Allí dábamos buena cuenta del verano, mi abuela y yo nos pegábamos unos veraneos que ni la duquesa de Alba en sus mejores tiempo. Me acordé de que ya es 7 de julio y de que apenas me he dado cuenta de que estamos en verano. Bien es verdad que mis veranos y veraneos eran de lo más raro del mundo, pues empezaban entre los días de San Juan y San Pedro y San Pablo, o sea, entre el 24 y 29 de junio y se extendían hasta que empezaba el curso escolar a mediados de septiembre. Tres meses en la playa. Abríamos y cerrábamos el edificio mi abuela y yo. Ya digo, veraneos de marqueses. Y recordé que, a la misma hora que estoy escribiendo esto, mi abuela y yo ya habíamos subido de darnos un largo baño matinal en el mar, nuestro baño diario, con toda la playa para nosotros y que nos disponíamos a desayunar un plato que rebosaba de tostadas de tomate, aceite y sal.
Así hasta prácticamente 2008. Los dos veranos siguientes fui a Torrevieja pero menos tiempo, la Tesina, los estudios, el estar desubicado allí, etc., me lo impidieron. Este año, con la oposición, me habría ocurrido lo mismo. Habría ido pero poco tiempo. Ahora sí que no voy a ir de ninguna de las maneras pero, como suelo decir, los recuerdos saltan ante la más mínima tontería y nos ponen del revés o, en su caso, se disponen a amargarnos el día. Voy a probar a ver si con una buena ducha se van por el desagüe.
El caso es que no parece que sea verano. Yo sigo aquí, en mi casa de siempre, pasando el verano en un sitio donde no estoy acostumbrado a hacerlo, desubicado, un poco perdido y sin pretensiones de irme a ningún sitio ni de oler el mar en mucho tiempo. Aunque parezca una tontería, esto es nuevo para mí. ¡Un verano entero en Madrid! Ni en mis peores pesadillas me lo podría haber imaginado hasta hace unos meses y no digamos cuando me iba a Torrevieja con mi abuela, que siempre me compadecía del calor que se quedaban los demás pasando aquí. ¡Con lo que yo he presumido de apartamento en la playa! Ahora soy yo el que vive los veranos en Madrid y el que se jode y aguanta porque las cosas tienen que ser así y de poco vale rebelarse contra ellas o enfadarse y no respirar. Y mis vecinos están todos. Los veo por mi ventana abierta de par en par. No se ha ido ni uno. Será la crisis, será que quieren ahorrar, será que están jodidos como yo, será que se van pocos días y no da tiempo a darse cuenta de que no están.
Pero, ya digo, es verano y parece que todo está igual que en invierno.
ADIÓS, TORREVIEJA
Adiós, Torrevieja,
me voy de aquí.
Adiós, Torrevieja,
eterna tierra donde viví.
Adiós, Torrevieja.
Adiós, entrañable lugar.
Adiós, hoy tengo que partir.
Me voy,
llena el alma de pena,
por alejar, alejarme de ti.
Conmigo no llevo el olvido
pero la esperanza sí,
pero la esperanza sí,
la esperanza sí.
De volver a ti,
escuchar tu voz
y en una habanera
darte el corazón.
De volver a ti,
escuchar tu voz
y en una habanera
darte el corazón.
Tu sal recordaré en mis lágrimas
sintiéndote lejos de mi,
lejos de mi.
Tu luz alegrará mis penas
haciéndome sonreír.
Tu mar lo tendré en los oídos
evocando un tiempo feliz.
De volver a ti,
escuchar tu voz
y en una habanera
darte el corazón.
De volver a ti,
escuchar tu voz
y en una habanera
darte el corazón.
Josefa Fernández Santamaría
Manuel Ruíz Gómez
Para leer más: infancia, Música, Recuerdos, Sentimientos, Torrevieja
Para siempre.
9 guarrindongos tienen algo que decir Publicado por JotaEfe a 2/18/2011 02:28:00 p. m.Pues bien, ¡para siempre, Torrevieja!
De Cuba vine surcando mares
soñando en una bella ciudad hallar,
en mis sueños unas eras lejanas veía
blancas como la sal.
