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Es una sensación, al menos para mí, parecida a la que provoca en nuestro cuerpo el asomarse a un barranco. Vértigo, impresión, cosquilleo en el estómago. No sé, cosas de esas.

Una persona que perdió su inocencia hace ya mucho tiempo, ya no le pide nada especial a los años cuando éstos comienzan. O sea, durante el día de mañana. Cada año nos trae cosas diferentes, buenas, malas y regulares. Disgustos, muertes, alegrías, nacimientos, trabajo, desempleo, bodas, inicio de relaciones amorosas, rupturas, conocer nuevos amigos, romper con los de antaño, etc.

Yo solo le pido tesón, buena voluntad y predisposición. Esas tres cosas para poder enfrentarme a todo lo que el 2010 me proponga o me lleve o empuje a hacer. Solo una cosa me horroriza: perder a las personas a las que quiero, máxime si eso ocurre cuando no se ha vivido lo suficiente. Lo demás, aunque parezca que no, tiene remedio o no tiene tanta importancia como le damos.

El 2009, como escribí hace unos días, fue para mí un año raro en tanto que no ha destacado por nada en especial. A Dios gracias, porque el 2008 ya fue bastante malo para mí. Entre las cosas buenas, debo situar el hecho de haber abierto este blog hace unos meses y haberme, poco a poco, encontrado con vosotros. Sí, los que venís puntualmente a perder un poco de vuestro tiempo por vaya usted a saber qué razón, no desde luego por el interés de lo que escribo. También he tenido oportunidad de hacer o re-hacer amigos nuevos, conocer savia nueva -algunos y alguna me honran con sus visitas a este lugar- y ampliar mis aun hoy limitadas miras. Espero que esto, qué menos que esto, siga siendo todo un filón de oro por descubrir para el 2010. Gracias a todos por la compañía y los buenos ratos que me hacéis pasar. Brindo por vosotros. Que entréis con muy buen pie en el nuevo año y que, por supuesto, nos sigamos encontrando por aquí -vuestra casa- o por allí -vuestros blogs-.


PD: Hoy fui a recoger los resultados del dramático análisis de sangre que me hice hace un par de semanas. Todo está correcto, el riñón funciona estupendamente, mi anemia sigue conmigo y, miren por dónde, va y me sale alto el colesterol. Yo no doy crédito.
Vaya mierda de vida. Con veinticinco años y ya tengo colesterol. Espero estar muerto a los sesenta porque no quiero ni pensar lo que podría llegar a tener un servidor cuando alcanzase los ochenta, por poner un ejemplo. Ahora tengo que moderarme en el consumo de esos productos que son la sal de esta vida, que la alegran con su sabor y su olor y que tanto me han hecho disfrutar: patatas fritas, carne de cerdo, embutidos, huevos, etc. Lo pienso y, de verdad, se me saltan las lágrimas. Pero, ¿qué fechoría he hecho yo para merecer tanto mal?, ¿Por qué?
Y, como digo, estoy que no doy crédito. Quién me iba a decir a mí que el atracón de repollo que me he gozado este año me iba a poner el colesterol por las nubes. Es que hay que joderse, esto es el mundo al revés.
Y encima, el cachondo del médico me dice que, cuando hayan pasado tres o cuatro meses con una alimentación rica en hortalizas y verduras -cual vaca-, me pase por el centro médico para hacerme otro análisis de sangre y comprobar si he sido capaz de rebajar el colesterol por mí mismo o si necesito tomar pastillas de por vida.
A mí ya me han visto el pelo por allí. Hágale el análisis a su puñetera madre, señor doctor, y déjeme empezar el 2010 lo más tranquilito posible.

Hoy, por la tarde, he estado hablando con un vecino del barrio, muy amigo de mis padres. Preocupado por mi oscuro futuro -el hombre me tiene un afecto después de tantos años- me ha descrito el actual panorama desde su óptica y me ha contado lo que él haría si le hubiese tocado verse en mi piel en estos tiempos que corren.
El caso es que, cuando la conversación iba acabando, me ha sonreído pícaramente y me ha dado sus felicitaciones.
-Enhorabuena, hombre, me alegro mucho por tí. Es muy monilla.
Al ver que yo le ponía cara de póker, se ha explicado mejor.
-Sí, hombre. Que hace ya unos ocho o nueve meses estaba con mis hijas en el H2Ocio -un centro comercial de Rivas-Vaciamadrid, al lado de Kosovo, para que ustedes entiendan- y vi que ibas con una chica, bastante guapa por cierto; de tu estatura, media melena, morena. Y, viendo que te abrazaba y se acercaba mucho a tí, pensé que sería tu novia aunque es cierto que no os ví morreándoos.
-No, creo que te equivocas, que yo no he estado jamás en el H2Ocio hace ocho o nueve meses paseando mis amores-, le he contestado.
-Bueno, chico, comprendo que te de vergüenza hablar del tema, además no me tienes por qué contar nada, pero me alegro de que hayas ya encauzado una vida estable con tu pareja-, seguía insistiendo.
-Que no, que no, que yo no he tenido novia nunca-, alegaba yo.
-Que sí, que sí, que eras tú-, defendía él.
-Pues, chico, no es por seguir diciéndote que no, pero el caso es que yo no me enteré-, he acabado yo.
Total, que hace ocho meses resulta que yo tenía una novia y yo no me enteré. Vamos, como si tuviese cinco cada día. Por eso, si lee esta entrada por alguna casualidad, recurro a la bondad de esa enigmática moza fermosa y le pido que vuelva, que me lo haga otra vez como dice la canción, a ver si de esta me doy por enterado.

Espero que hayan pasado ustedes una buena Nochebuena -valga la redundancia- y también un buen día de Navidad. Por lo que a mí respecta no me encuentro muy bien. A pesar de que no he salido de noche ninguno de los dos días, ni me he pegado atracones de comidas y cenas, me siento terriblemente cansado, agotado. No sé por qué será, quizá sea el hierro, que lo vuelvo a tener bajísimo. Yo, por si acaso, he empezado a tomarme las pastillas según me dijo el médico -soy talasémico, para mi desgracia- y el día 30 ya le consultaré a mi doctor. Ese día, por cierto, iré a recoger los resultados del dramático análisis de sangre que os conté hace unas cuantas entradas.

Pero hoy estoy escribiendo aquí porque les quiero contar cómo pasé la Nochebuena en nuestra Comunidad de Vecinos; que ya saben ustedes que está ajetreada la cosa. Amaneció el día tan tranquilo hasta que a media tarde todos pudimos oír un enorme estruendo por el patio interior -el de tender-. Era como si se hubiese caído un muro. Acto seguido, la gente se asomó por sus ventanales e, ignorando lo que había pasado de veras y con un gran susto en sus cuerpos, se formó un jaleo de considerables dimensiones:

-"¿Qué ha sido eso?"

-"¿Están todos bien?, ¿Hay heridos?"

-"¡Una explosión de gas!, ¡Seguro que ha sido una explosión de gas!, ¡Socorro!"

Pero al mirar hacia abajo, pudimos observar a la dueña del Bajo -la que ha denunciado a la Comunidad por no sé qué- mirando hacia arriba -sin que cayeran judías, como decía aquella canción infantil-. La pobrecica confirmó que había sido ella:

-"He sido yo. El petardo lo he tirado yo porque es Nochebuena y porque me dio la gana".

A lo que los vecinos, casi al unísono, le respondían más o menos lo mismo pero versionado de formas diferentes, cada uno acorde con su refinado estilo:

-"¡Vete a la mierda!"

-"¡Te podías meter el petardito por el Cho... para que te lo calientes o vete a tirarlos a la puta calle!".

Y ella, por supuesto, respondiendo ufana a todos los ataques que los incomprensibles vecinos le lanzaban. Yo solo espero que el lunes no nos vaya a poner más denuncias por decirle lo que tiene que hacer con los petardos...

La gente, tranquilizada, cerró sus ventanas y retornó a la paz navideña y familiar de cada hogar. Pero en esto que pasa el tiempo y llegan las 20.56 horas de la tarde. De repente, escuchamos que la pobre señora ha salido a cantar al portal, a grito pelado y con notoria alegría, la siguiente pieza musical:

-La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar; porque no tiene, porque le faltan las dos pa...

BBBBBBBBRRRRRRRRUUUUUUUUUUUUMMMMMMMMMMMMMMMM.

Otro petardazo repentino. Esta vez dentro del portal y, por tanto, se sintió mucho más fuerte. Yo, que iba de la cocina a mi habitación, por poco no me ví del bote que pegué incrustado en la pared del bloque de pisos de enfrente. Pegó un zambombazo de tales dimensiones que no se me salió el corazón por la boca porque la tenía cerrada. Por un momento, pensé que el edificio se nos venía abajo, que íbamos a morir y, encima, sin asistencia espiritual. No podía ser otro petardo, parecía una bomba. Yo ya me imaginé los pisos de abajo incendiados, a sus propietarios desesperados saltando por las ventanas y a nosotros, los de arriba, esperando la llegada de los Bomberos que nos librarían de morir pasto de las llamas.

Y, a todo esto, suena el teléfono. Lo cogí para advertir de que se habían equivocado, o sea, que no estaban al habla con la redacción del diario Gara o de la cadena Al Yashira para atribuirse el atentado terrorista, pero me equivoqué. Resultó ser la anciana del primero que, asustada por el ruído de los "explosivos" y viendo peligrar los cristales de su casa, me comentaba que había decidido llamar a la Policía para contarles lo que estaba ocurriendo en nuestro portal y que ellos le habían dicho que se iban a personar para poner orden. Y para un día que me pillan sin pijama resulta que no suben aquí. Es más, no sé siquiera si llegaron a venir.

