranja del Sol, el turquesa del mar, el blanco de la cal, el verde de los árboles, el marrón de las hojas caídas del otoño y el arcoiris que sale después de la tormenta. Saber que ya no soy ese viejo perdedor y que ahora solo me resta ganarlo todo contigo. Solamente tú.



Todo esto es lo que me das solamente tú. Solamente tú. Antes tú, mientras tú, luego tú, cada tú, algo tú, todo tú, siempre tú. Solo tú. De todas las formas -despierta, dormida, alegre, cansada, entristecida, a mi lado, buena, mala, vestida, desnuda, abrazados, separados, sin miedo-, siempre tú y solamente tú.

NB: Para la elaboración de esta entrada, se han usado como fuentes inspiradoras dos canciones. La que puede escucharse en esta misma entrada y la pieza "Siempre tú" de Ana Belén -algunos fragmentos de ésta en el último párrafo de la misma-.

Me pones.

A pesar de tus rarezas, de tus idas y venidas, de tus secretismos, de tu hermetismo, de que no sé qué pasa por tu cabeza, de que no me cuentas más que lo que quieres reservando el resto para no se sabe quién, de que no entiendo muchas cosas de las que haces y de que no comprendo el resto.

A pesar de que hay días que me pones caras raras y otros que no me pones ninguna cara, de que no me dejas explorarte, de que eres insondable, de que a veces pienso que tus piernas me ponen en el camino del abismo, de que creo que amando morimos y de que de vez en cuando pienso que te gusta ponerme no a cien sino a sufrir.

A pesar de que siento que me pones en peligro, de que tengo que tenerte miedo, de que no eres de fiar, de que contigo tiemblo, de que eres profundamente ingrata.

A pesar de que me pones de los nervios, de que no sé qué ponerme y de que no sé qué llevas puesto cuando nos vemos.

A pesar de que me pones enfermo por tu falta de conciencia, porque siento que jugamos al ratón y al gato, porque tan pronto nos rozamos como nos alejamos y todo queda igual.

A pesar de que me pones del revés cuando compruebo que no somos más que un sueño imposible y que solo se hace realidad de noche, una quimera, un par de hojas caídas que bailan y vuelan irregularmente y a veces juntas al ritmo del viento del otoño.

Y a pesar de que me pongo peor cuando nos separamos y de que es entonces cuando no me importa nada, ni mi vida tan siquiera.



El caso sorprendente es que, a pesar de todo, me pones.

Sábado por la noche. Estoy sin ti. Me siento solo, como desamparado, perdido. Aunque eso es así, decido salir. Ando sin rumbo, exhalando bocanadas de vapor de aire por la boca y la nariz. Las manos enfundadas en los guantes y cubierto por mi abrigo largo de paño. No sé adónde ir, pero mis pies me dirigen al mismo sitio de siempre, tu favorito.

Tomo asiento. Estoy solo. Te extraño. Mi gesto, mi alma, mi semblante es como si estuvieran de luto, guardando tu ausencia, tristes. Mis manos vacías, mis pies cansados y todo mi ser alrededor de ti, en torno a ti, intentando imaginarte, dibujarte en las estrellas, tenerte en la distancia. Derrotado. Vacío. Hueco. Algo me falta. Me presento en el local que tanto te gusta quizá por eso, porque te gusta y porque es relajado y porque, bajo su luz anaranjada tan tenue y apagada, hemos tenido miles de conversaciones, cientos de miles de miradas furtivas o deseadas, otras tantas confesiones y, por supuesto, cientos de interminables besos.