De pronto me encontré en esta playa
de finas y suaves arenas,
escuchando habaneras preciosas,
salidas de lo hondo del mar.
En estas eras blancas, eras de sal,
oyendo habaneras quiero yo estar
y desde aquí volar con la imaginación,
soñando junto al mar.
Torrevieja querida, tú eres la luz
que me alumbra siempre en la oscuridad,
faro cuya luz guíe mi vida hasta el final
en Torrevieja siempre yo quiero estar.
Para siempre Torrevieja,
¡Torrevieja!
Reflexión para este fin de semana. No se me equivoquen, con los sentimientos y los recuerdos no se va a ninguna parte. Bueno, corrijo. La de los sentimientos y los recuerdos es la autovía que, sin desvíos ni peajes, conduce directamente a pegarse el tortazo padre al final de su recorrido, termina en la Plaza del Así tendrá que ser -antes llamada del no quedan más cojones- tras pasar por el Rincón del llanto y la lágrima viva y la Venta del jódete y baila y solo poder estacionar nuestro vehículo en el parking de la Calle de la aceptación.
Sí, ya sé, los atesoraré en mi corazón y en mi alma y siempre estarán conmigo, me harán mejor persona y bla, bla, bla. Y no solo eso, sino que nadie les dará las gracias, ni les dará nada, ni hará nada por ustedes a modo de agradecimiento. Y si las esperan -las gracias-, siéntense cómodamente a esperar, pues lo mismo le salen varices y aun no las han escuchado. Y lo que es más, no hablen mucho, no se quejen mucho, no digan esta boca es mía, pues lo mismo alguien acaba echándole la culpa a ustedes o, incluso, afeándole lo que de tan buena fe un día hicieron.
Pues eso, que buen fin de semana y no esperen nada de nadie.
Para leer más: Abuela, Música, Quejas, Recuerdos, Sentimientos, Torrevieja
Poco me importa a fin de cuentas lo que he vivido en tal o cual sitio pero preferentemente del que acabo de llegar, las oraciones que cierta persona me enseñó allí cuando de niño me acostaba y le pedía que rezáramos -ella recitando frase por frase y yo repitiendo- el Padrenuestro o alguna jaculatoria. También desecharé por inútiles los sabores, olores y colores de todas aquellas tartas de kiwi, los buñuelos o las tostadas de aceite, tomate y sal para desayunar, aquel brazo de gitano que engullimos en un día, así como los exploradores que hacían mis delicias pues todo aquello era hecho solo para mí, el particular rey del lugar. Ni tantas otitis o infecciones de garganta que, por motivo de las corrientes que se formaban al abrir y cerrar las puertas de la casa o del agua del mar que se metía en los oídos de tantas aguadillas, yo padecía con la precisión de un reloj. Ni los baños a primera hora de la mañana, cuando la playa parecía nuestra, y antes de que medio Madrid tomara posesión de ella hasta que no la abandonaban por la tarde. Ni aquellos abanicos -algunos con las varillas rotas por mí- que se movían en las noches de calma chicha, hasta que quien intentaba combatir el calor con ellos caía rendida. Ni el primer sueño de la noche que siempre ocurría en la terraza, al compás del ir y venir de las olas que rompían a la orilla del mar. Tampoco las piernas en alto para combatir los problemas circulatorios, ni el arsenal de medicinas, ni algún que otro disgusto, que también los hubo. Ni su sonrisa, ni las canciones que cantaba, ni lo que hablaba, ni lo que callaba, ni todo lo que me enseñaba hablando o solo con la mirada. Aquel centro de mesa, una cesta con frutas de plástico, con el que todos los nietos jugamos sucesivamente. Ni los bolsones de tierra que se colaba de la playa y que casi diariamente recogíamos, ni hacer camas para tanta gente, ni esas comidas alrededor de dos mesas porque en una no cabíamos, ni aprender a nadar, ni cuando pescamos aquel barbo que, según quien lo degustó, estaba riquísimo. Aquellos viajes periódicos de ida y vuelta para renovar las pruebas médicas mensuales y recibir la correspondiente posología, las sábanas, cortinas y cojines manual y pacientemente elaborados para decoración de la casa en el mirador del rellano, en compañía de otras vecinas. Ni las meriendas de pan con plátano, ni las noches de programas del corazón o de cantantes, de andar por el paseo marítimo o simplemente de estar sentados viendo los luceros brillar allá arriba.