Lo que prometía convertirse en la mejor de las Nochebuenas kosovares se quedó en nada: ya no hubo más petardos, ni se supo nada de la Policía. Lo que sí quedó claro es que a nuestra graciosa vecina le gustan los petardos. No sabemos si de marihuana o hachís, pero el caso es que de algo de eso debe tratarse porque esto ya se sale hasta de lo raro. Como ven, en esta Comunidad no nos regimos por lo dispuesto en la Ley de Propiedad Horizontal, ni en las Normas de Régimen Interior, sino por la mismísima Ley de la Selva.

Imagen: Taringa.net

No me ha tocado nada en el sorteo de ayer. Vamos, como todos los años, ninguna novedad. Pero no se vayan ustedes a creer que mi mala suerte en el juego significa, como contrapartida, que soy afortunado en amores. No es por ser humilde pero en eso tampoco estoy muy ducho, a pesar de tener nombre de galán y seductor. Ayer, sin ir más lejos, eme me decía que todos tenemos nuestro punto. Después de darle vueltas a la cabeza pensé que claro que yo tenía un punto. Debía ser el punto de cruz o el punto de vista porque lo que es el punto de fusión no lo alcanzo con nadie.

El caso es que me he puesto a escribir aquí para hacer un balance del año que estamos a punto de cerrar, so pena de que en estos ocho días que nos quedan pase algo que me termine de joder o alegrar, según, mi gris existencia.


Yo creo que ha sido un año normalito. Lo empecé muy seguro de lo que quería: investigar, hacer mi tesina y seguir después con mi tesis. Y lo acabo con mi tesina presentada y dudando de todo, viendo el futuro universitario más negro que el regaliz y contemplando otras posibles -e igual de (im)posibles hoy por hoy, curiosamente- salidas. O sea, echo un lío y un tanto nervioso y desesperado, cegado por la incertidumbre, diría yo.

Tan confiado estaba yo en mis posibilidades y en mis ganas de trabajar que presenté comunicaciones en un par de congresos y, según pasaban los meses, también tuve la ocasión de publicar mis primeros trabajos de investigación. Lejos de mi intención está tirarme el pisto ante ustedes, pues esas primeras publicaciones y comunicaciones eran acordes a mi incipiente nivel investigador.

Dos únicas salidas hice en todo este año, ninguna en verano. Éste lo empleé en escribir la tesina. Esas dos salidas casualmente las hice a mi tierra. La una en marzo, cuando se cumplía el primer año del fallecimiento de mi abuela. Las calles de Cartagena, su banco favorito del Paseo Alfonso XIII, la carnicería, la frutería y su vecindad sin ella me parecieron terriblemente frías, desoladoras. Hasta hice fotos. Fue toda una impresión volver allí y ser consciente de que ella ya no estaba. Ella lo era todo, lo llenaba todo; hasta la calle.

Y recuerdo que un poco antes me quité el negro que llevé por ella desde marzo del año anterior. Fue por enero-febrero. Antes, me resultaba imposible verme vestido de colores. No me veía. Y si no te ves de una manera, es imposible por más que lo intentes. Pero en enero-febrero lo pude hacer y lo hice. Había superado el largo duelo y, quizá desde entonces, ya lo aceptaba con una mayor naturalidad. Observaba que mi abuela va conmigo a todas partes, me aconseja, me habla, me cuenta. Tiene poderes. Allí donde estoy yo, está ella; y antes, cuando vivía, no ocurría eso. Si hoy me voy a tal sitio, ella se viene conmigo. Y si ustedes vieran las conversaciones que tengo con ella cuando me quedo solo en casa ..., pensarían que estoy para ingresar en el loquero y no salir de allí.

El otro viajecito fue a finales de octubre. Estuve entre Torrevieja y Cartagena, para asistir a la presentación de un libro sobre el Poblado de Refinería del Valle de Escombreras (Cartagena); en una de cuyas páginas sabía que iba a aparecer una foto de mis abuelos maternos, inmortalizados así para la posteridad.

Y
como no hay mal que por bien no venga, quise huir de la soledad recurriendo a una buena gente que conocía. Que solo conocía realmente, pues los había tratado no mucho. Yo tenía 25 años y tenía que salir, conocer gente y mundo, darme a conocer a la vez y vivir, reír, sentir, sufrir, llorar..., o sea, hacer lo que apenas había hecho hasta entonces por sorprendente que parezca. Y el 2009 me los ha traído en bandeja de plata; me ha dado el inmenso placer de re-conocerlos más profundamente y pasármelo estupendamente con ellos.


Y, por supuesto, el 2009 me trajo este blog y la oportunidad de "intimar" con esos nuevos amigos y, por otro lado, con otros que no conozco en persona pero cuyas entradas trato de seguir puntualmente. Ha sido un placer. Espero que en el 2010 lo siga siendo.
Imagen: ajedrez32.com.

A veces pienso -y más en este tiempo de fiestas que se nos van aproximando poco a poco, nos gusten o no-, fíjense ustedes en lo que pierdo el tiempo, en la misteriosa relación que guardan los trajes de vestir y las fiestas navideñas. No podemos negar haber visto miles y miles de personas en Nochebuena y más en Nochevieja vestidos con pantalones de vestir, camisa, corbata y chaqueta y, por supuesto, elegantes zapatos para la ocasión.

Ignoro si son alquilados, prestados, dados en usufructo por algún familiar o amigo para su uso y disfrute durante ese par de noches o si son de la exclusiva propiedad de quienes se los calzan. Pero el caso es que pocos son los que salen sin su traje a la calle. Como mi vecino, por ejemplo, que cada año se pone el mismo traje: pantalones y chaqueta negros y camisa y corbata rojas, o sea, como si se creyera uno de Los Chunguitos. Y, además, sin cerrarse el botón del cuello, con zapatos bastos que no son de vestir, ... O sea, que en lugar de la elegancia este pobre roza el payasismo. Porque cuando uno no sabe utilizar correctamente una cosa y se empeña en usarla y, ni solo en eso, sino en pasearse con ella por la calle y darse ínfulas de distinción, saber estar, estilo, atildamiento y galanura, se expone a ir haciendo el payaso.

Y debo decir, como propietario que soy de cuatro trajes -costeados con mi dinero y por tanto muy apreciados por mí-, que ponerse un traje en Nochebuena o Nochevieja me parece una soberana estupidez; con perdón para todos aquellos que gustan de ponérselos. No sé si seré yo, que me gusta llevar la contraria a la masa o que me congratulo sabiéndome diferente al resto, pero nunca jamás me pondría un traje para salir de fiesta a beber por ahí. Si ya la ropa normal y corriente llega a casa, a la hora de recogerse después de haber estado cualquier noche de juerga, con un pestazo a perro muerto imposible de soportar y ocasionalmente con manchas misteriosas que no se sabe de dónde han salido, imagínense cómo llega un traje.

Un traje, una corbata, unos zapatos de vestir, etc., son prendas muy delicadas como para someterlas a tamaño maltrato de manchas, olores, bebidas que se caen encima, vasos que se estrellan contra el suelo y te ensucian media pernera, quemaduras de cigarrillos, etc. Y, luego, claro, hay que llevar el traje a la lavandería para que le quiten ese olor y uno se lo pueda volver a poner sin que parezca que vive en Valdemingómez o en un barril como el Chavo del 8. Si se diera el caso de alguna quemadura, habría que tirarlo a la basura ya que los parches no le van mucho a los trajes. Por otro lado, pretender quitar una mancha de una corbata es una labor muy difícil, hay que frotar como un condenado a Galeras, siempre que se quiera quitar sin dejar rastro de ella y sin que queden rodeles sobre su superficie.

Yo considero que cualquier persona puede ponerse un traje cuando le de la gana. Eso es, cuando le de la gana, no cuando la masa obligue. Yo mismo me los pongo cuando me place porque me place; y no hay más que hablar. Ya puede hundirse el mundo o unirse en contubernio contra mí, que yo me pongo lo que quiero. Es necio pensar que solo se pueden vestir los trajes para bodas, bautizos, comuniones y Nocheviejas, creencia no por absurda menos extendida; nos los podemos poner, siempre que nos sintamos a gusto con él, que nos veamos fermosos y que nos apetezca, hasta para ir a dar un simple paseo. Vamos, cuando así lo dispongan nuestros consejeros delegados, sin ir más lejos.

Por eso mismo, en el caso de que estas Nochebuena y Nochevieja me apetezca salir por Madrid con algunos de ustedes, me temo que no iré con traje. Volveré a ser la excepción que marca la regla para no perder las buenas costumbres. Porque pienso que un local de copas sí que no es el lugar adecuado para ir de esa guisa, porque no pinto nada con un traje en un lugar a oscuras donde apenas se ve nada y donde el riesgo de manchas crece exponencialmente según pasan las horas de la noche. Por mucha Nochevieja que sea mis trajes se tomarán las uvas en el armario.

Es un verdadero placer volver a abrir el blog y poder saludarles de nuevo después de la prueba a la que ayer me sometió el Maligno. Debo decir que sigo con vida aunque tampoco ocultaré la dificultad de lo que tuve que superar. Les cuento.

Cuando acabé de escribir la entrada anterior me fui a mi habitación a leer. A ver si así podía distraer mi cabeza de tanta aguja y, por otro lado, estirar mis entonces ya entumecidos, doloridos y encogidos brazos. Y tanto me relajé que acabé durmiéndome al poco rato y así seguí hasta 45 minutos antes de la hora en que estaba citado para comparecer ante el tribunal diabólico.