Ahora que te has ido, necesito pensarte, imaginarte sentada a mi lado, en el sofá de aquel local. A las tantas de la madrugada. Derrotado. Me gustaría hablar contigo, decirte que te amo, que no puedo estar sin ti, que eres la noche y el día, el principio y el fin, mi mundo, el sol en torno al cual orbito, mi todo. Necesito oler tu colonia, dejarme guiar por ella hasta tí. Creo ver tu estela pero miro a un lado y a otro y no estás. Será que te llevo incorporada en mi boca, en mi olfato, en mis ojos, en todo mi ser y que te veo hasta donde no estás. Estoy sentado en el sofá que más te gusta. Solo hay parejas felices, amigos, grupos de gente charlando tan alegremente alrededor. Y yo sin tí, qué injusta es la vida, pienso. Ya no quiero más fines de semana sin ti, más ausencias, más soledades, más noches vacías.

Enfrente está ese órgano o piano pequeño, siempre cubierto por una sábana verde que no permite ver bien lo que es, que hay allí. Me imagino sentado en él, la copa medio vacía descansando encima del mismo, haciéndolo sonar, golpeándolo con fuerza interpretando la serenata más triste. La nostálgica y llorosa melodía de un sábado sin ti. Una noche de sábado de no importa qué mes. Al piano. Cantando mi historia, trovando tu amor, haciéndote presente a través del pentagrama en una atmósfera que aun toleraba el humo del tabaco. Bebiendo triste, cuerpo sudoroso, apestando a local cerrado y a pena inconmensurable, muerto de rabia contenida, con la barba de tres días, desaliñado, la corbata negra mal ajustada y la chaqueta manchada de no sé qué, golpeando el piano una y otra vez, gritando más que cantando. Hasta dolerme. Hasta emborracharme. No sabiendo lo que hago. Perdiendo el sentido común que siempre me acompaña porque sin ti nada tiene sentido, ni siquiera el sentido común. Sintiéndome un perdedor, cantando una y otra vez, sin reconocerme al no tener estos días a mi lado el reflejo perfecto que encuentro en ti, vencido por una mujer, vencido por ti. Sin que a nadie alrededor le importe lo que me pasa, lo que siento, por qué lloro y por qué canto tan triste. Sin que nadie se acerque a consolar esta soledad que me aprieta el alma, que me hiere, que me atosiga, que me mata el deseo, que me duele y que me lleva a perderme en el azul infinito de tu playa, en el marrón de tus ojos y en el recuerdo de lo que fue y de lo que seguirá siendo cuando vuelvas.


Te espero aferrado a este piano, interpretando nuestra eterna canción.

Te vas.

Ya sé, un viaje de una semana. Enseguida vuelves. No hace falta que me lo recuerdes pues no me hago a la idea. Pero si siete días son nada y menos, me dices. Ay, si supieras lo que suponen para mi siete días sin tus labios, sin tus caricias por mi espalda, sin la curva de tu rabadilla, sin pasión, sin tus pantalones chinos decorando el suelo de mi habitación, sin el calor de tu cuerpo y sin el que desprende el mío cuando nos tenemos, cuando estamos, cuando vivimos.

Siete días con tu silla vacía, donde mi sofá parece un desierto inmenso, mi casa un espacio lúgubre y vacío que no hay forma de llenar y en el que el silencio de nuestras conversaciones me vigila y me mata y mi cama un prado arrasado por la sequía, agostado, muerto, sin vida.
La sequía de nuestros besos, de nuestras humedades, del sudor. Siete días donde me encontraré perdido, sin rumbo, sin norte y donde cada minuto no podrá pasar sin dolerme por no oírte, por no verte y por no vivirlos contigo. Porque mi camino empieza y termina en tu espalda, en tus pantalones, en tus manos, en tí. Y donde el viento que sopla solo me huele a tu colonia. Siete días que no acabarán arrancándonos la ropa a mordiscos, siete días de tregua forzada para mis labios sedientos de tu boca y de tus rincones, siete días sin sentir que tan pronto subimos al Cielo como bajamos al inframundo en el que ya estamos condenados porque mi carne es débil y la tuya el mayor pecado para mí, siete días sin sentir que solo nosotros dos habitamos el mundo, que no existen las horas, que no hay prisa, que somos dos juguetes en manos de dos personas enajenadas, sin juicio, sin cabeza, inconscientes. Porque el juicio me lo robaste cuando te ví, te lo llevaste con el rebufo de la estela que dejaste al pasar. Siete días donde lo mismo da abajo que arriba, que sometido que sometedor y donde no nos importa saber que esta lujuria nos lleva por el peor camino, camino del que no queremos desviarnos o hacer alguna parada para distraernos con otros menesteres, con otra gente, con otras cosas.