Todo eso no vale nada, ni importa. Quizá esto sea lo más difícil de digerir. Los sentimientos no son nada, no traen nada, no son motivo suficiente, no importan, no obligan. Solo duelen, como los recuerdos. Y generan malpagados. Y hay que joderse porque no queda otra, ni es posible hacer cosa diferente. Malpagados que, eso sí, no presentan problemas de índole moral a la hora de irse a la cama todas las noches, duermen como lirones y encuentran su felicidad en su conciencia limpia y satisfecha.
Sentimientos cruzados. Una rabia y una pena supongo que inevitables pero, al tiempo, un infinito agradecimiento a la vida -recordando las estrofas de una de sus canciones favoritas- por todo las cosas y personas que me ha permitido disfrutar, ver, conocer, saber y aprender. No me puedo quejar, a fin de cuentas, de lo que he vivido, de cómo lo he vivido, de los que me han rodeado, de los que me han hecho como soy, ni de cómo he vivido. Ya quisieran muchos, pienso francamente cuando me despedía a mi manera de todo aquello.
Pues llega el momento de que alguno o algunos de esos muchos me coja el relevo. Se cierra, me cierran o me obligan a cerrar, un ciclo de mi vida. Qué más da si lo que importa es que esta vida se compone de ciclos que se cierran y se abren y por los que hay que ir transitando. A fin de cuentas aquello formó parte de una parte de mi vida pues donde tengo que estar es aquí, donde están mi vida y mis amigos es aquí y es aquí donde tengo que desarrollarme, arriesgarme a abrir un nuevo ciclo y a saber desprenderme de él cuando a éste le llegue su fin. Porque a todas las cosas, ya sean animadas o no animadas, les llega su fin. Todo pasa. Y, aunque es duro, hay que saber desprenderse de los unos y de los otros y hacer que o dejar que la vida siga y nos lleve por aquí y por allá, explorando caminos, añadiendo personas e historias a la mochila y soltrando lastre de vez en cuando para hacer nuestro pasar por la vida lo más ligero de equipaje y sutil posible.
Para leer más: Quejas, reclamaciones, Recuerdos, Reflexiones, Torrevieja
Harto, no. Hartísimo.
26 guarrindongos tienen algo que decir Publicado por JotaEfe a 10/17/2010 11:41:00 p. m.Hoy estoy en plan catarsis... Me gustaría ser un animal pues, según una amiga mía entendida en bichos, los animales no recuerdan lo que han hecho hace dos minutos. Así me gustaría a mí. No acordarme de dónde soy, de dónde vengo, quién demonios son mis padres, quién fue mi abuela y dónde pasé con ella los veranos. Sí, algo así como los leoncitos que, como nos han enseñado los documentales, son dejados de la mano de Dios a los pocos meses de nacer y, creo, no se acuerdan de su madre ni en Pascua Florida. Los recuerdos son una mierda y vivir de ellos, como se recomienda hacer en los tanatorios cuando alguien te da el pésame, es condenarte a no salir del hoyo de la tristeza y del dolor hasta que te toque a tí mismo emprender el viaje a no sabemos dónde. Con o sin seguro de decesos, pero nos tocará de todas, todas.
Harto de los recuerdos, de los que me los recuerdan, de reflejarme en ellos y de tener la certeza de que sin esas vicencias no sería quien soy. Harto de recordar y de sentir la necesidad de seguir haciéndolo.
Me jode, con perdón, no saber decir que no a nadie, obrar siempre de acuerdo con mi conciencia y andar por ahí, en la medida de lo posible, haciendo el bien. Harto de ser el perfecto oyente, el que mejor sabe escuchar y callar. Harto de ser un tesoro que nadie quiere llevarse consigo, de recibir falsas y vacuas adulaciones que solo se quedan en eso. Harto de que, a pesar de tus esfuerzos, nadie no solo no te agradezca nada -que no es necesario-, sino que te echen la culpa de esto y de aquello, simplemente porque estuviste allí cuidando a alguien o haciéndole la vida más llevadera, que ya hace falta ser retorcido.
