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Tan pronto el calor de nuestras pieles me quema como el frío, la distancia y la indiferencia me hielan el alma. Tan pronto te me acercas y me atrapas con tus días cariñosos, abrazos, palabras susurradas al oído y paseos por mi cuello, como te vas y me desconciertas. Sin explicaciones. No hay que darlas. Y me siento solo, vacío, usado pero, al mismo tiempo, consciente de que el juego me gusta, de que no quiero renunciar a seguir jugando y de que los dos enseñamos nuestras cartas al empezar. De que yo también te uso, de que nos usamos y, quizá, nos vamos haciendo daño. Y aceptamos las reglas y las condiciones. No somos nada, me repito, pero hay veces que la mente parece no aceptarlo y se empeña en que tenemos que ser algo, en que nos debemos el uno al otro.



Es una espiral que no quiero parar, mentiría si dijese lo contrario. Me pierdes y me gustaría hacértelo todos los días, así, apenas sin luz, como de costumbre, solo escuchando, tocando y saboreando. Pero espiral peligrosa a fin de cuentas porque nos exponemos a acabar con nosotros mismos de tanta tensión como se acumula. Y entonces se suceden las discusiones pasajeras sobre qué coño somos, qué sentimos y por qué seguimos así. Nos mina poco a poco. Porque aunque sea entre nosotros, la espiral no nos tiene en cuenta. Así ocurre con las pasiones. Pasan por encima de nosotros. Nos pisotean. Nos dañan y, al tiempo, nos dan placer y crean adicción. Y no se puede parar, ni salir. Siempre dispuesto para ti, como si fueras mía, incluso cuando decides irte a probar suerte con otro. Soledad. Y cuando vuelves; igual, todo tuyo. Como antes. Con el mismo voltaje. Con el mismo deseo. Y yo pensando que te sentirás una privilegiada cuando, quizá, lo único que sientas sea puro interés. Parece un ritual.



Que si no conoces otro chico que sea más comprensivo y que sepa escucharte tanto como yo, que si soy el único que te comprende en esta o aquella racha por la que de vez en cuando pasas, que si siempre estoy ahí, que si el cariño lleva al roce, que si es tu forma de agradecerme mis desvelos por ti, que si los amigos están para disfrutar y que si ninguno te lo come como yo. Y yo, entre tanto, tan feliz y tan infeliz. Al mismo tiempo.



No es menester que me digas lo mucho que valgo y lo bien que te lo hago. Ya sé a lo que estamos y si no me vas a querer, no hace falta que me regales flores.


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No piensen que les tengo abandonados, es que el sábado que viene es el día O, de hecho a estas horas andaré en el ecuador del examen y, aunque no tengo muchas posibilidades ni esperanzas dado que empecé a prepararme esto antes de ayer como quien dice, sí que me gustaría no ir a hacer el ridículo o perder el tiempo. Me gustaría tomármelo como un ensayo para la convocatoria siguiente, donde sí que tendré plenas posibilidades de conseguir algo. Además, aprobar este primer examen sería, si se diera el caso, toda una explosión de alegría, un espaldarazo, un sigue adelante que tú puedes. Ojalá.

Por el momento, les contaré mi anécdota de ayer. Me pasé todo el día en la academia y, como forma de descansar, me fui a comer al parque de El Retiro y, entre tanto, a leer el periódico. Cosa que no había hecho nunca antes. Leer el periódico o un libro en la calle, aunque siempre he querido hacerlo. Y especialmente en un parque como El Retiro. Me busqué un sitio cerca de la zona del estanque grande, entre árboles que daban mucha sombra y fui a parar a una especie de plaza de arena y cuatro bancos, en uno de los cuales tuve a bien situar mis posaderas y disponerme a leer y comer mi bocadillo, en compañía de otros hombres y mujeres que también leían sus revistas y periódicos. Se estaba realmente bien a pesar del calor que hacía al sol ayer en la capital.

Cuando terminé de leer y de comer, levanté mi mirada y me fijé más en el sitio donde me encontraba. Esa zona de El Retiro era la que menos había frecuentado, yo creo que nunca he paseado por ahí. Pero es, si cabe, la más bonita. Paseos muy estrechos, recoletos, llenos de verde, una curva tras otra, no sabes dónde vas a dar, una sombra continua y oyendo los pajaros esos blancos y negros que por allí abundan. Además, el efecto de los aspersores funcionando incrementaba el frescor. Y decidí adentrarme por esos senderos de tierra, sin rumbo fijo, pues tenía tiempo de sobra para volver a la academia.