En este caso, fue mi paciente y sufrida madre la que prefirió acompañarme. Ideé un plan al levantarme. Me dije: -Voy a ver si respirando hondo desde este momento llego menos nervioso al averno (el centro de salud). A ver si se nota que tenemos ya 25 años y sorprendo a propios y a extraños sin dar el numerito una vez más. Comencé a respirar pausadamente, pero enseguida comprobé lo difícil que me resultaba abrocharme los botones de la camisa con temblores en las manos como los del Parkinson porque, aunque respirara relajadamente, mi mente solo pensaba en agujas y más agujas. No obstante, logré vestirme y calzarme, actividad ésta última con la que por poco no me tuvieron que poner oxígeno del ímprobo esfuerzo que tuve que realizar. Y esperé a que mi madre terminara de desayunar, que no hay cosa que más me moleste que salir a la calle sin desayunar. Es como si me faltase algo esencial para vivir.

En la calle nos encontramos con un frío siberiano terrible. Yo ya no sabía si temblaba de frío o de nervios. Les comentaré que es harto complicado andar muerto de temblores sobre el agua nieve resbaladiza que había caido durante la noche; parece que vas bailando la culebra sexy a las ocho de la mañana. Y llegamos al centro de salud. Allí nos topamos con una mujer mayor que se apretaba la parte media anterior del brazo. O sea, que ya la habían pinchado. Suertuda que era. Y estaba sonriente, extasiada de felicidad. Estaba sentada al lado de la puerta detrás de la cual se escondía el Maligno, la Maligna en este caso. La puerta estaba abierta y se oían voces demoníacas. La Maligna estaba a lo suyo, pinchando a otra mujer que, a su vez, hablaba jovialmente mientras le extraían la sangre. ¿Cómo será capaz esa mujer de hablar en esa tesitura?, debe estar también poseida, pensaba yo.

Yo ya estaba fuera de mí, blanco como la nieve del suelo, bailando la lambada de los nervios, encogido sobre mí mismo y mi madre diciéndome: -El próximo eres tú, pasas y yo te espero aquí fuera.

-¡Que te lo has creído; tú pasas conmigo como que me llamo JotaEfe! Y me atreví a decirle:

-Además, no te preocupes, desde que salí de casa estoy desarrollando un plan estratégico para no ponerme nervioso. Ya verás lo bien que me va a funcionar; no me voy a poner nervioso, va a parecer que tengo 25 años. Y quizá ya no tengas que volver nunca.

-A ver si es verdad, hijo, que ya va siendo hora de que dejes de comportarte como un crío chico.

Inocente de mí, yo no sabía lo que se me venía encima. A todo esto, sale la parlanchina señora que antes comenté, miro a la izquierda, miro a la derecha y no había nadie entre ella y yo. O sea, me tocaba. En ese momento, mi estrategia se fue a la mierda. El caballo se terminó de desbocar. Toda la fila de asientos de plástico temblaba a mi compás. Y a todo esto, mi madre:

-Ya veo lo tranquilo que estás. Vamos, pasa, a qué estás esperando, que te toca, no podemos tirarnos aquí toda la mañana.

-Cállate, mujer. Tendrá que llamarme la enfermera. ¿Tú puedes entender que haya alguien en el mundo a quien le guste esta profesión y vernos sufrir?

Y mi madre, que no se paró a escuchar mi pregunta, se asomó a la puerta y la Maligna dijo: -Pasa. Pasó mi madre y, después, yo. De tal forma, hubo que explicarle a la enfermera que a quien tenía que sacar sangre era a mí, no a mi madre. Y me preguntó el nombre. Yo le dije que no tenía volante, a ver si así me podía escaquear, pero me dijo que los médicos ahora no hacen volantes, que todo va por ordenador y que ella ya sabía lo que me tenía que sacar.

-¡Mierda, de esta no me salvan ni el Santo Niño de Mula, ni la Cruz de Caravaca!

La Maligna era joven, de mi edad, nieta de una conocida de mi madre y que tiene fama de pinchar muy bien. De hecho, está sustituyendo a la enfemera "titular" y todo el mundo está aprovechando ahora para hacerse los análisis con ella porque la otra, es verdad, tiene una forma un tanto rara y dolorosa de pinchar. Yo, desde luego, no aprovecharía ni con la una, ni con la otra, pero hay gente muy rara por la vida. El caso es que yo nada más que pensaba en eso, en lo que me había dicho mi hermana, que pinchaba fenomenal y que ella ni siquiera se enteró, -fíjate lo bien que pincha, hermano, no te preocupes.

Total, la enfermera me pidió que me sentara si quería hacerme el análisis antes de Nochevieja, que ella tenía que salir del trabajo a las 14.00 horas. -Empezamos bien, pensé, qué capacidad de empatía más grande. Me arremangué el brazo derecho y lo puse sobre la mesa al tiempo que emití un suspiro que se oyó hasta en Montpellier. Ella se me quedó mirando por encima de sus gafas de miope y me preguntó: -¿Qué es lo que te pasa?

-Pues verá usted, que le tengo pánico a las agujas. Así que, si no es mucho pedir, píncheme bien y no me haga mucho daño.

-Te noto muy nervioso, me dijo. -Para percibirlo no hace falta ser Licenciado en Medicina, alegué. -Bueno, siguió ella, lo que tienes que hacer es relajarte. Baja el brazo, dale unos meneos, déjalo muerto y vuélvelo a poner encima de la mesa. Obedecí y volví a colocar el brazo. Ella se puso a buscarme la vena y me dijo que la tenía muy buena, que iba a ser muy fácil. Mujer, pensaba yo, porque no me conoces, que si no sabrías que todo lo que se esconde en mí es de primeras marcas y de la mejor calidad. Ella se quejaba de que, por los nervios, yo le estaba escondiendo la vena. Y que me arriesgaba a que me la rompiera con la aguja. Yo le decía que me disculpara, que no lo podía controlar y que si de pequeño me tenía que sujetar entre tres enfermeras y no me rompían nada, pues que menos me iba a romper ella. ¡Oh, Dios mío!, ¿Por qué me has abandonado?, ¡Perdónala, porque no sabe lo que hace!, suplicaba yo.

Y ella seguía quejándose, -¡que no me escondas la vena! Y yo retorcido en la silla, sin querer mirar para adelante. No sabía quién me estaba poniendo más nervioso, si ella o la aguja. Ella tirándome del brazo para sí y yo tirando del brazo para mí. -¡Así no te puedo pinchar! Y, de repente, sentí un pinchazo. Y yo retiré el brazo, movimiento institivo. No resultó ser la aguja, había sido un pellizco de la Maligna. Yo ya no podía más. Estaba exhausto, sudando. Su mirada lo decía todo, no hacían falta las palabras. Llevábamos ya cinco minutos en la sala y no había sacado ni una gota de sangre. Y, sin embargo, parecía que yo estaba de parto.

Bien, tranquilicémonos, abuela sácame de esta, pensaba yo. Volví a poner el brazo en la mesita sobre la que ya descansaban los dos tubos y la aguja. ¿Tantos años, milenios, de evolución para morir delante de una aguja?, ¡Si mis antepasados cazaban mamuts y le hicieron la guerra a Roma! Algo falla, pensé. La enfermera volvió a palpar y, ni corta ni perezosa, me dio la estocada. Mi respiración se oía en Moscú. Y la chica seguía a lo suyo: -¿Ves, ves? Me escondes la vena y no sale la sangre. Me sacó la aguja y me la volvió a meter un poco más abajo. Y seguía igual: -¿Ves, ves? ¡Es que así no puedo sacarte nada! E, indignada, sacó la aguja, la tiró a la papelera y me pidió el otro brazo. Y yo pensaba:

-Mira si soy gilipollas que me voy a llevar tres pinchazos por el precio de uno. A todo esto, el ahora abandonado brazo me dolía como un demonio. Me preguntó si quería tumbarme. Yo le dije que no, que lo que quería era que acabara con el martirio. Me arremangué el otro brazo, me buscó la vena y me pinchó tan desacertadamente que por poco no le arranqué el abrigo a mi santa madre con la fuerza que le hice con la otra mano. Y cuando llenó los dos botecitos, me sacó la aguja y me sentí el hombre más feliz del universo; la evolución había triunfado, Asdrúbal (el general cartaginés, no el novio de la tal Bibiana Fernández) podía estar contento de su descendiente.

La enfermera resopló también, comprobando que no había sido necesario internarme en la UCI y que todo había pasado. El caso es que me llevé tres pinchazos, dos en el brazo derecho y uno en el izquierdo, por el precio de uno. Y, para congraciarse conmigo, me confesó:

-No te preocupes que, cuando me pinchan a mí, me desmayo redonda al suelo.

-¿Y te dedicas a pinchar a la gente?

-Si, ya ves las cosas que tiene la vida.

-Pues como yo me tuviese que dedicar a esto, iban apañados mis pacientes. Si tú me has dejado manco de los dos brazos, hazte una idea de lo que haría yo con ellos. Acababa con la guerrilla albano-kosovar en menos de una semana.