Harto de mi familia, de que no vayan más que a su aire y pensando en su beneficio y conveniencia personal, harto de que solo recuerde yo, harto de estar pensando en todos, de preocuparme porque todos vivan bien y estén felices. Harto de hacerle favores a todos, de no decirle que no a ningún amigo, cansado de hacer mandados o favores a personas de fuera o de dentro de casa para que, luego, ellos sigan porfiando y desmereciendo. Hasta el moño de que nadie comprenda mis motivos o mis razones para hacer esto o aquello, para dejar de hacerlo o para sentir las cosas que me pasan a mi santa y exclusiva manera. Para que, luego, nadie me dedique ni tres minutos y cualquiera tache mis problemas o comeduras de tarro de tonterías y/o cosas sin sentido o inapropiadas para una persona joven y presumiblemente muy atareada como yo. Harto de que nadie me entienda y de nunca querer abusar de nadie.
Harto de mi exceso de diplomacia, de pedir perdón continuamente, de que se me arrimen todos los tontos, de que se me tome por imbécil y de aguantar las salidas de pata de banco de este o de aquel. De vivir preocupado por todos -de fuera o de dentro de casa-, de mirar por todos, de procurar no molestar a nadie, de cuidar a los que me rodean y de conformarme con ser feliz viéndoles felices. Harto de que siempre haya algo que censurar, criticar o regañar, a pesar de todo lo que se hace por y para los demás. Harto de ser el blanco de todas las quejas por el simple hecho de "haber estado ahí" y de sentir cada vez más la necesidad de hablar solo y exclusivamente en presencia de mi abogado para que él me pueda defender y confirme la versión real de los hechos.
Harto de no saber qué hablar con nadie, si esto o aquello que diga sentará mal o bien, si se entenderá correctamente o se distorsionará. Harto de hablar siempre las mismas tonterías. Harto de que me toquen las pelotas y de callarme por respeto y por no perder las buenas formas. Harto de no haber hecho nunca un buen corte de mangas a tantos que se lo han merecido. Harto de que después todos se queden con la idea de que eres malo por algo concreto o específico que hayas dicho o hecho o que se haya entendido de esa manera o porque simplemente se te ha ocurrido un buen día la barbaridad de quejarte por algo o decir las cosas como las sentías.
Quizá esté harto de mí mismo, de sentirme parado y/o estancado, de estar siempre a verlas venir, de entristecerme cuando toca desprenderse de algo material que me trae buenos recuerdos de etapas cruciales de mi vida, cansado de no poder elegir con diligencia o rechazar algo sin dar la sensación de que dudo porque ni siquiera sé lo que quiero.
Hoy, como ven, tengo ganas de mandarlo todo a la mierda. De no saber más de nadie, ni de apartamentos en la playa, ni de casas no sé dónde, ni de familias, ni de amigos, ni de nada. Solo quiero hacer una cosa que dentro de pocas semanas tampoco podré hacer porque nadie está por la labor de respetarme siquiera eso: desaparecer de aquí, largarme lejos, encontrarme conmigo mismo y con el mar y dejar que él haga su efecto.
Tantos desvelos y miramientos en el pasado para que tú acabaras bajo tierra, querida abuela, y yo viendo cómo todo lo nuestro, lo que vivimos y donde lo vivimos, se va a tomar por culo, porque no le importaba a nadie más que a nosotros. Perra vida.
Para leer más: Abuela, Música, Recuerdos, Reflexiones
Conocemos a muchas personas y un día, sin quererlo pero sin poder evitarlo, nos las encontramos "expuestas" en la sala de un tétrico tanatorio, rodeadas de flores y coronas con mensajes de cariño y recuerdo. Y es ahí cuando vienen a tu mente las llamadas "preguntas trascendentales". Es ahí cuando el mundo, tu mundo, parece venirse abajo, parece perder el sentido que antes de tal o cual fallecimiento tenía, parece que te quedas solo, incomprendido en tu dolor, pendiendo de un hilo o con una sensación horrible de orfandad. Y te parece mentira que una persona que ayer estuvo activa, ahora se haya convertido en algo inerte, algo que no escucha, que no ve, que no siente, que no padece.