De repente, saliendo de otra de esas placitas de arena y bancos (en este caso, de piedra y sin respaldo), me encuentro con un chico joven sentado en un banco, con un libro entre sus piernas abiertas y apoyado en el banco. Parece que leía. Pero nada más lejos de la realidad. En ese justo instante, se le acerca un chico, también joven, que empieza a tocarse el paquete de buenas a primeras y que se echa encima del chico sentado en el banco y comienza a hacerle una felación como si no hubiese un mañana. Yo no daba crédito. Yo no hacía más que mirar a mi alrededor no sé muy bien por qué, más inquieto que Don Quijote en un parque eólico, supongo que confirmando que no solo yo estaba presenciando aquello. Detrás de mi, vino un viejillo de esos que salen a andar por el Retiro haciéndose cruces y, también, madres con niños pequeños, algunas con carritos, que tenían que variar su recorrido para que éstos no presenciasen la película pornográfica que nos estaban echando sin haber pagado entrada, ni repartido palomitas.

Yo seguí mi rumbo hacia no sabía muy bien donde, un poco desconcertado. Vi que en la placita que dejaba atrás, muy cerca del felante y del felado, había otros dos chicos mirándoles, uno en bicicleta y otro sentado en el banco, que pensé se irían a poner a hacer lo mismo. Pero no. No hicieron nada. Al contrario. Iban y venían. Una cosa muy rara y realmente confusa. Siempre los mismos movimientos. En el tiempo que estuve por esa zona del Retiro me crucé con el de la bicicleta cinco o seis veces, siempre yendo en dirección hacia el mismo sitio (en dirección contraria al estanque). Y el otro, armado de una botellita de agua y de un móvil, también iba y venía, dando vueltas en torno a esos dos chicos que se estaban dando el banquete.

Cuando ya estaba de vuelta y me disponía a ir hacia el estanque grande para volver a la academia, ví un poco de revuelo. El de la bicicleta, el de la botellita y, ahora, otro armado con un móvil que apareció de vaya usted a saber dónde, me pareció que hacían movimientos un tanto nerviosos. Igual que el que estaba felando al del banco, que pegó un bote que por poco no le arranca el miembro al felado para posteriormente desaparecer y dejar al otro con la tarea a medio hacer -supuse-. Perra vida.

Volviendo sobre mis pasos estaba, por un camino diferente, más amplio y con más gente, para no encontrarme con más sorpresas, cuando de repente veo que por mi izquierda me adelanta un tipejo calvo, de cara huraña, feo como el demonio, vestido con un polo anarajandado y unos pantalones cortos. Y calcetines blancos. Muy guiri. Me miraba fijamente de forma continua hasta que consiguió llamarme la atención y que yo le mirara a él. Además, si yo iba a la izquierda, él iba a la izquierda. Si yo iba a la derecha, él iba a la derecha. Y si yo me hubiese puesto a hacer palmas con las orejas, él hubiese hecho lo propio. Imposible fijarse en él, aunque solo fuera por lo incómodo que resulta que alguien te persiga.
Se tiró en ese plan un cuarto de hora-veinte minutos, no solo mirándome con su mirada inquisitiva. Sino que se tocaba el paquete continuamente y, con las manos en los bolsillos, se ajustaba la parte delantera del pantalón de forma que se evidenciara el bulto que escondía en su entrepierna. Me saqué una manzana de la mochila, para comérmela y para disuadirle, pues pensé que caería en la cuenta de que yo prefería comerme una manzana a una polla viejuna. Pero no. No funcionó. Debió pensar que le estaba incitando al pecado, como la serpiente de la Biblia con la dichosa manzanita, y el muchacho se animaba más.

Comerse una manzana en esas condiciones es como para echar hasta la primera papilla. No lo recomiendo. Y confieso que después de los diez primeros minutos, la cosa empezó a parecerme poco graciosa y, quizá por mis miradas en plan voy a llamar a la Policía como no me dejes de dar por culo (en sentido metafórico, claro, porque para el sentido literal me faltó el canto de un euro), el hombrecillo aquel desapareció de mi vista aunque se quedó merodeando por aquellos estrechos caminitos, siempre haciendo los mismos recorridos, so pena de que se mareara, pensé. Esperando a que pasara por allí otro incauto como servidor o alguien que fuera allí sabiendo lo que allí se cuece, o sea, que fuera buscando tema y le gustara lo viejuno y rústico.