Queridos todos. Esta experiencia bloguera y, sobre todo, el conocerles, ha sido una de las mejores cosas que me han pasado en este 2009.
Mañana puede ser el último día de mi por ahora corta vida. Les dejo, a falta de patrimonio inmobiliario o financiero, mis palabras, estos humildes y tontos posts con los que no he perseguido otro objetivo que pasármelo bien y reírme de mí mismo y de todo lo que me rodea. No lloren por mí, ni se asusten. Total, en menos de lo que canta un gallo quizá nos volveremos a encontrar en el Edén, no el puticlub que hay en la carretera de Kosovo, sino el Más Allá.
Mañana me toca análisis de sangre, o sea, una tragedia. Bueno, en mi caso cabría calificarlo de drama tragicómico. Ustedes juzguen. No soporto las agujas y las jeringas, es uno de esos miedos incontrolables, fíjense ustedes en la gilipollez. Ni me desmayo, ni vomito, ni me mareo al ver sangre. Son las agujas. La noche anterior, o sea esta noche, apenas duermo de los nervios. Además, necesito que alguien me acompañe hasta el Centro de Salud, no porque me vaya a perder por el camino sino porque no me puedo enfrentar a la jeringa esa del demonio en solitario. Alguien tiene que entrar conmigo a la sala de extracciones.
No comprendo a esa gente que va a sacarse sangre y lo hace tan feliz. Entran alegremente y salen con una sonrisa de oreja a oreja. Sin embargo, conforme pasan los minutos, mi cara es un poema. Blanca como la cal y sin haber dormido. Habla por sí sola. Cuando la enfermera pinchabrazos, que yo no sé cómo le puede gustar esa profesión, me pide que me arremangue y que ponga el brazo que más rabia me de sobre la helada mesita metálica, es que me descompongo. Los temblores me matan y, por supuesto, me delatan. A todo esto, mi madre o mi hermana detrás, de guardianas, por si se tuviera que retirar el cadáver.
Y entonces la enfermera se ríe y me pregunta que qué me pasa. Y yo le digo que no me gustan las agujas. Claro, se queda a cuadros. Y pensará que si me pongo así por un análisis de sangre, cómo me pondré cuando me tengan que hacer un trasplante. Y me empieza a preguntar, a mis veinticinco años, que cómo me llamo, que qué estudio, que a qué me dedico. Y ella se piensa que así me va a tranquilizar. Y unos cojones.
Y pongo el brazo sobre la mesita. Y ella coloca al lado los cuatro botecitos con forma de probeta que en breves instantes serán los recipientes de la sangre que me corre por las venas. Y también prepara la aguja y la pone cerca. Y yo ahí, contemplando a mi enemigo, me termino de descomponer, empiezo a sudar y todo mi cuerpo tiembla de tal forma que parece que estoy convulsionando. Ni siquiera atiendo a las tonterías que me pregunta; si quiere saber cómo me llamo, que lo lea en el volante del análisis, no te jode, pienso yo.
Y se pone a buscarme la vena. Y la muchacha que no la encuentra. Que no hay manera. Y me dice que me relaje, que baje el brazo, que lo suba, que abra y cierre el puño, que haga el pino. Y a todo esto, la aguja apuntando hacia mí. Y mi madre o mi hermana detrás. Y no hay forma. Y me pide que le enseñe el otro brazo. Y la enfermera palpa que te palpa, busca que te busca y que no hay manera. Y me dice que si es que no tengo venas. Y yo, mientras tanto, con las pulsaciones a mil por hora, jadeando de los nervios, la respiración se escucha a un kilómetro a la redonda y me retuerzo sobre la silla por no querer mirar hacia adelante.
Cuando encuentra la dichosa vena, saca la aguja del plástico protector. Ese ruidito me anuncia la proximidad de la tragedia, todo mi cuerpo se encoge, los puños se cierran, desarrollo tanta fuerza como La Masa y emito un leve quejido con la boca cerrada cuando noto la aguja dentro de mí, poseída por mí. La respiración cada vez más elevada y sudo como si estuviera picando piedra en pleno mes de agosto hasta que, por fin, la afable enfermera tiene a bien sacar la aguja y dejarme tranquilo. Entonces, me dejo caer sobre el respaldo de la silla y escucho:
-Ya pasó. ¿Ves? No ha sido nada y no te ha dolido.
Sabrás tú lo que me ha dolido o me ha dejado de doler, enterada, pienso para mis adentros. Que luego, tan sensible que soy, me está doliendo el brazo un par de días.
Pues eso, queridos/as amigos/as. Me despido de ustedes por si acaso. Y a ver si el 2009 se termina ya, que bastante me está jodiendo.
PD: Quería poner una imagen en esta entrada pero, al buscarla, he visto demasiadas agujas en brazos ajenos. Se me revolvió el estómago y, fíjense, me duele ya el brazo. Así que preferí no seguir buscando. Voy a ver si me pongo a leer, entretengo mi cabeza y extiendo los brazos que, con tanta foto, se me han quedado encogidos sobre sí mismos sin darme cuenta.

Si me aceptan un consejo, les diré que nunca jamás se les ocurra a ustedes empezar la reforma de sus viviendas en invierno. No lo olviden. Les cuento para ponerles en situación.

Dado que tenemos que "movernos" a la casa de alquiler para dejar la nuestra vacía y que lo teníamos pensado hacer antes de mediados de este mes, hemos estado viviendo bajo mínimos. Hemos tirado muchas cosas inservibles y viejas. La caldera de la calefacción, por ejemplo, se nos rompió al acabar el invierno año pasado y decidimos no cambiarla en vista del arreglo del piso que queríamos hacer. Y, como estas semanas otoñales no han sido muy frías, las hemos pasado bastante bien, sin problema.

Ocurre que han venido seis o siete albañiles a medir y a anotar lo que queremos hacer; pero los presupuestos no llegan. Y, por tanto, no podemos decidirnos por nada y empezar de una vez. Dudo mucho que la obra pueda comenzar en enero tal y como queríamos aunque, no obstante, me alegro de que la crisis no haya sido tan fuerte en el sector de la construcción como se dice por ahí, pues esos seis o siete obreros deben estar rebosantes de trabajo, ocupadísimos. Y eso que nos dijeron que se pasarían por aquí en pocos días. Pasar han pasado, no se les puede decir que no, pero olímpicamente.

Pero, ay, mi madre, anoche la Madre Naturaleza, enojada como está con nosotros por los desmanes que contra ella cometemos, nos envió la nevada y bajaron las temperaturas 10 ó 12 grados. Y estamos dando muy buena cuenta de ello, hasta el punto de que no sé dónde hace más frío, si en la calle o dentro de mi casa. No me caliento ni a guantazos, creo que he encogido cinco o diez centímetros de altura, me sale vaho de la boca y de las narices, soy una mezcla entre Mocosete y alguno de los Payasos de la Tele y mis congeladas manos serían capaces de obrar el milagro de la Resurección de los difuntos. Si me vieran..., vestido de pies a cabeza, calcetines gordos, zapatillas de invierno y, encima de las mil capas de ropa, mi bata. Vamos, que me pongo monóculo y me convierto en la viva estampa de Hércules Poirot.

La verdad es que este 2009 está siendo inclemente conmigo, me está proponiendo la superación de un sin fín de pruebas. También me ha hecho cuestionarme el sentido de todo lo que hago y, sobre todo, las perspectivas de futuro que tiene. De igual forma, me ha hecho sentirme solo, aunque también me ha llevado a re-descubrir buenas personas. A todo eso se le suma este frío y encima, pasado mañana, un análisis de sangre. Y otro de orina. Pero bueno, éste último no me preocupa ya que no duele, ni se hace con jeringas, aunque debo confesar que aun no he descubierto el diabólico procedimiento de apertura del dichoso frasco. Veremos a ver si no me veo transportando el líquido elemento en la mano.

Y no nos olvidemos de la Comunidad de Propietarios. En efecto, un nuevo cartel apareció hoy.

Este constituye toda una novedad; hemos pasado de los anónimos de cuatro letras ("PUTA", recuerden) para dar paso al "vea y denuncie", como en los periódicos de algunas ciudades. Alguien, el/la enigmático/a anónimo/a de Kosovo se supone, reta al guarro de la Comunidad a dejar de serlo y de hacerlo, quizá sin saber que la guerrilla albano-kosovar le puede responder masacrándole en Sbrenicka. Lo hace en estos términos, lo transcribo para que lo lean bien:

POR FAVOR,
AL GUARRO QUE SE DEDIQUE A ROMPER LOS PAPELES DEL BUZÓN,
TIRARLOS POR EL SUELO,
ECHAR COCA-COLA EN LOS BUZONES,
ESCUPIR EN EL ASCENSOR, INCLUIDAS SUS PAREDES,
ROMPER LAS LLAVES DE LA LUZ,
LAS BOTONERAS DEL ASCENSOR
Y DEJAR TODO LLENO DE MIERDA,
PIENSA QUE AQUÍ VIVIMOS TODOS
Y SI NO LO PIENSAS POR QUÉ NO SE LO HACES A TU PUTA MADRE,
CABRONAZO.

¿Sobreviviré al 2009?

Sigo contándoles que las cosas en la Comunidad de Propietarios donde tengo el disgusto de vivir siguen revueltas.

Ya les conté a ustedes lo de que una persona, desconocida por todos se supone, metió en solo cuatro buzones (de un total de veinte) cuatro papeles idénticos en cada uno, escritos a ordenador y con la palabra "PUTA". Pues bien, el/la misterioso/a autor/a de tales anónimos ha vuelto a las andadas. Introdujo hace unos días unos papelotes iguales en los mismos cuatro buzones. Algo personal que tendrá con las dueñas de los pisos que se corresponden con dichos buzones... El caso es que las cuatro afectadas se reunieron en cónclave en el rellano de mi planta, pues una de ellas vive en este piso, y acordaron poner un cartel en el zaguán que rezara: "En este portal viven las cuatro putas y la que escribe los carteles"; con el objetivo de incluir en tan selecto club a la autora de los misteriosos anónimos, dando por supuesto que se trataba de una mujer. Pero, pasados los nervios y la indignación de los primeros instantes, ese cartel no ha aparecido aun.

También conté la trifulca que se traían los vecinos del Bajo con la señora que vive justo encima de ellos. Que se habían denunciado mutuamente y que los del Bajo habían decidido denunciar a la Comunidad por una razón que yo, personalmente, no alcanzo a entender dado que se trata de un conflicto entre ellos y la Comunidad poco puede hacer ahí si no tiene pruebas que sirvan para demostrar que una vecina está molestando a los demás y, así, evitar ir a hacer el ridículo delante de cualquier juez. Pero en fin, hay que ir a juicio y a ver quién lo gana.