Tres días donde lo único que me queda son los restos de los besos que tatúas en mi piel y el resguardo de los sueños que, sin necesidad de estar dormido, tengo contigo haciéndonos mil travesuras, devorándonos o simplemente viviendo cada día con sus anécdotas y peripecias.



Si tú hubieses sido consciente de lo que de verdad van a ser estos siete eternos días, no te habrías ido. Que no te extrañe que esta tarde vaya a la Guardia Civil para ponerte una orden de acercamiento.

Descuiden, que no les voy a martirizar con mi extensa carta a los Reyes Magos, ni con mi relación de propósitos para el nuevo año, ni con una sucesión de buenos, permanentes, repetitivos, bonitos y vacíos deseos que quiero que me traigan o cumplan para este año. Y que, pese a pedirlos una y otra vez, nunca se cumplen. Hace tiempo que perdí la inocencia, por desgracia, y ya no estoy para hacer grandilocuentes peticiones a SS. MM. de Oriente tal y como está el patio y después de tantas cosas vistas, vividas y oídas. Sería absurdo y una pérdida de tiempo.

Pero es imposible no contagiarse de la inocencia de los chiquillos y, sobre todo, no conmoverse ante esas ganas locas de que llegue el Día de Reyes y puedan ver si éstos les han traído lo que deseaban. Es, quizá, una de las mejores cosas de la Navidad: la ilusión de los niños y el recuerdo que eso nos trae inevitablemente.

Y yo, qué le vamos a hacer, también estoy ilusionado. Y me gustaría, si me permiten, pedirle a los Reyes Magos que durante 2011 pueda atar mi lujuria a la pata de tu cama para devorarte cada vez que nos dejemos llevar por nuestras ganas, que pueda seguir llenando mi tiempo de ti, que pueda seguir perdiendo mis manos en la curva de tu rabadilla, seguir descubriendo lo que de salvaje encierras y seguir mojando con nuestro sudor tus sábanas. Y que tú sigas dibujando mi cuerpo en cada rincón de la habitación sin que te sobre un pedazo de mi piel, que mi boca sepa a ti y mi cuerpo huela a ti. Que nunca te tenga que reclamar, ni llamarte en silencio, ni llorarte en medio de la oscuridad, ni buscarte por no sé dónde. Que nunca te conviertas en una sombra de lo que fue, en un vano recuerdo, en una nostalgia, en un dolor. Que nunca te tenga que llamar, sino que vengas tú sola. Y hacerlo otra vez. Y no cansarnos. Y que estos momentos de loco placer, estas ansias sin freno, esta lujuria desbocada, esta pasión enloquecida, este carrusel de locura a fin de cuentas, no acaben nunca.Y las sábanas de fieles testigos mudos de nuestras largas noches y abrigo de nuestra locura abrasadora. Como la noche de ayer.



A los Reyes les pido, pues, otras muchas noches iguales.

Para seguir el camino no quiero cargar con maletas grandes, ni arrastrar enormes cajas repletas de mil trastos, ni ataduras físicas y morales, ni dolores, ni pesares. No quiero nada que empañe mi camino, que oscurezca la sonrisa de un niño, la compañía de un amigo, unos ojos alegres, el ir y el venir de las olas del mar o la belleza de una hermosa chica. Me gustaría seguir embobándome con la risa de alguien, congratulándome con la amistad que surge casi sin querer e inocentemente entre dos personas, despistándome con la estela y el perfume que deja tras de sí alguna muchacha, sentarme en la playa y ver el mar y sus barquitas pasar mientras los pescadores echan las redes, así como extender una toalla en el campo y disfrutar del cielo azul y las hojas verdes en los árboles o ya marrones sobre el suelo del otoño. Y contigo a mi lado. Amar contigo, estar contigo, mirar contigo, llorar contigo, ganar contigo, perder contigo, escuchar contigo, vivir contigo. Hacerlo todo contigo. Serlo todo contigo.

