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No tengo yo muy buena relación con los ordenadores, ni estoy a la última en tecnología y sus avances. Por eso, a pesar de que alguien me pueda decir que esto que traigo hoy aquí es de sobra conocido por todos, debo decir que yo lo he descubierto hoy y que me ha sorprendido muy gratamente.



Calle Jiménez de la Espada (Cartagena).

Se trata del Street View de Google Maps que nos permite pasearnos por las calles de nuestras ciudades como si fuéramos dando un paseo por la acera o montados en nuestros coches. A una persona como yo, que me emocioné considerablemente cuando pude sobrevolar ciudades, campos y pueblos con el Google Earth, esto le parece el último grito en aportes informáticos. Y, tratándose de mí, como ustedes mismos supondrán ya si me conocen bien, lo primero que he hecho ha sido visitar mis sitios predilectos para probar la herramienta -el Street View de Google Maps, se entiende- y ver si la cosa se veía con buena resolución. Y cuál ha sido mi alegría cuando me he encontrado paseando por nuestra calle en Cartagena, por el paseo marítimo de la Playa de los Locos de Torrevieja o por la urbanización donde vivo aquí, en Kosovo.



La Playa de Los Locos de Torrevieja.

Estas que véis aquí son algunas de las capturas que he hecho. Así que ya sabéis, si un día os apetece pasearos por algún sitio o conocer alguna ciudad no tenéis más que poner Google Maps y, luego, presumir de fotos y de ser ciudadanos de mundo con los coleguitas.

Arriba, cruce de caminos en Kosovo.

Abajo, parte de una urbanización. Para que ustedes se ubiquen, les diré que el Palacio de Miracoliflores está detrás de la espesura del bosque, siempre rodeado pues de misterio.

Confieso que soy adicto a la patata. Como a mi abuela materna, las patatas me gustan de cualquier forma, ya sean hervidas, asadas o no digamos fritas. Y la tortilla de patatas bien cuajada es para mí manjar de dioses. Y, para mis adentros, siempre he pensado que deben de tener algún componente adictivo porque, de lo contrario, no me explico por qué cuando como o ceno patatas fritas no puedo parar; necesito más y más.

Y el caso es que hoy, yendo a comprar al Mercadona, me encontré con una posible explicación a mi patatafilia -es que lo de tuberculofilia suena a degeneración total-. Ustedes me dirán qué les parece. Me dirigía yo hacia la estantería del pan y, también, a la de los yogures. O sea, que tenía que atravesarme todo el establecimiento. En una de sus "calles" perpendiculares a la que yo transitaba, se halla la sección de patatas fritas, ketchup, legumbres y frutos secos. Allí estaban, en completa soledad, una pareja, hombre y mujer, para más señas. Han agarrado una bolsa de patatas fritas Hacendado y, sin mediar más palabra, se han fundido en un largo y peliculero beso de tornillo.


¡Lo tenía delante de mis narices, ese es el misterioso componente de las patatas fritas!, ¡el amor! Por aquello de no interrumpir ese momento tan romántico, me fui por el pan y los yogures. Pero volví. Quise probar si a mí me funcionaría igualmente la atracción fatal de la patata. Cogí una bolsa de la misma marca que la de los amantes de Kosovo, esperando que apareciera mi Inés de Ulloa para besar locamente a su Don Juan pero, sin embargo, solo fui merecedor del vociferio de una desagradable vecina, ésta sí que es de la guerrilla albano-kosovar, que me pedía sin muchos modales, ni miramientos, que apartara mi carrito para que pudieran pasar ella, su carrito y su orondo trasero. Yo, para defenderme, le hice el avioncito y ella, furiosa y con los ojos inyectados de sangre, me pidió distinguidamente que me metiera el dedito en el culo.

Está claro que mi fruto del amor no es la patata, pero eso ya está superado. Es bueno, no obstante, ir descartando. Ni verduras, ni tubérculos. Pero también da vértigo porque me comentan que el único fruto del amor es la banana. No obstante, yo seguiré esperando, pues no he llegado todavía a ese punto de desesperación.

Foto: universomario.foros.ws.

Como bien saben ustedes, hace un par de semanas me fui a pasar cinco días a Torrevieja y Cartagena. Las "excusas" eran varias. Por un lado, quería ir a la presentación de un nuevo libro, muy especial para mí. Por otro, necesitaba salir de aquí y pensar en mis opciones de salida profesional para el futuro; quería "ir a ver" a mi abuela y limpiar la sepultura; comprar algunos productos típicos que en Madrid no hay forma de encontrar; ver a amigos y familiares; pasar cuatro días desconectado del mundo, de internet y de mi rutina diaria. O sea, que necesitaba un cambio de aires como el comer. Y vine como nuevo, es decir, alcancé mis objetivos y el sosiego de mi alma, mi karma y mi espíritu.