Pues bien, los señores del Bajo convocaron una reunión para informar al resto de los vecinos de que estaban denunciados por ellos. Según me cuentan, asistieron cuatro, lo cual puso de manifiesto lo mucho que le importa a la gente el asunto. Mi madre, a la sazón Presidenta de la Comunidad, no asistió porque tuvimos que ir a Madrid. Y cuál ha sido nuestra sorpresa que, desde entonces, a la venerable Presidenta algunos le han retirado el saludo; sin saber que la señora Presidenta sigue durmiendo a pierna suelta sin su saludo y, de hecho, se lo pasa por el forro del higo power.

Y ya lo último ha sido hoy. Se conoce que al nene que vive con sus padres enfrente de nosotros le han regalado una moto de esas que pisas un botón que tiene donde hay que apoyar el diminuto pie y sale zumbando. Pero no tiene que tener mucha práctica, pues sabe pulsar el botón pero no levantar el pie para detener el , por cierto, muy ruidoso aparato. El caso es que su madre le sacó al rellano y, mientras esperaba a que subiera el ascensor, el niño pisó el botón y la motito se puso en marcha. En ese momento, mi madre abría la puerta para salir por el pan y el periódico y, de repente, me he encontrado con un niño subido a una moto de juguete dando vueltas por el salón de mi casa y a su madre detrás como una loca. Un jaleo como si hubiese pasado por casa un batallón del Ejército de Tierra. Mi hermana, que estaba durmiendo en ese momento, se ha levantado del susto con el corazón en la boca. Y a mí, otra vez, me pillaron en pijama.

Como sigamos así esto va a acabar peor que Puerto Urraco.

Reconozco que estoy preocupado, y bastante. La situación por la que pasamos no es ni medio regular y me temo que aun nos quedan unos cuantos años de crisis, por mucho que se hable en los Telediarios una y mil veces de los famosos brotes verdes. Que dicen algunos que ya los están viendo. Será de lo que se fuman..., porque yo, en una Universidad que no tiene ni para pagar sellos, no distingo los brotes verdes ni en los jardines del Campus.

Entonces, decide usted ir a preguntar por becas postdoctorales, por aquello de ver cómo pinta nuestro futuro más inmediato, y no hay o están reducidas a la mitad. Si por otro lado, el presupuesto de Ciencia e Investigación se ha reducido sensiblemente, bonito futuro de color negro nos espera a los que pretendamos tirar por ahí.

Y es en ese momento cuando uno empieza a buscar oposiciones, ya no le importa gozarse un temario de ciento y pico temas si a cambio consigue vencer la inseguridad e incertidumbre que acompañan a todo investigador. Total, tengo la mala costumbre, lo reconozco, de comer y cenar todos los días y, como los otros mortales, me gustaría tener algo de dinero para poder independizarme o para comprarme un cochecito que me lleve de acá para allá. Cosas impensables hoy por hoy en mi situación. Pero uno se encuentra todo congelado. Y de las oposiciones que no están congeladas, ni se sabe, ni se las espera.

O sea, te encuentras con la misma incertidumbre y sin saber no ya qué hacer, sino lo que más te conviene con la mirada puesta, como digo, en el futuro. ¿Sigo con la Tesis hasta los 30 años y a ver lo que me encuentro entonces? O, ¿me empiezo a preparar alguna oposición aprovechando el erial en que nos encontramos y, quizá, dentro de 3 ó 4 años pueda estar suficientemente preparado como para tener posibilidades de ganarla? Se admiten sugerencias, como no podía ser menos.


Mientras tanto, en Cartagena, con motivo del Día del Voluntariado, salieron hace unos días unos cuantos y unas cuantas a repartir abrazos y mensajes amorosos entre la gente que se encontraban a su paso por las calles. Me parece muy bien, pero déjenme de abrazos y a ver si puedo conseguir un buen trabajo, si es que no es mucho pedir. Que mucho te quiero, perrico; pero pan, poquico.


Fotos: http://www.cartagena.es/

Hoy me dijeron que soy un tesoro. Certificaron que soy todo un partido, que es una delicia estar en mi compañía, que soy divertido, irónico, gracioso, vamos, que valgo un potosí. No es que me lo tenga creído, es simplemente lo que me dijeron. Esa es mi carta de presentación.

Y como bien partidos, tengo mis propuestas.

Que son estas:



Ojalá tú, querida amiga, señora del café y de la napolitana de la semana pasada, mujer divina que me hiciste sentir bien después de tanto tiempo, como si fuéramos recién conocidos, no te hubieses ido en ese tren que quizá dejé escapar sin deber. No obstante, te lo sigo proponiendo por si acaso mi AVE ultrarápido alcanzase a tu TALGO a la altura de Alcázar de San Juan.

¿Serán aceptables mis propuestas?

Hace ya un par de días, Sinuhé -cuyo blog, Más puñalás da la vida, recomiendo visitar-, me invitó a jugar a la Lotería de Navidad. Debo decir que en casa no tenemos costumbre de comprar más que lo estrictamente necesario o, mejor dicho, lo socialmente obligado por, dicen, "no quedar mal con la gente". Y debe ser así porque yo conozco a quienes nos dejaron de hablar por no comprarles una mierda de papeleta. No sé, la verdad, lo que se cree la gente con derecho a exigir de los demás.

Esto de la lotería también nos podría dar para discutir largo y tendido sobre la naturaleza y existencia de la crisis de que tanto se habla. Crisis que sirve para justificar despidos hasta en la Universidad, ERES, congelación de oposiciones, etc., o sea, para joderle la vida al ciudadano/a de turno. Si paseamos por el centro de Madrid parece que tal crisis no existe: gente abarrotando tiendas y grandes superficies y no digamos si pasamos por delante de una administración de lotería. Las colas que hay que soportar son de locura. Yo no entiendo nada, no soy economista, pero creo que aunque lo fuera seguiría entendiendo más bien poco.

Pero eso son otras cuestiones. El caso es que Sinuhé me ha invitado a jugar y yo acepto no vaya a ser que el premio gordo nos toque de esta manera, en lugar de la tradicional. Y entonces ya no tendré que preocuparme por doctorarme, por opositar o por buscarme una mujer multimillonaria.

La iniciativa, al parecer, partió del blog Alas de Plomo y allí podréis encontrar los pasos a seguir para poder participar en el sorteo correctamente.



Y me quedaría invitar a un mínimo de cinco personas. Pero, comprenderán ustedes, no soy capaz. Así que, si se me permite, vamos a hacerlo al revés. Quien se pase por aquí y le atraiga la idea ya sabe lo que tiene que hacer para participar.

Y, como dicen los toreros, que Dios reparta suerte.

PD: Para esta Navidad, ya que estamos, pediré a ver si me puede tocar algo. Pero, mejor aún, si se obrara el milagro. ¿Qué milagro? Pues este:


Yo antes era tonto. Me explico. Cuando tenía la oportunidad no ya de conocer gente nueva sino de hacer amigos -o sea, de conocerlos más profundamente- no sé cómo me las ingeniaba para que aquello no llegase a ninguna parte. Es decir, por circunstancias de trabajo, de estudio, porque las pencas del repollo me extorsionaban o vaya usted a saber qué razón, me topaba con personas interesantes, salía un par de veces con ellos y, después, me distanciaba de ellos. Siempre igual.

Y ahora me arrepiento tanto que me dan ganas de fostiarme a mí mismo por haber sido idiota durante tantos años. Porque me doy cuenta de que eché por la borda muchísimas oportunidades de conocer y de darme a conocer y, sobre todo, desperdicié todo lo tenía que aportarme gente buena de verdad. Hoy, por ejemplo, estuve tomándome un refresco con una chica, muy guapa y alegre por cierto. La conocí en una excavación hace cinco, seis o siete veranos, no me acuerdo bien. Nos caímos muy bien, nos reíamos mucho -incluso de nuestras meteduras de pata en el yacimiento o de lo que se nos pusiera por delante-, me animaba a salir los fines de semana por Madrid pero, una vez empezado el curso, me daba por no salir con nadie; con nadie nuevo, se entiende. Y, claro, la gente se cansa de estar invitándote, de llamarte, de decirte, de implorarte y de rogarte y de que la respuesta sea siempre un no o un ya veremos. Conclusión: debían pensar que yo era autista.

De todo esto no he hablado con ella, solo lo pensaba para mis adentros. ¡Cuántas ocasiones desperdiciadas, quizá ahora podríamos ser muy buenos amigos de no haber obstaculizado yo las intentonas! Además, si la vierais me corregiríais y me diríais que no soy tonto, sino un gilipollas de manual. Es que además de ser alegre, sana, divertida y risueña, es guapa a rabiar. Tiene un gusto al vestir exquisito y es una de esas morenas exhuberantes que imponen nada más verlas. Todo en ella está proporcionado y da pudor incluso mirarla a los ojos. Su presencia altera el ritmo cardíaco, provoca temblores en las piernas, me hace tartamudear o mirar para todas partes tratando de evitar que se de cuenta de que lo que quiero mirar es a ella. Facciones y rasgos delicados y perfectos que me hacían y me han vuelto a hacer pensar si verdaderamente Dios existe, pues es una mujer caprichosamente divina.

Pero, ¡ah, qué estupidez! Seguramente ella tendrá su vida, sus amigos y ese que le ha saludado tan cariñosamente sea su novio.