Quiero ser faro que atraiga a mi puerto buenos sentimientos. Quiero ser el dueño de una finca donde los huéspedes disfruten de la estancia y lleven un buen recuerdo cuando se dispongan a seguir su camino. Quiero que mi casa sea la de los corazones abiertos, la de la simpatía, la bondad y donde todos colaboremos en la tarea de reducir al mínimo los peores instintos y comportamientos humanos y donde nadie esconda nada maloliente en los armarios. No quiero amores de prestado, ni amores canónicos, ni amigos de compromiso, ni favores a devolver, ni malos gestos, ni mi alma dormida, ni noches en soledad, ni dejar de caminar, ni ser bien visto, ni ser previsor y no vivir lo inesperado, ni Madrid sin ti, ni amor terminado, ni pasión acabada, ni esperas dolorosas, ni finales inesperados. Quiero ganas de vivir, sembrar, compartir y estar siempre preparado, con mis manos y mi ánimo dispuestos por si a alguien le resultan de ayuda y para no tener que ver cómo escapan las personas importantes.

Quiero ir ligero de equipaje. Y descalzo para no olvidar que tengo los pies sobre la tierra y que somos lo que somos, sin adornos, complementos, ni riquezas. No quiero glorias, ni tener o recibir consideraciones especiales, ni mucho menos crear conflictos, ni hundir a nadie por culpa de la soberbia. Ni quiero nombres, ni recibir vanos piropos, ni vacía palabrería. Ni vanidad, ni orgullo, ni pecado. Quiero ser sutil, ingrávido, desprendido, generoso, comprensivo, buen escuchador, apasionado, del vulgo y gentil. Algo así como una pompa de jabón en medio de los demás.

Sí quiero algunos complementos para este año, pues se hace difícil transitar con este frío atroz. Solo quiero como complementos a aquellos que me acompañan, se acuerdan de mí, me llaman y me brindan su cariño, calor y amistad. Es, creo, el complemento que mejor me sienta de todos.

Y si tengo que morir o ver morir, que sea de amor. Porque, como canta Sabina, amores que matan nunca mueren.

Y, así, pasar haciendo camino al andar llevado del viento y de la mano de los que quiero para aminorar lo amargo del camino, los desengaños, la desesperanza, el dolor. Y no tener que volver la vista atrás. Tener siempre motivos, soñar en las noches de luz de luna, gritar sin gritos y llorar sin lágrimas, peregrinar, seguir, ilusionar, buscar, no parar. E ir ganando cada día de 2011 para mí y para tí.



FELIZ 2011 PARA TODOS

NB: Debo agradecer a mi amiga Leo que esta tarde me haya enviado un vídeo precioso, el que ustedes pueden ver aquí. Se trata del poema que Antonio González, el poeta descalzo, escribió en el paseo marítimo de Las Palmas de Gran Canaria. De hecho, la entrada se me ha ido ocurriendo según lo veía y leía y puede decirse que ésta viene a ser una adaptación o utilización de algunos de sus versos para mi entrada. Con el debido respeto al autor.


A mis amigos de Ensuciando la Red les deseo unas Felices Fiestas y que los deseos, proyectos, ideas y esperanzas para el nuevo año -seguramente tan inmensos como este mar-, comencemos a hacerlos realidad.

Que esta Navidad nos recuerde que tenemos que (podemos) ser mejores pues, así, viviremos con más sentido no solo estas fechas sino todos los días del nuevo año.