A todo esto, aquel que estaba en el banco con el libro haciendo que leía -en efecto, el felado a medias-, pude observar que cada vez que pasaba un chico por su lado se tocaba el paquete, se abría la bragueta y le chistaba para que se fijaran en él, incitando lógicamente a que se la chuparan. Y la cosa era realmente desconcertante. Porque pasaban por allí jóvenes, maduros y viejos, algunos de los cuales pasaban de largo pero otros se añadían a dar vueltas en plan tiovivo por los caminitos o bien se sentaban en uno de los bancos de mármol a esperar el Santo Advenimiento. Y el del banco, el medio felado, les miraba y les miraba, les hacía señas pero no le hacían ni puto caso. Estarían esperando, supongo, a que llegase su cita, pensé. Porque no sé muy bien qué otra cosa podrían hacer en esa zona tan caliente, nunca mejor dicho, del parque.

Lo que más me sorprendió de aquello es que eran las 15:00 horas de la tarde y que no se esconden, pues todo ello lo pude ver a lo largo de toda la extensión de uno de los caminos que van a dar a la glorieta que está a la derecha del estanque grande si lo miramos dando la cara al monumento a Alfonso XII (no recuerdo el nombre de esa glorieta, la contraria a la de la fuente de los galápagos), camino por el cual transita todo el mundo y que está sobreelevado respecto al de los caminitos de los que yo salí y donde se encontraban los feladores y felados. Y glorieta, por cierto, en la que casi siempre está apostada alguna patrulla de la Policía Nacional, al menos en días de diario, como ayer mismo sin ir más lejos.

Al parecer esa zona de El Retiro, como otras tantas de Madrid, es un punto de encuentros sexuales, en este caso concreto, de homosexuales. Yo no lo sabía. Si hubiese sido de noche, tampoco me habría resultado impactante porque apenas se habría visto. Y esa zona tan densa de vegetación, estará muy oscura de noche y no será muy frecuentada por la gente. Solo por feladores y felados, seguro. Pero a plena luz del día y con el parque lleno de gente, no sé por qué esos señores no se van a su puta casa a comerse la polla o a acosar a su puta madre y nos dejan el parque para quienes lo queremos para pasear por él. Que ni salir a la calle se va a poder.


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Yo no sé si seré yo que, aunque católico, tengo cierta gusto por criticar constructivamente todo lo criticable o si es que ahora la Iglesia se rige por nuevos usos que desconozco y que se apartan de lo que las mil veces cacareadas Sagradas Escrituras dicen.

Bueno, bien pensado, debemos decir que el comportamiento de la Iglesia y su jerarquía y el de las empresas patrocinadoras del evento que esta semana se está celebrando en Madrid no se atiene mucho al mensaje evangélico, ni a la moralidad. Y esa es una de las cosas que más chirrían. Que unos inmorales, véase el caso de los bancos y cajas de ahorros, paguen un acto religioso donde se proclama todo lo contrario.

Pero hay otra. Si nos fijamos, el Papa siempre está rodeado de jóvenes. Jóvenes que parece que están más bien ante el escenario de un concierto de Justin Bieber, ese niño que canta con voz de gato afónico. No hay más que verlos. Baja el Papa del avión, se pasea en su Papamóvil, se pasea por la calle Alcalá o llega al Vía Crucis y la gente se pone como loca. Ayer en el telediario pudimos observar a varias jóvenes sollozando, temblando o sin poder articular palabra después de que el Papamóvil pasara por delante durante medio segundo. Hoy, lo mismo. Y, además, monjas haciendo la ola. Que queda de lo más chic. Para que luego digan que la Iglesia no sabe adaptarse a los tiempos modernos y resulta que tenemos a las monjas más cachondas y divertidas del globo. Y algunas que no habían salido del convento desde que entraron en él, oiga, que ya tiene mérito ser tan dicharacheras.

O sea, se comportan como si en lugar de ser el Papa el que está pasando por delante de sus narices fuera Michael Jackson, Justin Bieber o cualquier otro. Es decir, podríamos decir que igual que los admiradores de éstos padecen de idolatría porque los convierten en su objeto de culto cuando en verdad se trata de personas tan limitadas, tan imperfectas, tan pecadoras, tan erráticas, tan desastrosas, etc., como cualquiera; los fans del Papa padecen de papolatría, pues les ocurre lo mismo, hacen con el Papa lo mismo que con Justin Bieber.