Es ahí cuando te preguntas si es verdad que la vida termina así, si nuestro fin es ese y si todo se acaba cuando te encierran bajo una sepultura o te aplican otros tratamientos, a gusto del consumidor. Porque, a fin de cuentas, te resistes a pensar que eso pueda ser así, es increíble, cuesta aceptarlo. Que personas tan vitales y en torno a las cuales giraba nuestro pequeño mundo se vayan de esta forma, dejen de estar. No me entra en la cabeza que la vida termine de este modo, que una parte de nosotros no trascienda y se libere de las amarras físicas y corporales que tenemos las personas vivas. Que además de pasar buenos ratos, suframos, lo pasemos mal, nos angustiemos, enfermemos, nos preocupemos por los demás, tengamos los problemas más diversos o veamos gente desaparecer poco a poco, etc., etc., y que todo eso termine entre las paredes de un hospital, un tanatorio, una sepultura o un recipiente de cenizas. Porque la vida tiene esas dos vertientes; la de pasarlo bien y la de ir careando las malas y/o tristes situaciones a las que nos tenemos que enfrentar. Y hacer todo eso, tomar tantos disgutos, afanarse en tantas cosas más o menos útiles o absurdas y tener tantas preocupaciones para, después, acabar en un féretro reducido a un montón de huesos o de polvo ceniciento por los siglos de los siglos -que pasamos más tiempo muertos que vivos-, me parece lo más absurdo, traicionero y perro del mundo.
No hay derecho. No es justo. O no me lo parece. Y si la vida, que es el único tesoro verdaderamente duradero que poseemos -dura tanto como nosotros mismos sobre la faz de la Tierra-, consiste simplemente en eso, me temo que la vida en sí misma es el mayor engaño de la historia. Una estafa. Una broma de muy mal gusto. Una mierda.
Para leer más: Quejas, Recuerdos, Reflexiones
Él ya es libre.
6 guarrindongos tienen algo que decir Publicado por JotaEfe a 9/19/2010 11:18:00 a. m.Él, José Antonio Labordeta, ha muerto. O sea, se ha liberado. Porque eso es lo que creo que es la muerte, una liberación. Quizá un punto y seguido, no lo sé. Pero me gusta pensarlo porque, si no, ¿qué sentido tiene nacer para morir unos pocos años después?
En cualquier caso, libre como ahora es, estará por ahí, guitarra en mano, entonando los acordes de su canción más conocida, el Canto a la Libertad que, para más señas, oí cantar por primera vez a los miembros de la comunidad de cristianos de base de la parroquia a la que pertenecía mi abuela cuando yo era un chiquillo. Un canto estupendo, que entre otros puso música a la Transición Democrática en España y que daba voz a quienes nunca la habían tenido, intentando que confiaran en un futuro de libertad. Un canto que tiene que seguir resonando en un mundo y una sociedad cada vez más injustos, para que lo escuche una gente que, aunque vivimos en libertad, nos empeñamos en esclavizarnos de las más diversas formas.
Y me pregunto, como él, tal y como están el mundo y la sociedad, si habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad. Si aun podemos guardar la esperanza.
Ojalá. Entre tanto, ha llegado su turno de descansar en paz. Y nuestra responsabilidad de no olvidar su legado y su esfuerzo en pro de la libertad y de la cultura.
Mi viaje (II)
14 guarrindongos tienen algo que decir Publicado por JotaEfe a 11/06/2009 12:09:00 a. m.Ustedes, en esta foto, verán una puerta blindada que les puede parecer más o menos bonita -o fea- pero que no tiene nada del otro mundo. Yo no.
Yo aquí veo a una mujer que, antes de que yo hubiese llegado al rellano, procedente de Madrid, ya había abierto la puerta y aguardaba esperando para verme después de unas semanas o meses echándonos de menos. La veo sonriendo, ataviada con su habitual bata de invierno o de verano, según la estación, comentándome lo mayor y lo alto que me veía pasado el tiempo, asaeteándome a preguntas sobre los estudios, las notas y mis progresos en la escuela, en el instituto o en la Universidad. Todo eso mientras me comía a besos y me abrazaba, espachurrándome lo más fuerte que podía contra su cuerpo, sin dejarme apenas dejar la maleta en el suelo.