Que la Navidad no es tiempo de gastar, ni de comer. La Navidad nace cada día cuando llega una patera, cuando nace un niño, cuando sonríe una mujer liberada de la opresión de su maltratador o cuando alguien consigue un preciado trabajo.

Y que la nueva década que empezaremos dentro de una semana sea, de verdad, una auténtica década prodigiosa para todos nosotros.

Y muchas gracias por este 2010 de inmejorable compañía.

Haces magia, pues consigues cosas inimaginables.

Me acompañas a la biblioteca. Te digo que no me importa pero que esos sitios son aburridos para personas no habituadas a ellos e, incluso, para los que sí vivimos en ellas.

Te empeñas en venir y yo tan encantado. Encantado porque no solo me acompañas y me lo haces pasar bien allí sino que, además, empiezo buscando información para el artículo que tengo que acabar antes de final de año y haces que me acabe dedicando contigo a la antropología, a la geografía y a la mecánica de fluidos.

Materias que nunca antes me habían interesado tanto. Porque ninguna era como tú eres y ninguna lo hace como tú lo haces. Porque tu cuerpo es especial. Porque los valles, los meandros, las cavidades y las elevaciones de tu cuerpo me encantan. Porque mis días empiezan en tí y mis pensamientos andan anclados en tus labios, en tus pechos y en algún otro lugar. Y porque me muero cada vez que repasamos la mecánica de nuestros fluidos y los principios -y finales- de la física y la química.

Hazlo otra vez. Como tú solo sabes. Parándome el tiempo. No me cierres las puertas. Déjame prendido a tí y que tu corazón me mantenga vivo. Vuelve a hacer magia.



Haz un milagro otra vez. No me los dejes de hacer.

Es inevitable, o eso parece, hacer balances cuando se acaba el año y, sobre todo, mirar al año que poco a poco tenemos más cerca con nuevos propósitos y energías renovadas. Es, si cabe, lo mejor que tiene la Navidad, cuya vertiente sentimental y aquello de acordarse de todos los que no están, no soporto desde hace un tiempo.

Como ya dije y tuvieron ocasión de leer, mi 2010 fue un año redondo, perfecto y que tenía pinta de terminar igual que empezó: lleno de nuevos proyectos, rodeado de buena gente y viviendo al día.

El caso es que pienso en lo que será el 2011, en lo que quiero hacer, en nuevas cosas que podría intentar, en nuevos mundos que explorar y en cosas que seguramente me ocurrirán de forma inesperada y veo que todo es -o debería ser- mucho más simple. Que no vale de nada prepararse o idear mil cosas por hacer y planes por cumplir, si no asumimos ciertos simples servicios que deberíamos hacer, si descuidamos a los amigos, si nos creemos superiores cuando no somos nadie o si vamos sembrando discordia por ahí. Es lo que nos viene a decir Gloria Fuertes en un poema que me encontré el otro día y que me gustaría tener presente a lo largo de 2011.

¿SERVISTE HOY?

Donde haya un árbol que plantar,
plántalo tú.
Donde haya un error que enmendar,
enmiéndalo tú.
Donde haya un esfuerzo que todos esquiven,
acéptalo tú.

Sé el que apartó del camino la piedra,
el odio de los corazones
y las dificultades del problema.
Hay la alegría de ser sano y justo
pero hay, sobre todo, la inmensa alegría de servir.

Qué triste sería el mundo si todo en él
estuviera hecho.
Si no hubiera un rosal que plantar,
una empresa que emprender.
No caigas en el error
de que sólo se hacen méritos
con los grandes trabajos.

Hay pequeños servicios
que nos hacen grandes:
poner una mesa,
ordenar unos libros,
peinar a una niña.

El servir no es una faena de seres inferiores.
Dios, que es fruto de la luz, sirve.
Y te pregunta cada día: ¿serviste hoy?

Gloria Fuertes


Creo que es un buen propósito, posiblemente el mejor, el de empezar el año con la inmensa "directriz" de servir y darse, de paso, una tan saludable lección de humildad. Esto tiene pinta de funcionar.

