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Tan pronto el calor de nuestras pieles me quema como el frío, la distancia y la indiferencia me hielan el alma. Tan pronto te me acercas y me atrapas con tus días cariñosos, abrazos, palabras susurradas al oído y paseos por mi cuello, como te vas y me desconciertas. Sin explicaciones. No hay que darlas. Y me siento solo, vacío, usado pero, al mismo tiempo, consciente de que el juego me gusta, de que no quiero renunciar a seguir jugando y de que los dos enseñamos nuestras cartas al empezar. De que yo también te uso, de que nos usamos y, quizá, nos vamos haciendo daño. Y aceptamos las reglas y las condiciones. No somos nada, me repito, pero hay veces que la mente parece no aceptarlo y se empeña en que tenemos que ser algo, en que nos debemos el uno al otro.



Es una espiral que no quiero parar, mentiría si dijese lo contrario. Me pierdes y me gustaría hacértelo todos los días, así, apenas sin luz, como de costumbre, solo escuchando, tocando y saboreando. Pero espiral peligrosa a fin de cuentas porque nos exponemos a acabar con nosotros mismos de tanta tensión como se acumula. Y entonces se suceden las discusiones pasajeras sobre qué coño somos, qué sentimos y por qué seguimos así. Nos mina poco a poco. Porque aunque sea entre nosotros, la espiral no nos tiene en cuenta. Así ocurre con las pasiones. Pasan por encima de nosotros. Nos pisotean. Nos dañan y, al tiempo, nos dan placer y crean adicción. Y no se puede parar, ni salir. Siempre dispuesto para ti, como si fueras mía, incluso cuando decides irte a probar suerte con otro. Soledad. Y cuando vuelves; igual, todo tuyo. Como antes. Con el mismo voltaje. Con el mismo deseo. Y yo pensando que te sentirás una privilegiada cuando, quizá, lo único que sientas sea puro interés. Parece un ritual.



Que si no conoces otro chico que sea más comprensivo y que sepa escucharte tanto como yo, que si soy el único que te comprende en esta o aquella racha por la que de vez en cuando pasas, que si siempre estoy ahí, que si el cariño lleva al roce, que si es tu forma de agradecerme mis desvelos por ti, que si los amigos están para disfrutar y que si ninguno te lo come como yo. Y yo, entre tanto, tan feliz y tan infeliz. Al mismo tiempo.



No es menester que me digas lo mucho que valgo y lo bien que te lo hago. Ya sé a lo que estamos y si no me vas a querer, no hace falta que me regales flores.


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