Lo estamos viendo en Madrid. Aparece y las masas se exaltan, se desmayan, se emocionan, lloran y hasta infartan. Luego, pasados los minutos, se tranquilizan y hasta, diría, importa poco todo lo que haga o venga después. El caso es desgañitarse, hacer la foto, que me mire el Papa. Y poco más. Lo de sacarle provecho espiritual al evento..., eso se queda en segundo plano o para Rita la cantaora. Se grita, de hecho, "esta es la juventud del Papa", no la de Jesucristo, que sería lo suyo, como si el Papa fuera una estrella de rock y tuviera sus fans.

Ello me hace recordar un artículo que leí hace un par de días, firmado por Juan José Tamayo, teólogo. En él refiere el siguiente pasaje del I libro de los Reyes sobre el profeta Elías:

"Tras 40 días y 40 noches vagando sin rumbo, el profeta llega al monte Horeb y entra en una gruta donde pasa la noche. Dios le pide que salga de la cueva y permanezca de pie en la montaña porque va a pasar Él. Primero, vino un viento fuerte e impetuoso, pero Dios no estaba en el viento. Luego pasó un terremoto, pero Dios tampoco estaba en el terremoto. A continuación, apareció un fuego, pero Dios no se encontraba en el fuego. Por fin llegó el susurro de una brisa suave y ahí sí se encontraba Dios" (1 Re 19, 9-14).

Y nos pregunta:

¿Se encontrará Dios en los actos de papolatría de la JMJ?


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He sido víctima de una injusticia. No vengo a hacerme el mártir ni a reclamar mi parcela celestial, pero hoy me ha dado por decirlo y, como no me puedo quejar a la causante de la misma, se lo diré a todo el mundo con el único objeto de quedarme más ancho que largo. Como hacen los demás.

Resulta que ayer, de repente, sin venir a cuento, me acordé de una chica. ¡Qué habrá sido de..., llamémosla X! Una muy buena chica. No tuve mucho contacto con ella, apenas dos o tres días sueltos de hace tiempo pero supe distinguir que era muy buena, muy sensata, buena conversadora, sencilla, muy inteligente. Me dio buena onda y, desde entonces, intercambiamos muchos o algunos mensajes, nos escribíamos a menudo e hicimos alguna que otra intentona para quedar.

Pues bien, decido escribirle. La última vez me dijo que se quería desconectar, dar un tiempo, desaparecer. Nos despedimos hasta no sabíamos cuando. Las cosas de la psique van despacio. Y yo, confiado en que ya estaría perfectamente, con su vida rehecha y feliz, me animé a mandarle unas letras a modo de saludo, para retomar el contacto, por gusto de saber de ella.

Me responde al poco rato, muy educada, agradeciéndome el interés, contándole que le va realmente bien y pidiéndome que no la escriba más. Que sabe que no es justa conmigo pero que es lo que hay, que no quiere tener contacto con nadie que le recuerde a cierta persona.
Un cerdo disfrazado de galán, palabrería barata pero adaptada a lo que se quiere oír, polla poderosa no por lo que ésta vale, que no vale nada, sino porque no piensa con otra cosa, creyendo que es viril y no siendo más que mero aparato expulsor de esperma.

Me quedé a cuadros. No tengo nada que ver con dicho personaje, Dios me libre. Yo soy de marca mayor. Y ella lo sabe. Solo pretendía retomar el contacto y la amistad en el punto en que se quedó porque sinceramente era una persona que me merecía la pena reencontrar. Bien sabe ella que no pretendía, ni pretendo, hurgar en herida alguna. No me esperaba esa respuesta. Desde luego, no es justa. No la merezco. Ni es justo tomarse la molestia en escribir a alguien y que la respuesta sea, por favor, no me escribas más en tu vida. Pues vaya agradecimiento. Por otro lado, si cada vez que me han hecho daño, me enfadase no solo con la persona causante del mismo sino con quien me la/o recuerda..., pues apaga y vámonos. Estaría solo en el mundo. Y no. Me enfado con una persona y conservo a quien me merece la pena, sea amigo de quien sea. De hecho, siempre digo que estaré eternamente agradecido a todos "mis enemigos" que me presentaron gente que, hoy por hoy, son grandes amigos míos. Hay que saber distinguir. Comprendo que haya tenido que sufrir mucho pero estoy harto de que los no responsables de nada paguemos por los responsables, máxime cuando se trata de gente despreciable, que piensa con la polla, va como el culo y arrastran a quien se ponga por delante. Terroristas emocionales. Bufones de los sentimientos.