Se me pasó el tiempo, es duro reconocerlo. Como también lo es esta sensación no de tener que volver a empezar, sino de empezar de una vez por todas y de no dejar escapar más trenes. Reengancharse a un tren que ya salió de la estación es prácticamente imposible y quizá ya pasaron los que yo tenía que haber cogido. El tiempo lo dirá.



Esta es mi verdad amarga. Con dedicatoria especial para Fete, para que vea que sigo siendo el mismo, que me sigue gustando la misma música y que no todo van a ser repollos y guerras químicas. Que la esencia del blog permanece.

Creo recordar que ya conté en alguna entrada anterior que la Comunidad de Propietarios en la que vivo está que arde. Como otras muchas, no es la única..., solo que aquí estamos en Kosovo y la guerrilla siempre anda jodiendo al personal.

Resulta que dos vecinas que antes se consideraban madre e hija (la de arriba es una anciana de casi noventa años y la de abajo un matrimonio relativamente joven), uña y carne en el pasado, ahora están que se tiran de los pelos. Supuestamente, la de arriba tiende ropa chorreando, la cual cae al patio de la del bajo. No contenta con eso, también dicen que arroja pañuelos de mocos usados, peladuras de cebollas y pimientos -no se preocupen, que no les voy a volver a dar la matraca con las verduritas de marras- y diferentes restos de comida. Dicen también que a altas horas de la madrugada, el hijo de la anciana toca la trompeta y a las siete de la mañana el Quinto levanta. También tiene una bocina de barco, es muy aficionado a los efectos navales, de hecho, y me comentan que la usa para hablar con la madre o para simular que está navegando por los mares del Sur cuando le da por ahí.

Total, que la del bajo la ha denunciado por tenerle el patio como un estercolero y como la piscina municipal. A su vez, la del primero se defiende denunciando a la anterior por acoso, pues dice que hace eso, acosarla, quemarle el felpudo, tirarle volando cacas del perro desde su patio al tendedero del primero, jurarle como Aníbal odio eterno y demás lindeces. Y, a todo esto, la del bajo dice que como la Comunidad no le resuelve el problema que también denuncia a la Comunidad. O sea, que ahora mi madre y el administrador, en representación de todos los vecinos, a defenderse en los juzgados. Lo nunca visto.

Yo no sé si es cierto o no todo lo que me cuentan sobre los conflictos entre la una y la otra. Ni me importa, la verdad. Que se arreglen entre ellas. Lo último había sido que la anciana "se olvidó" una bolsa de basura en el ascensor un viernes por la noche y ésta estuvo subiendo y bajando de un piso a otro hasta el día siguiente por la tarde. Entonces se personó aquí hasta la Policía y me hizo salir en pijama a hacerle fotos a la bolsita de las narices, y la subimos al terrado hasta que viniera el Administrador y dijese lo que hacer con ella. Pero eso ya lo conté.

Lo último de lo último ha ocurrido hoy, esta misma tarde. Resulta que alguien, una persona anónima -¿vivirá en la Comunidad?, ¡qué morbo!-, ha metido solo en algunos buzones -no en todos- un papel escrito a ordenador e impreso con la palabra PUTA. ¿Quién ha sido?, ¿Por qué solo a esas personas? Misterio por resolver.

Casualmente, cuando una de mis vecinas abría su buzón y se encontraba con tan agradable mensaje en su interior, andaba yo cerca. A la mujer casi le da un soponcio. Ha montado un vociferio considerable, dando unos gritos un tanto exagerados, y ha prometido:

-Si supiera la persona que me lo ha escrito, la cogía de los pelos del coño -sic- y le daba doscientas mil vueltas.

A lo que yo le he respondido:

-Pues ya es menester que los tenga largos, ya...

Para empezar la semana, les presento una página Web interesante. Bueno, me lo ha resultado a mí, que soy un tanto raro, de acuerdo, pudiendo ocurrir que a ustedes, mis nunca bien ponderados lectores, les aburra hasta decir basta.

Les diré que hoy estuve toda la mañana en Alcalá de Henares, uno de esos lugares en los que desde que te bajas del Cercanías empiezas a oler a Historia con mayúsculas, salvo que te pase el camión de la basura. Es una sensación muy parecida a la que siento cuando llego a Cartagena, lo de oler a Historia, no a basura, dos ciudades tan diferentes pero con una larguísima historia a su espaldas.

La página en cuestión tiene como fin la reconstrucción de la Cartagena romana, o sea, de Cartago Nova. Nos presenta y explica los resultados de las excavaciones arqueológicas que, año tras año, se efectúan en diferentes puntos de la ciudad. Nos ilustra la historia, la vida privada y pública, el urbanismo, los aspectos religiosos y murtuorios, etc. Lo que me ha parecido más curioso es que también podemos visitar a través de vídeos con recreaciones en 3-D el foro, la curia, las principales calzadas, el puerto o el foro de Cartago Nova.

La Clemencia de Escipión en Cartago Nova, por Sebastiano Ricci.

Por otro lado, se nos advierte de la reciente emisión del documental Cartago Nova, Días de Guerra y Paz que reconstruye la vida de los romanos y sus ambientes en una de las ciudades más relevantes de la Península en aquel momento. O sea, nos podemos dar un paseo por la urbe, conocer su topografía y su diseño urbano. De dicho vídeo, la página nos permite disfrutar del tráiler que espero que guste a todos.

Aquí tienen el enlace, ya me dirán lo que les ha parecido:

http://www.regmurcia.com/servlet/s.Sl?sit=c,373,m,2916

No tengo yo muy buena relación con los ordenadores, ni estoy a la última en tecnología y sus avances. Por eso, a pesar de que alguien me pueda decir que esto que traigo hoy aquí es de sobra conocido por todos, debo decir que yo lo he descubierto hoy y que me ha sorprendido muy gratamente.



Calle Jiménez de la Espada (Cartagena).

Se trata del Street View de Google Maps que nos permite pasearnos por las calles de nuestras ciudades como si fuéramos dando un paseo por la acera o montados en nuestros coches. A una persona como yo, que me emocioné considerablemente cuando pude sobrevolar ciudades, campos y pueblos con el Google Earth, esto le parece el último grito en aportes informáticos. Y, tratándose de mí, como ustedes mismos supondrán ya si me conocen bien, lo primero que he hecho ha sido visitar mis sitios predilectos para probar la herramienta -el Street View de Google Maps, se entiende- y ver si la cosa se veía con buena resolución. Y cuál ha sido mi alegría cuando me he encontrado paseando por nuestra calle en Cartagena, por el paseo marítimo de la Playa de los Locos de Torrevieja o por la urbanización donde vivo aquí, en Kosovo.



La Playa de Los Locos de Torrevieja.

Estas que véis aquí son algunas de las capturas que he hecho. Así que ya sabéis, si un día os apetece pasearos por algún sitio o conocer alguna ciudad no tenéis más que poner Google Maps y, luego, presumir de fotos y de ser ciudadanos de mundo con los coleguitas.

Arriba, cruce de caminos en Kosovo.

Abajo, parte de una urbanización. Para que ustedes se ubiquen, les diré que el Palacio de Miracoliflores está detrás de la espesura del bosque, siempre rodeado pues de misterio.

Confieso que soy adicto a la patata. Como a mi abuela materna, las patatas me gustan de cualquier forma, ya sean hervidas, asadas o no digamos fritas. Y la tortilla de patatas bien cuajada es para mí manjar de dioses. Y, para mis adentros, siempre he pensado que deben de tener algún componente adictivo porque, de lo contrario, no me explico por qué cuando como o ceno patatas fritas no puedo parar; necesito más y más.

Y el caso es que hoy, yendo a comprar al Mercadona, me encontré con una posible explicación a mi patatafilia -es que lo de tuberculofilia suena a degeneración total-. Ustedes me dirán qué les parece. Me dirigía yo hacia la estantería del pan y, también, a la de los yogures. O sea, que tenía que atravesarme todo el establecimiento. En una de sus "calles" perpendiculares a la que yo transitaba, se halla la sección de patatas fritas, ketchup, legumbres y frutos secos. Allí estaban, en completa soledad, una pareja, hombre y mujer, para más señas. Han agarrado una bolsa de patatas fritas Hacendado y, sin mediar más palabra, se han fundido en un largo y peliculero beso de tornillo.


¡Lo tenía delante de mis narices, ese es el misterioso componente de las patatas fritas!, ¡el amor! Por aquello de no interrumpir ese momento tan romántico, me fui por el pan y los yogures. Pero volví. Quise probar si a mí me funcionaría igualmente la atracción fatal de la patata. Cogí una bolsa de la misma marca que la de los amantes de Kosovo, esperando que apareciera mi Inés de Ulloa para besar locamente a su Don Juan pero, sin embargo, solo fui merecedor del vociferio de una desagradable vecina, ésta sí que es de la guerrilla albano-kosovar, que me pedía sin muchos modales, ni miramientos, que apartara mi carrito para que pudieran pasar ella, su carrito y su orondo trasero. Yo, para defenderme, le hice el avioncito y ella, furiosa y con los ojos inyectados de sangre, me pidió distinguidamente que me metiera el dedito en el culo.

Está claro que mi fruto del amor no es la patata, pero eso ya está superado. Es bueno, no obstante, ir descartando. Ni verduras, ni tubérculos. Pero también da vértigo porque me comentan que el único fruto del amor es la banana. No obstante, yo seguiré esperando, pues no he llegado todavía a ese punto de desesperación.

Foto: universomario.foros.ws.