Portada del libro EL POBLADO DE REPESA. Un lugar que fue.

El caso es que el sábado 31 de octubre de 2009, a las 20:30 horas, comenzó la razón verdadera que me había llevado a Cartagena: el acto de presentación de un libro entrañable. Acompañado de una suculenta y artística cena, -lo de artístico es porque la presentación de los platos era de un delicado que parecía que estábamos en un recepción ofrecida por SS. MM. los Reyes de España-, se nos presentó el libro. Éste, coordinado y escrito por varios autores, entre los cuales yo tengo el gusto y la suerte de encontrarme, nos cuenta cómo fue un sitio por cuyas calles es imposible pasear hoy: el Poblado de Refinería del Valle de Escombreras de Cartagena, levantado en los años '40 y arrasado en los '90 del siglo XX para ampliar la factoría; obras que se están desarrollando actualmente.

Un momento de la presentación del libro, antes de la cena. Foto mía.

Allí vivieron hasta tres mil vecinos en su época dorada, los años '60, entre ellos mis abuelos maternos entre 1957 y 1963. Y allí nació mi propia madre en 1961 y, en el dúplex de al lado, vivió una figura como Arturo Pérez-Reverte y sus hermanos y padres. Era un poblado de casi 500 casas, plantas bajas o dúplex, repartidas en varias calles racionalmente dispuestas. Con luz, agua, teléfono, talleres, economato (supermercado), peluquería, casino, cine, colegio e institutos de primera y segunda enseñanza, etc., aquella gente vivió con un elevado nivel de vida para la época. Famosos fueron sus equipos deportivos o su rondalla, que llegó a cantar en Televisión Española. Todo ello sostenido por REPESA, siglas de la factoría (Refinería de Petróleos de Escombreras Sociedad Anónima).

El único problema, su cercanía a un gigante que era capaz de producir diez millones de toneladas de petróleo y productos derivados al año en la década de los '60. De hecho, en octubre de 1969 se produjo un pavoroso incendio que segó la vida de varios obreros y que motivó que los allí residentes se fueran trasladando hacia Cartagena. Mis abuelos se fueron antes a un sitio entonces alejado del centro de la ciudad, el incipiente Ensanche, pero que hoy en día se ha acabado convirtiendo en el centro económico, sanitario, de negocios, etc., de la ciudad. Se fueron a unas casas también construidas por refinería, el primer sitio que conocieron mis ojos cuando llegué al mundo para más señas.

Las casas de refinería del Ensanche de Cartagena, de cinco habitaciones y 120 metros cuadrados. Una de ellas, planta tercera, es donde yo iba a pasar veranos, Navidades, Semanas Santas, puentes, etc., con mi abuela. Foto del Foro del Poblado de Refinería.

El libro nos cuenta cómo era el poblado, de qué servicios gozaba, cómo eran las casas y cómo se divertía la gente en las fiestas patronales. Y, por supuesto, viene acompañado de un álbum fotográfico que inmortaliza a los que allí vivieron en sus horas de trabajo, descanso, bautizos, comuniones, fiestas, etc. Y es un libro especial para mí porque una de esas fotos está dedicada, entre otras personas, a mis abuelos. Se trata de un baile de disfraces de 1958. Ella disfrazada de Caperucita y él de futbolista junto con otros vecinos, también disfrazados, de la Calle Sol. Bendita foto que ha servido, pasados los años, para que se incluyera en este libro y, de tal forma, yo pueda tener unos abuelos cuyos rostros y nombres siempre serán conocidos y reconocidos, sin riesgo de caer en el olvido una vez que muramos los que ahora nos acordamos de ellos.

Contraportada del libro, con dedicatoria de Arturo Pérez-Reverte.

El libro, en todo caso, es una delicia y viene a salvaguardar la memoria de los miles de personas que allí vivieron que, de no ser por esta obra, estaría sin más condenada al olvido. Ya solo eso es motivo suficiente como para dar la más calurosa bienvenida al libro.


Como bien recuerdan, hace unos días escribí sobre una demolición que tuvo lugar en Playa Honda (Cartagena). De la lectura del texto y de mi crítica podría entenderse que soy un virulento opositor de las construcciones hechas a menos de 200 metros de la costa. Y en cierto modo, lo soy. Ver un edificio sobre un acantilado, una colección de casas bajas a orillas de la playa o una interminable sucesión de hoteles sobre una pequeña manga, es en sí mismo algo aberrante.