Traspasar esta puerta suponía para mí muchas cosas. Esta casa y sus paredes fueron las primeras que conocieron mis ojos. Era algo así como reencontrarme conmigo mismo, con mi pasado, con lo que yo soy. Al mismo tiempo, como digo, era su casa, un remanso de paz. Las temporadas que pasaba con ella me hicieron muy feliz, la pude disfrutar y, sobre todo, dejarme impresionar por su forma de enfrentarse a la vida y a sus reveses. Me enseñó tantas cosas que resumirlas sería tenerles aquí hasta dentro de una semana. Aquí la ví superando dolores, golpes, despedidas desagradables, soledades, etc., sin consentir que la viéramos llorar, pero también la ví disfrutar de un trozo de dulce en mi compañía. Y decía que no necesitaba más. Pero también la vi envejecer, restringir sus salidas a la calle y luchar contra una enfermedad que tenía más fuerza que ella. Todo con serenidad y valentía, sin quejarse, resignándose a lo que le venía según le iba llegando y aceptándolo todo con calma y con la mejor disposición posible, sabiendo que la vida es finita, que la separación es inevitable y confiando ciegamente en que el camino no se acabaría. Eso me emocionaba.
Por eso, cada vez que paso por este rellano, aunque la puerta ya no se abra para mí, yo sigo viendo aquí a mi abuela del alma, esperándome con los brazos abiertos como siempre y con esa alegría que le provocaba volver a ver a su nietecico del alma.
Mi viaje (I)
13 guarrindongos tienen algo que decir Publicado por JotaEfe a 11/03/2009 12:07:00 p. m.Me arremangué y escoba y jabón en mano me puse a limpiar la sepultura hasta dejarla blanca reluciente. Después, le puse dos ramos en el florero. Y, cuando acabé, me quedé un rato allí. No estaba haciendo nada pero tampoco me apetecía irme. De hecho, me costó arrancar. Sentía una paz inmensa y estaba muy emocionado. Pensaba que la vida es injusta. Vivimos muy pocos años pero después, al morir, nos pasamos décadas y décadas, siglo tras siglo, debajo de una losa de mármol. Y, conforme se van muriendo los descendientes, ya nadie sabe acerca de los que allí reposan, dónde vivieron, cuántos hijos tuvieron, etc., pues pocos son los que acostumbran a dejar escritas sus memorias y autobiografías. La memoria de sus días, por tanto, está condenada a desaparecer. De hecho, según llegaba al lugar donde se encuentra nuestra sepultura, pude ver la gran cantidad de tumbas abandonadas, algunas incluso sin losa de cubrición y otras en muy mal estado, denunciando que sus familiares se han olvidado de los que allí dejaron hace muchísimos años.
Una vez hube limpiado todo, me senté en la sepultura de enfrente, cuyos familiares no habían ido aun a arreglar para la ocasión. De repente, me acordé del famoso texto de San Agustín y casi lo pude recitar de memoria. En ese momento, vivir para morir años después me pareció una idiotez y me dio por pensar que quizá el santo tuviese razón y yo, cuando me toque, pueda dejar de sufrir pensando que no voy a ver más a mi abuela. Quizá entonces la vea resplandeciente, dominando el horizonte, capaz de transitar senderos y calles sin ser vista, contemplando la luz y la inmensidad, sin dolores y sin sufrimientos terrenales, vestida de blanco celestial.
La quise, pensaba yo, con locura. Nadie en la familia la quiso y se desvelaba por ella como yo, eso seguro. Y, se me antojaba a mí, de eso no quedó nada. Me duele no poder verla más, no poder saber de ella, no escuchar su voz, no poder entrar en su casa, no escuchar sus consejos y sus memorias o tener que conformarme con solo limpiarle la sepultura de seis en seis meses. ¡Con lo que nosotros fuimos hace año y medio! Habrá que tener esperanza y quizá, como dejó escrito el sabio de Hipona, cuando la muerte venga a romper la ligaduras, como ha roto las que a mí me encadenaban, y cuando un día que Dios ha fijado y conoce, tu alma venga a este Cielo en que te ha precedido la mía, ese día volverás a ver a aquella que te amaba y que siempre te ama, y encontrarás su corazón con todas sus ternuras purificadas.