Como bien saben ustedes, hace un par de semanas me fui a pasar cinco días a Torrevieja y Cartagena. Las "excusas" eran varias. Por un lado, quería ir a la presentación de un nuevo libro, muy especial para mí. Por otro, necesitaba salir de aquí y pensar en mis opciones de salida profesional para el futuro; quería "ir a ver" a mi abuela y limpiar la sepultura; comprar algunos productos típicos que en Madrid no hay forma de encontrar; ver a amigos y familiares; pasar cuatro días desconectado del mundo, de internet y de mi rutina diaria. O sea, que necesitaba un cambio de aires como el comer. Y vine como nuevo, es decir, alcancé mis objetivos y el sosiego de mi alma, mi karma y mi espíritu.

Portada del libro EL POBLADO DE REPESA. Un lugar que fue.

El caso es que el sábado 31 de octubre de 2009, a las 20:30 horas, comenzó la razón verdadera que me había llevado a Cartagena: el acto de presentación de un libro entrañable. Acompañado de una suculenta y artística cena, -lo de artístico es porque la presentación de los platos era de un delicado que parecía que estábamos en un recepción ofrecida por SS. MM. los Reyes de España-, se nos presentó el libro. Éste, coordinado y escrito por varios autores, entre los cuales yo tengo el gusto y la suerte de encontrarme, nos cuenta cómo fue un sitio por cuyas calles es imposible pasear hoy: el Poblado de Refinería del Valle de Escombreras de Cartagena, levantado en los años '40 y arrasado en los '90 del siglo XX para ampliar la factoría; obras que se están desarrollando actualmente.

Un momento de la presentación del libro, antes de la cena. Foto mía.

Allí vivieron hasta tres mil vecinos en su época dorada, los años '60, entre ellos mis abuelos maternos entre 1957 y 1963. Y allí nació mi propia madre en 1961 y, en el dúplex de al lado, vivió una figura como Arturo Pérez-Reverte y sus hermanos y padres. Era un poblado de casi 500 casas, plantas bajas o dúplex, repartidas en varias calles racionalmente dispuestas. Con luz, agua, teléfono, talleres, economato (supermercado), peluquería, casino, cine, colegio e institutos de primera y segunda enseñanza, etc., aquella gente vivió con un elevado nivel de vida para la época. Famosos fueron sus equipos deportivos o su rondalla, que llegó a cantar en Televisión Española. Todo ello sostenido por REPESA, siglas de la factoría (Refinería de Petróleos de Escombreras Sociedad Anónima).

El único problema, su cercanía a un gigante que era capaz de producir diez millones de toneladas de petróleo y productos derivados al año en la década de los '60. De hecho, en octubre de 1969 se produjo un pavoroso incendio que segó la vida de varios obreros y que motivó que los allí residentes se fueran trasladando hacia Cartagena. Mis abuelos se fueron antes a un sitio entonces alejado del centro de la ciudad, el incipiente Ensanche, pero que hoy en día se ha acabado convirtiendo en el centro económico, sanitario, de negocios, etc., de la ciudad. Se fueron a unas casas también construidas por refinería, el primer sitio que conocieron mis ojos cuando llegué al mundo para más señas.

Las casas de refinería del Ensanche de Cartagena, de cinco habitaciones y 120 metros cuadrados. Una de ellas, planta tercera, es donde yo iba a pasar veranos, Navidades, Semanas Santas, puentes, etc., con mi abuela. Foto del Foro del Poblado de Refinería.

El libro nos cuenta cómo era el poblado, de qué servicios gozaba, cómo eran las casas y cómo se divertía la gente en las fiestas patronales. Y, por supuesto, viene acompañado de un álbum fotográfico que inmortaliza a los que allí vivieron en sus horas de trabajo, descanso, bautizos, comuniones, fiestas, etc. Y es un libro especial para mí porque una de esas fotos está dedicada, entre otras personas, a mis abuelos. Se trata de un baile de disfraces de 1958. Ella disfrazada de Caperucita y él de futbolista junto con otros vecinos, también disfrazados, de la Calle Sol. Bendita foto que ha servido, pasados los años, para que se incluyera en este libro y, de tal forma, yo pueda tener unos abuelos cuyos rostros y nombres siempre serán conocidos y reconocidos, sin riesgo de caer en el olvido una vez que muramos los que ahora nos acordamos de ellos.

Contraportada del libro, con dedicatoria de Arturo Pérez-Reverte.

El libro, en todo caso, es una delicia y viene a salvaguardar la memoria de los miles de personas que allí vivieron que, de no ser por esta obra, estaría sin más condenada al olvido. Ya solo eso es motivo suficiente como para dar la más calurosa bienvenida al libro.


Como bien recuerdan, hace unos días escribí sobre una demolición que tuvo lugar en Playa Honda (Cartagena). De la lectura del texto y de mi crítica podría entenderse que soy un virulento opositor de las construcciones hechas a menos de 200 metros de la costa. Y en cierto modo, lo soy. Ver un edificio sobre un acantilado, una colección de casas bajas a orillas de la playa o una interminable sucesión de hoteles sobre una pequeña manga, es en sí mismo algo aberrante.

Pero quiero decir que yo o, mejor dicho, mi familia, somos afectados de la actual aplicación que el Gobierno quiere hacer de la Ley de Costas, en vigor desde 1988, aunque nadie le haya hecho mucho caso hasta hoy. Dicha Ley estableció que no podrían construirse edificios a menos de los ya citados 200 metros de la línea de playa o, en otras palabras, que todo el terreno que queda entre el agua del mar y las primeras construcciones es de dominio público-terrestre y no puede ser propiedad privada de nadie. Recuerden la que tenemos montada a cuenta de los polémicos chiringuitos. Pues imagínense lo que hay con las construcciones que son de hormigón.

En primer lugar, pongan ejemplos que ustedes conozcan que no cumplen el requisito antes descrito y que hayan sido levantados después de 1988. Les daría para rellenar varias páginas..., pero en fin para qué vamos a hablar si esto es España...

En tal tesitura, por un lado, ¿qué pasa con los edificios construidos legalmente antes de 1988 y que están levantados entre esos 200 metros? Una absoluta indefensión. La Ley establece que, treinta años después de su aprobación, o sea en 2018, la propiedad de esas casas pasa a ser del Estado. Da igual que mi familia tenga una escritura de propiedad ante notario. Y también da igual, como es nuestro caso, que mi abuelo comprase dicho apartamento en 1970 comprometiéndose a que pasados 99 años (es decir, en 2069) se perdería la propiedad y el edificio sería derribado para la recuperación del terreno sobre el que se asienta para uso público. Nosotros ya tenemos asegurado que, a partir de 2018, nuestra casa de Torrevieja deja de ser legalmente nuestra. Y lo sabemos, como pueden ustedes deducir -y he aquí el tomate de la cuestión-, porque el contenido de esta Ley es retroactivo y, por tanto, afecta a edificios levantados después y antes de 1988; aspecto éste último de dudosa constitucionalidad desde mi humilde punto de vista. Huelga decir que construcciones como la de la foto se sujetaban a las leyes entonces en vigor, no a la Ley de Costas; entre otras cosas, porque ésta no existía, y sus arquitectos y aparejadores se contentaban con ser solo eso, no adivinos.

Nosotros podríamos seguir disfrutando nuestro apartamento, uno de los de la foto, en el caso de que el Estado nos diera una concesión de treinta años, ampliables otros treinta; aspecto que se contempla solo para el caso de las construcciones erigidas antes de 1988, como es nuestra situación. Aun así, la Comunidad de Propietarios tendrá que pleitear y defenderse, pues la cosa no está muy clara. Pero, claro, como comprenderán, no podremos venderla en el caso de que lo necesitáramos porque, aunque la gente sea tonta, a nadie se conoce que guste de adquirir una casa de la que no va a ser dueño. Y quiero advertir que los compradores que en aquella época las adquirieron no estaban en contra de la naturaleza, ni de los delfines, ni de la madre Naturaleza, ni se gastaron el dinero por molestar a los que aman tomar el sol como lagartos. Simplemente fueron construcciones realizadas con todos los permisos y autorizaciones y los que las compraron no tenían culpa de nada; el daño ya estaba hecho.

Pero aun hay más. Por otro lado, están los más indefensos. Aquellos que poseen ahora en propiedad una casa construida desde 1988 en adelante sin haberse tenido en cuenta los nuevos límites del dominio público y, por supuesto, sin que nadie les informara sobre el contenido de la Ley ni acerca del riesgo que corrían en el caso de que al Gobierno de turno le diera por cumplirla a rajatabla. Cosas de España. El caso es que estos propietarios no tienen escapatoria. Se supone que, cuando llegue el año 2018, dentro de tan solo nueve años, sus viviendas pasarán a ser ilegales y verán cómo las maquinas las hacen desaparecer sin poder hacer nada más que mirar, llorar, grabar un vídeo con el móvil para colgarlo en YouTube o hacer fotos para inmortalizar la injusticia. Invirtieron en ellas para nada y muchos se quedarán sin casa donde meterse porque, por mucho que pueda resultar increíble, hay a quienes el sueldo solo les da para mantener y pagar una sola vivienda. Y dando gracias al Cielo...

A todo esto, como ustedes mismos pueden observar cuando viajen a cualquier rincón de la costa española, seguimos viendo edificios bien altos y bien hermosos que se están construyendo en estos momentos literalmente a la orilla del agua. Pero, ¿de qué van nuestros gobiernos nacional y regionales? Me pregunto, ¿se derribará la finca y el palacete que no sé qué jeque árabe tenga en Marbella, con su puerto deportivo privado incluido?, Y a los dueños de los hoteles, ¿por qué no se les dice que dentro de nueve años se les acabó el chollo? Y doy por supuesto, como no podría ser de otra manera, que el Sr. Rodríguez Zapatero, tan ecuánime como siempre, como un ciudadano más que es igual a todos nosotros, estará dispuesto a quedarse sin su residencia oficial de vacaciones con tal de defender nuestro patrimonio natural. Y así podríamos seguir hasta pasado mañana por la noche, pero no es cuestión de que tengan que ir por colirio para acabar de leer esta entrada.