No quiero noches oscuras, ni noches de luz de Luna. No quiero noches de bohemia, ni noches en vela. No quiero noches blancas, ni noches de mar y arena. No quiero noches cálidas, ni noches frías, ni noches de niebla espesa. No me apetecen las noches bajo la luz de la Luna y las noches claras que me dejan admirar los luceros. No quiero noches de tinieblas, ni noches de tormentas, ni noches largas de invierno.

También huyo de las noches interminables y de las noches de dulces sueños, de las noches pasadas en la calle y de aquellas otras que transcurren a cobijo de la intemperie. No me interesa vivir a solas las noches cortas y cálidas del verano.

Tampoco quiero noches de Halloween, ni Nochesbuenas, ni Nochesviejas, ni noches de Vigilia, ni las noches propicias para observar fenómenos celestes.



Lo único que quiero es una noche eterna contigo en el cielo de tu boca, orbitando tu cuerpo, volviendo a ser tu satélite, eclipsándome en la atmósfera de mi cama. Una noche para no dormir nada. Noches de esas que tú me regalas azules y plenilunadas, perfectas. Regálame más de esas noches para dormir al día siguiente.

Apenas yo sabía nada de la vida cuando, de repente, aprendí a besar.

Aun recuerdo las oscuridades de aquel portal, ese callejón donde nos refugiábamos para tener más intimidad y aquella playa del primer y único verano que pasamos juntos donde transcurrieron noches enteras mágicas sin otra cosa que hacer más que saborearnos tirados en la arena. Todos esos besos eran o parecían eternos. Y las humedades que provocaban, hasta que no les dimos rienda suelta una de las últimas noches de sin razón y de locura que pasamos, resultaban desesperantes.

Pero supongo que con aquella edad todo se termina. Imposible planificar con vistas al futuro. Imposible pensar en futuro. Todo es presente. Demasiado jóvenes, demasiado ardorosos, demasiado desenfreno como para pensar en otras cosas. Si cabe, era un placer que sabíamos que nos iba a hacer daño aunque, cuando le dábamos rienda suelta, yo solo oía músicas celestiales, las campanas del Paraíso, las trompetas del Apocalipsis, todos los boleros que ya entonces me gustaban y hasta el Himno Nacional y las Habaneras de Torrevieja, escenario donde transcurrió todo.



Cuando todo terminó, ya solo quedaron las sombras. Las sombras del dolor. Las sombras de lo que fuimos aunque apenas fuimos nada. Incongruencias de la vida. Un dolor a solas. Unas sombras que envolvían, un dolor que provocaba el recuerdo de aquellas olas azules, de ese cielo oscuro, de esas estrellas que nos vigilaban, de la penunbra de la habitación, de las tibias noches de caricias, de besos, de cuerpos desnudos y de olor a rosas que pasamos. Y yo, envuelto en sombras, buscándote por todas partes.

Me invitas a cenar, me llevas a tu territorio y yo me dejo llevar.



Me preguntas al poner la mesa, como está mandando, que qué me apetece beber. Te digo que quiero una copa, la de cristal más fino que tengas y la más elegante, porque solo te quiero beber a ti y brindar contigo por la noche de mi amor.

Y, entonces, te pido que no hagas el pedido de las pizzas que habíamos decidido tomar. Y, casi sin dejarte tiempo para dejar el teléfono sobre su sitio, empiezo a comerte a ti y a esparcir tu ropa sobre el suelo de la cocina dándome cuenta, de paso, de que la cocina queda preciosa -no solo mi habitación- cuando dejo tu ropa desordenada sobre la mesa, la lavadora o el suelo al compás de nuestros jadeos.

Bebí de tu boca, comí de tu cuerpo y hasta me empaché. Y todo porque bebo los vientos por ti en copa de cristal fino y porque esta quería que fuese la noche de nuestro amor.

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