Volverás a verme, pero transfigurado, en éxtasis y feliz, ya no esperando la muerte sino avanzando conmigo, que te llevaré de la mano por los senderos nuevos de la luz y de la vida, bebiendo con embriaguez de un néctar del cual nadie se saciará jamás. Enjuga tu llanto y no llores si me amas.
Ojalá sea así y esta separación solo sea temporal.
PD: ya estoy de vuelta. Me alegro de veros por aquí de nuevo. Un abrazo para todos.
Para leer más: Abuela, Amor, Recuerdos, Sentimientos
Será una semana intensa, llena de recuerdos y de emociones. Todo ello se verá coronado con el acto del día 31: la presentación en los salones del mejor hotel de la ciudad del primer y único libro que, por el momento, existe sobre uno de los episodios económicos y sociales más característicos del franquismo. Se trata de un libro sobre la Refinería y el Poblado del Valle de Escombreras, en Cartagena.
Si no fuera por este libro, nada existiría hoy de un poblado que fue arrasado por las máquinas a finales de los años '90. Con él, los autores que hemos participado en su elaboración, aportando textos y cientos de fotografías y recuerdos de la época, saldamos la deuda que la sociedad cartagenera tenía pendiente con la memoria de tanta gente que allí vivió y que, hasta el día 31 del corriente, parecía hacer desaparecido del Valle sin dejar ni rastro. Llegaron a ser más de 2000 almas, casi 3000, repartidas en casi 500 dúplex y plantas bajas, con economato, peluquería, taberna, talleres, cines, casino y todos los servicios de la época; viviendo a la sombra literalmente de la factoría petrolífera.
Os dejo este vídeo de mi amigo Zacarías, para que veáis lo que fue el Poblado. Es un reportaje de la época sobre el Poblado y la Refinería, la política social, educativa y de vivienda de la empresa, etc., aspectos que nos acercarán, a quien le interese claro está, a cómo vivieron los que tuvieron la suerte de trabajar en algunas de las empresas más boyantes en las décadas centrales del siglo pasado.
¿Dónde nos llevará?
5 guarrindongos tienen algo que decir Publicado por JotaEfe a 9/22/2009 11:41:00 p. m.

Mañana día 20 de septiembre, hace año y medio que un ser especial se fue de "mi lado" para siempre. Sentí como si todo el mundo se me hubiese venido encima, como si todo ya careciese de sentido y me costaba pensar en el futuro sin ella. Seguir vivo me parecía imposible, en resumidas cuentas.
Poco a poco me fui dando cuenta de que lo que suele decir la gente, eso de que el tiempo cura todo, es una solemne mentira. El tiempo no cura nada y el dolor siempre está ahí. En otras palabras, la úlcera nos sale el día de la partida de algún ser querido y, hasta que no morimos, la herida nos acompaña abriéndose para sangrar copiosamente de vez en cuando. Lo que ocurre es que las ocupaciones, el trabajo, las amistades, la vuelta a la rutina de costumbre, etc., etc., nos va disuadiendo de pensar en el hecho luctuoso y nos parece que hemos superado el trance. Pero el dolor siempre está ahí, con una intensidad dependiente del amor que se tuviera a la persona desaparecida, por muchos meses y años que pasen. Solo con rascar un poco, sale sangre. Yo, por ejemplo, no puedo ver una foto suya, me pongo malo. Y cuando de repente me viene algún recuerdo intento por todos los medios desecharlo, para no entristecerme el día.
Hoy (y mañana) voy a tener la úlcera abierta y sangrando, mientras pienso que este poema de Pepe Viyuela refleja a la perfección lo que siento ahora mismo por quien se me fue casi sin avisar y sin apenas darme tiempo de despedirnos: un amor inmenso. Un bello poema, que dice así:
- Quizás nunca te haya sentido
- tan cerca como ahora
- que dicen que te has ido para siempre.