Esta gente está asociada para hacer más fuerza y, juntos, ayudarse a no perder la esperanza, asesorados por el abogado José Ortega, entendido en la materia y que defiende a las Comunidades de Vecinos que ya están pleiteando. Se trata de la Plataforma Nacional de Afectados por la Ley de Costas (PNALC). Si alguien está interesado en el tema y quiere cerciorarse de que el asunto afecta a miles de personas repartidas por toda nuestra geografía, puede visitar este blog de noticias de la asociación.

http://afectadosleydecostas.blogspot.com/

También se encuentra a nuestra disposición este grupo de Facebook: Apoyo a los Afectados por la Ley de Costas.

http://www.facebook.com/group.php?gid=111449924235&ref=mf

Si hace unos días escribía aquí que me gustaba el bacalao y me permitía la licencia de poner una canción para ilustrarlo, hoy compadezco igualmente ante ustedes para decirles que sí, que la mandanga y el chirifú también me vuelven loco.

¿Y qué son la mandanga y el chirifú?, me dirán. Pues muy fácil. Escuchen (tienen que esperar un poquito, no me sean impacientes) y vayan leyendo al ritmo de la música.



LA MANDANGA

-El Fary-

Entré en una discoteca, soy tímido y me asusté,
pibitas que con quince años y los chavales también
hablaban de cosas raras, de lo cual no me enteré.
Les diré lo que decían, les diré lo que decían
por si saben lo que es.

Que dame la mandanga y déjame de tema,
dame el chocolate que me ponga bien,
dame de la negra que hace buen olor,
que con la maría vaya colocón (x 2).

Pasados veinte minutos, sin saber cómo y por qué,
con el aroma del humo yo también me coloqué.
Me dijeron los chavales, ven acá y aplástate,
le pegué a la mandanguita, le pegué a la mandanguita,
se acabó mi timidez.

Que dame la mandanga y déjame de tema,
dame el chocolate que me ponga bien,
dame de la negra que hace buen olor,
que con la maría vaya colocón (x 2).

Me voy pá la discoteca a buscar mi chirifú,
mirad si me pongo bien que creo que soy Kung Fú.
Lo mismo en Valladolid, Toledo que Salamanca,
todo el mundo baila ya, todo el mundo baila ya,
el ritmo de la mandanga.


Imagino que habrá quedado claro. Quizá se note mucho que es viernes y que ya se va haciendo urgente olvidarse de la rutina diaria para pasar a mover el chirifú al ritmo de la mandanga.


Ayer tuvo lugar uno de esos actos ¿simbólicos? con los que estoy cada vez más convencido de que nuestros políticos pretenden demostrarnos una y otra vez que piensan que sus gobernados somos profundamente gilipollas y/o que nos chupamos el dedo. Es el arte, sin duda, de la política de la foto.

Hace unas horas se derribaba, por parte del Ministerio de Medio Ambiente, Rural y Marino, un edificio en Playa Honda (Cartagena). La susodicha construcción llevaba en pie quince años y solo era el esqueleto de lo que tendría que haber sido una finca de cinco plantas y ochenta viviendas en su interior. Pero, como ven en la imagen de La Verdad.es, se levantó muy cerca de la línea de costa y, supongo que por eso, se paró la obra. Y, así se mantuvo el monumento a la arquitectura hasta hoy, en estado ruinoso.

El caso es que hoy han ido a saltarlo por los aires. Y, entonces, aparecen nuestros políticos con trompetas, clarines y timbales, intentando demostrarnos que son defensores del medio ambiente, de la naturaleza, de las foquitas, de los osos y de las playas. ¡Lo han hecho, por supuesto, para que el pueblo pueda disfrutar de un bien que es de todos: la playa y el agua del mar! Estupendo. Pero un servidor, que a veces piensa más de la cuenta, se pregunta: ¿cuándo tendrán estos fulanos lo que hay que tener para tirar abajo toda la costa española, empezando por el País Vasco y dando toda la vuelta a la Península hasta terminar en Cataluña que, como sabemos, es más de hormigón que de arena y agua?, ¿solo estaba este edificio sobre la playa o, por otro lado, en todos los rincones costeros del país hay edificios como este?, ¿por qué no tirarmos media Ibiza, otro tanto de Marbella, tres cuartos de Torrevieja y Benidorm y La Manga del Mar Menor enteros?

Y la cosa no acaba ahí, hay más. ¿Por qué, a pesar de la existencia de la Ley de Costas de 1988, podemos apreciar en diferentes puntos del litoral de España enormes grúas de construcción erigiendo edificios de decenas de plantas de altura, mega-hoteles y apartamentos a menos de los doscientos metros a los que dicha Ley obliga?, ¿pero qué mierda es esta?, ¿por qué nos toman por imbéciles?

Como digo, esta es la política de la foto. Hacemos algo inservible, que no suponga conflicto con nadie, ni propietarios ni constructores ni alcaldes, nos hacemos la foto de rigor y nos ponemos la etiqueta de protectores de no sé qué rollos y salvaguardadores de no sé cuántos valores. ¡Váyanse con sus ballenitas y sus rollos ambientales bien lejos, que yo no soy tonto, compro en MediaMarkt!


Vivo en una casa, un piso concretamente, de tamaño normal pero en el que cada uno de sus elementos y muebles bien podrían ser donados para formar parte del futuro Museo Inmemorial de Kosovo. O sea, que lo más nuevo que hay por aquí es mi hermana, que llegó a nuestro lado allá por la primavera de 1989.

Cuando a uno se le salen los grifos de su sitio como si ya se hubiesen cansado de seguir dando vueltas; cuando hay otros grifos que se declaran en huelga indefinida y de los que, por tanto, no cae una gota de agua; cuando la caldera de la calefacción funciona solo los días pares y los impares se dedica a hacer ruidos tan extraños que parece que esto va a dar un zambombazo que nos vamos a convertir en los primeros terrícolas en llegar a Marte; cuando uno advierte que en las paredes que antes fueron blancas hoy se pueden observar unos manchurrones negros de formas tan indefinidas que aquello parece una revelación mariana o la aparición del mismísimo Jesucristo en nuestra casa, etc., etc., es decir, cuando ocurren este tipo de cosas, es señal de que hay que hacer reforma. Reforma integral, esto es, tirarlo todo abajo y volverlo a levantar. Y si, aun así, siguen saliendo manchas, avisar a los del Vaticano, no vaya a ser que no me haga falta meterme en jaleos de oposiciones y pueda vivir convirtiendo mi domicilio y mis paredes santas en polo de peregrinación para la Cristiandad.

La semana pasada decidimos liarnos la manta a la cabeza y empezar a pedir presupuestos. Hice varias llamadas y, desde entonces, hemos recibido a varias empresas y maestros de obras en casa. Yo tengo que estar aquí para tirar de mis padres que enseguida se echan para atrás y les cuesta hacer esto si no es con nuestro apoyo detrás. También hay que buscar casa de alquiler, pues esto se convertirá en un patatal más pronto que tarde y no es plan de convivir con los obreros durante tres largos meses.

El primer obrero que vino era un rumano gordote. Llegó, nos empezó a dar lecciones de maestro de obras, le contamos lo que queríamos hacer y nos echó la bronca de nuestras vidas. Resulta que, desde su perspectiva, todo lo teníamos mal planteado, especialmente el tiempo necesario para que empezara la reforma, y por poco no nos echó de casa a mi madre y a mí y se puso a picar esa misma tarde. Según él, toda la casa debía estar vacía y nosotros en la de alquiler el día 15 de noviembre; una locura. El caso es que se fue corriendo y nunca jamás se supo de él, algo así como si le hubiésemos atacado con Polonio 210. Debe ser que no le gustamos. Los que han venido después sí nos escucharon, tomaron nota de todo y medidas de la casa y de sus dependencias y quedaron con nosotros en pasarnos sus presupuestos. Y les pedimos que trajeran catálogos porque nosotros, incultos que somos, no sabemos diferenciar entre la pintura al estilo espatulato o a las terras venecianas. A nosotros, que nos hablan de ventanas oscilobatientes y de aluminio térmico al 40 % y no sabemos si se refieren a algo de este mundo o del otro.

Ayer vino otro, un rumano. Pero este vino con ganas de pelea, ignorando que soy Socio de Honor de la Asociación de Danmificados del Repollo y que estoy que me subo por las paredes. Nada le parecía bien, no le gustó el pladur que queremos poner como mural en el salón, ni quería que un arco que nos gustaría poner separando el hall del pasillo esté decorado con molduras de escayola para hacerlo más bonito. Y cuando le hablamos de poner pavés en la pared del salón puso el grito en el Cielo, ya que no sabía cómo demonios iba a meter el cableado hasta dentro de dicha sala. Al irse, le pregunté que si trabajaba en fiestas o no (por aquello de empezar en diciembre, que tiene muchas fiestas, o retrasar el comienzo de la obra a enero) y me dijo que trabajaba todos los días menos cuando se emborrachaba. Creo que este hombre no será una buena opción si de lo que se trata es de que nuestra obra dure menos que la de El Escorial.

En fin, ahora me voy a ver si en el mercado algún tendero de la guerrilla albano-kosovar me da cajas de cartón para poder ir embalando ropa, libros y demás enseres. Solo de ver todo lo que tenemos aquí dentro y que todo eso nos lo tenemos que gozar y llevárnoslo al piso de alquiler, me da pánico empezar a hacer cajas. ¿15, 20, 30, 40 ó 50, cuántas serán necesarias? ¡Esto va a ser interminable!

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