Aun así, no le voy a guardar rencor. Respeto su decisión aunque me parece un lujo que una persona te escriba, tenga contigo un detalle bonito y no haya piedad con él/ella. Cosas así no pasan todos los días, ni muchas veces en la vida. En fin. No la escribí, ni lo pienso hacer. Lo siento porque no me da la oportunidad de conocerla mejor, de seguir tratándola. Ni, por supuesto, de que ella me conozca. No se iba a arrepentir, que ya va siendo hora de creérmelo un poquito. Como hacen los demás.



Le deseo lo mejor. Y que viva a su modo, como quiera y con quien le plazca, sin darle importancia a quien no la merece y ponderando mejor aquellas situaciones que quizá habrían valido la pena. Un consejo para la próxima vez.

Les voy a contar otra historia. Sí, de esas que solo me pasan a mi como el terrible y sin par hecho de que, como ya leyeron, un servidor se tuvo que ir a topar con el a buen seguro único bajo hombro con mostacho de toda la calle Preciados hace hoy, justamente, una semana. Hecho de infausto recuerdo.

Me encontraba yo esta tarde estudiando como de costumbre cuando, de repente, como suele pasar con estas cosas, suena el teléfono. Nadie te avisa de que va a sonar porque si no perdería su aquel. Y sonaba sin parar. Yo, como digo, estaba centrado en un asunto muy importante y no me gusta que la gente me interrumpa porque luego me cuesta retomar el hilo en el punto donde se quedó, no recuerdo las ideas que tenía en la cabeza antes de que sonara el teléfono y me trastorna cantidubi. Pero, como el gracioso/a que llamaba no dejaba de dar por culo, decidí cogerlo. Y resulta que era mi amigo..., llamémosle X. Más que amigo, conocido de los tiempos de la facultad con el que hablo de higos a peras exclusivamente por teléfono pues evito quedar con él por la razón que ustedes alcanzarán a entender rápidamente.

Comenzamos a hablar, me pregunta qué tal estoy, si estoy aquí o en Cartagena y, sin más preámbulos, me suelta que si sé lo que es la JMJ. Sí, señores, en efecto, es del Opus Dei. Por eso guardo con él todas las distancias posibles y con escucharle por teléfono me sobro y me basto. Pero a él no le bastan pocas palabras, ni los hechos contundentes, no es buen entendedor, cree que el que la sigue la consigue y lo cree a pie juntillas porque, de otro modo, habría desistido hace tiempo de reclutarme para el Opus o, al menos, de usarme para conseguir puntos en esa escala de puntos para entrar en el Cielo por la puerta grande que ellos tienen según capten gente para la Obra o atraigan incautos a actos religiosos o espirituales promovidos o participados por ellos. Es un pelma. Y a él tres cojones que le importa. El caso es salvar al personal.

Pues bien, con eso de la JMJ, un nombre muy discotequero por cierto, se refería a las Jornadas Mundiales de la Juventud que por suerte o por desgracia se celebrarán la semana que viene en Madrid, visita del Papa de rigor y puesta de una ciudad patas arriba en nombre del Altísimo. Por si nos faltaba algo en Madrid, viene el Papa. No hace falta ya que para la abuela. Madrid y los españoles necesitamos a gritos que venga a pontificarnos sobre esto y aquello por si estuviésemos poco pasados de rosca ya, poco jodidos, poco hartos de cuentos y moralinas, de vuelta de todo.

Claro, imagínense. Los del Opus están que se les hace el culo Pepsi-Cola con la visita. Y este me llamaba para tantearme, para ver dónde iba a estar yo y si me podía captar como participante en algún evento o, mucho mejor, como voluntario o palmero del Papa.

Yo le he dicho que sí sabía lo que era la JMJ. Si le hubiese dicho que no, me habría dado lo mismo porque se habría puesto a explicármelo, sorprendido aun por el hecho de que no se lo que es un evento de esas características. Él, a su vez, me ha preguntado si tenía pensado ir y yo le respondí con un no rotundo. Tan rotundo que ya habré sido obsequiado con una parcelita en el infierno. Y, entonces, empezó el raca, raca, a dar la matraca.

-Te invito a una Misa con el Papa, ya verás cómo lo vamos a pasar bien, vamos a darlo todo, a vivirlo, será inolvidable, me dice.