- Ahora que tu voz no está,
- ni ven tus ojos lo que pasa,
- ni iluminan los días tu sonrisa.
- Precisamente ahora,
- que dicen que te has ido,
- ahora es mi memoria,
- tu voz, tus ojos, tu palabra.
- Y ahora hablan estos tus poemas
- a través de mi pluma y es tu mano
- la que me guía al escribirlos.
- Quizás nunca te haya sentido
- tan próximo, tan dentro, como ahora
- que parece que te hayas ido.
- Precisamente ahora
- que lo que ocurre en realidad
- es que no es necesaria tu presencia
- para saber que estás en todas partes.
Pepe Viyuela (2009): La luz en la memoria, Ediciones Amargord, Madrid.
Saludos a todos y un beso para la que está en todas partes.
La infancia y la patria.
10 guarrindongos tienen algo que decir Publicado por JotaEfe a 9/11/2009 07:06:00 p. m.En mi biografía, aparte del lugar en el que llevo viviendo para bien o para mal desde casi que nací, hay un sitio que es parte esencial de mi "patria". Allí fui el zagal más feliz del mundo, pasando las mañanas, las tardes y las noches en compañía de mis padres y de mi siempre querida abuela. Creo que desde que nací entre ella y yo hubo un algo especial que permitió, al cabo de los años, desarrollar una relación muy estrecha; nos conocíamos bien, no hacía falta que ella hablase para que yo supiese lo que me quería decir. Y ella, por su parte, solo con mis gestos, podía adivinar mi estado de ánimo o mi opinión sobre tal o cual cosa, aunque sorprendentemente la mayor parte del año lo pasábamos separados por una terrible distancia de más de 400 kilómetros. Disfrutaba, pues, como un niño, nunca mejor dicho, de la playa, del apartamento, de los juguetes para hacer figuras con la arena o de una barca de plástico con la que me gustaba bañarme en el mar. Imposible borrar de mi cabeza el sabor y el olor de las tostadas con tomate, aceite y sal que mi abuela preparaba para que desayunáramos ella y yo. Era, de hecho, mi desayuno de Torrevieja, pues solo lo tomaba cuando estaba allí con ella. Recuerdo cuando enseñamos a nadar a mi hermana e, incluso, recuerdo a mi tía Mila cantándome de noche la nana del mundo al revés o los pulpos que pescaba a veces mi tío José Fabián y que me dejaban boquiabierto.
Pero, sobre todo, si de algo disfruté fue de veranos enteros -desde finales de Junio hasta mediados de Septiembre, por regla general- en compañía de un ser excepcional, admirable, maravilloso. Ella y yo solos, especialmente los últimos años. Poco a poco fue encontrándose con menos fuerzas pero, no sé ni cómo, yo conseguía tirar de ella y que pasase el verano sin calor, sin sudar y mitigando en lo posible los efectos de la terrible mezcla de los calores veraniegos con su cardiopatía e insuficiencia respiratoria.
El caso es que todo acabó, y de forma repentina, hace casi un año y medio. Quizá se veía venir porque ella había empeorado muchísimo en su salud, vivía los últimos meses dependiendo de una máquina de oxigenoterapia domiciliaria y viviendo con una calidad de vida bastante pobre. Y como suele ocurrir en estos casos, los herederos cuelgan del balcón de la casa de los que ya no están un ingrato cartel de "Se vende". Duele mirar hacia arriba y ver aquel cartel que parece ignominioso pues, según los casos, muestra que los recuerdos y tantos años vividos no importan demasiado a los que se quedan aquí. Por eso digo que ese trozo de mi patria me lo quieren arrancar. Además, si se vendiera yo ya no tendría otro sitio adonde escaparme de la agobiante Madrid ni, por supuesto, podría volver a ver a mis tíos y primas, que siempre nos hemos juntado en esa casa. Así que me temo que, llegados a esta situación, lo único que puedo hacer es moverme yo también y evitarlo por todos los medios. Y a ver quién se lleva el gato al agua.
Para leer más: infancia, patria, Recuerdos, Torrevieja