Yo no daba crédito. ¿Me estaban invitando a una Misa?, ¿Pero qué mal he hecho yo en alguna de mis vidas pasadas para que me llame un tío para llevarme a Misa y no una tía para llevarme al huerto? Si yo estoy más que salvado aunque no quiera estarlo pues por no meter, no meto ni miedo. ¿De qué cojones va la vida?, ¿Ir a Misa a pasarlo a bien, a darlo todo, a vivirlo?, ¿Pero dónde es la Misa, en la Cibeles a pleno sol de agosto o en Pachá Ibiza? Todas esas preguntas se agolpaban en mi cabeza al tiempo que el estupor subía tanto como la prima de riesgo española. Y, entonces, contesté:

-No, no puedo, no sabes cuánto lo siento. Tengo el examen en septiembre y no puedo hacer salidas de ese tipo.

-Rezaré por tu examen, me dice, solidario.

Reza por lo que te de la gana, pienso.

-Por mucho que reces, me temo que el Santo Advenimiento no va a venir a escribirme el examen que, por cierto, llevo preparando desde hace tres meses y que no voy a aprobar ni por las reliquias de Santiago Apóstol. Antes aparecerá el Códice Calixtino, ya lo verás.

-Joder tío, me espeta. Seguro que puedes sacar un rato, que viene el Santo Padre casi a la puerta de tu casa. Mira, eres un soso.

Yo ahí ya sí que perdí la noción de todo. ¿Me estaba llamando soso un tío que me llamaba para invitarme a una Misa que, como todos sabemos, es un planazo que te mondas de la risa, te partes el culo, te lo pasas bomba, una risa continua? Si consistiera, digo yo, en jugar al juego de la silla, en este caso del banco, al ritmo del Padrenuestro cantado o del Hosanna, Hosanna al Señor y el que se quedara sin sitio cuando se apagara la música se quedara sin comulgar o sin la bendición urbi et orbe, pues quizá lo vería divertido. Pero en el formato actual, las Misas son de todo menos divertidas, joder, no me vayan ustedes a defender lo indefendible. Así que, respondí:

-Soso tú, coño, que parece que me estás diciendo de ir a un concierto de rock o a una bacanal ibicenca, lo que es peor.

En ese momento, lógico, X montó en cólera. Eso de comparar al Papa con una estrella de rock debe ser pecado mortal y, muy ufano, va y me larga que me tenía por católico, que pensaba que yo era creyente y que -atención- he debido tener una infancia muy trsite como para no querer ir a ver al Papa. Y aquí ya me quedé gili total. No sé qué tienen que ver los cojones para comer trigo pero, a Dios gracias, mis padres no son los típicos "capillitas" místicos y santurrones, ni en mi niñez me llevaban a Iglesias o me comían el tarro con aquello de no poder juntarme con chicas porque son el pecado personificado para los hombres, como le pasaba a él en la facultad. Eso sí es estar enfermo. Y muy enfermo, además. Y, entonces, me pregunta:

-¿Es que no sabes lo que es una vigilia?

Y yo:

-Claro que lo sé. Yo las hago dos o tres veces por semana, velando los apuntes y los libros de la oposición hasta las 3 ó 4 de la madrugada y muy reconfortantes no es que sean.

-No, no, pero yo digo vigilias con el Papa.

-Pues aun más aburridas, afirmé categóricamente.

El pobre estaba escandalizado, escuchando a quien le habrá parecido un ateo redomado. Me dijo que necesitaba de alguien que rezara por mi porque me notaba "de vuelta de todo" -lo que no sabe él es cuánto estoy de vuelta de todo- pero que aquí estaba él para rezar e interceder por mi ante Dios. Y para que se quedara tranquilo le dije que, por las mañanas, tengo por costumbre recitar alguna jaculatoria. Él se quedó asombrado, me dijo que eso estaba muy bien para empezar el día con ánimo y obtener la fuerza del Padre para empezar con ánimo y energía el día y que cuáles me sabía, a lo cual yo respondí que mis favoritas son aquellas que dicen "ande yo caliente y ríase la gente" o "a mi prójimo quiero pero a mi el primero".

Y aquí terminó la conversación. Bueno, quedó en mandarme un mail con el planning de Misas de la JMJ para que, de acuerdo con mi horario cuartelero opositoril, me apuntara a la que pudiera. Que no tenía inconveniente en acercarse a mi casa y recogerme con su coche. Incombustible, el muchacho. Aunque solo sea por insistencia, este se tiene ganado el Cielo. A mi me daría cosa insistir tanto pero hay que reconocer que la salvación de la Humanidad no puede ser tarea fácil y máxime cuando, como en mi caso, la persona tiene la salvación al alcance de su mano y la desprecia.

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