Pero quiero decir que yo o, mejor dicho, mi familia, somos afectados de la actual aplicación que el Gobierno quiere hacer de la Ley de Costas, en vigor desde 1988, aunque nadie le haya hecho mucho caso hasta hoy. Dicha Ley estableció que no podrían construirse edificios a menos de los ya citados 200 metros de la línea de playa o, en otras palabras, que todo el terreno que queda entre el agua del mar y las primeras construcciones es de dominio público-terrestre y no puede ser propiedad privada de nadie. Recuerden la que tenemos montada a cuenta de los polémicos chiringuitos. Pues imagínense lo que hay con las construcciones que son de hormigón.

En primer lugar, pongan ejemplos que ustedes conozcan que no cumplen el requisito antes descrito y que hayan sido levantados después de 1988. Les daría para rellenar varias páginas..., pero en fin para qué vamos a hablar si esto es España...

En tal tesitura, por un lado, ¿qué pasa con los edificios construidos legalmente antes de 1988 y que están levantados entre esos 200 metros? Una absoluta indefensión. La Ley establece que, treinta años después de su aprobación, o sea en 2018, la propiedad de esas casas pasa a ser del Estado. Da igual que mi familia tenga una escritura de propiedad ante notario. Y también da igual, como es nuestro caso, que mi abuelo comprase dicho apartamento en 1970 comprometiéndose a que pasados 99 años (es decir, en 2069) se perdería la propiedad y el edificio sería derribado para la recuperación del terreno sobre el que se asienta para uso público. Nosotros ya tenemos asegurado que, a partir de 2018, nuestra casa de Torrevieja deja de ser legalmente nuestra. Y lo sabemos, como pueden ustedes deducir -y he aquí el tomate de la cuestión-, porque el contenido de esta Ley es retroactivo y, por tanto, afecta a edificios levantados después y antes de 1988; aspecto éste último de dudosa constitucionalidad desde mi humilde punto de vista. Huelga decir que construcciones como la de la foto se sujetaban a las leyes entonces en vigor, no a la Ley de Costas; entre otras cosas, porque ésta no existía, y sus arquitectos y aparejadores se contentaban con ser solo eso, no adivinos.

Nosotros podríamos seguir disfrutando nuestro apartamento, uno de los de la foto, en el caso de que el Estado nos diera una concesión de treinta años, ampliables otros treinta; aspecto que se contempla solo para el caso de las construcciones erigidas antes de 1988, como es nuestra situación. Aun así, la Comunidad de Propietarios tendrá que pleitear y defenderse, pues la cosa no está muy clara. Pero, claro, como comprenderán, no podremos venderla en el caso de que lo necesitáramos porque, aunque la gente sea tonta, a nadie se conoce que guste de adquirir una casa de la que no va a ser dueño. Y quiero advertir que los compradores que en aquella época las adquirieron no estaban en contra de la naturaleza, ni de los delfines, ni de la madre Naturaleza, ni se gastaron el dinero por molestar a los que aman tomar el sol como lagartos. Simplemente fueron construcciones realizadas con todos los permisos y autorizaciones y los que las compraron no tenían culpa de nada; el daño ya estaba hecho.

Pero aun hay más. Por otro lado, están los más indefensos. Aquellos que poseen ahora en propiedad una casa construida desde 1988 en adelante sin haberse tenido en cuenta los nuevos límites del dominio público y, por supuesto, sin que nadie les informara sobre el contenido de la Ley ni acerca del riesgo que corrían en el caso de que al Gobierno de turno le diera por cumplirla a rajatabla. Cosas de España. El caso es que estos propietarios no tienen escapatoria. Se supone que, cuando llegue el año 2018, dentro de tan solo nueve años, sus viviendas pasarán a ser ilegales y verán cómo las maquinas las hacen desaparecer sin poder hacer nada más que mirar, llorar, grabar un vídeo con el móvil para colgarlo en YouTube o hacer fotos para inmortalizar la injusticia. Invirtieron en ellas para nada y muchos se quedarán sin casa donde meterse porque, por mucho que pueda resultar increíble, hay a quienes el sueldo solo les da para mantener y pagar una sola vivienda. Y dando gracias al Cielo...

A todo esto, como ustedes mismos pueden observar cuando viajen a cualquier rincón de la costa española, seguimos viendo edificios bien altos y bien hermosos que se están construyendo en estos momentos literalmente a la orilla del agua. Pero, ¿de qué van nuestros gobiernos nacional y regionales? Me pregunto, ¿se derribará la finca y el palacete que no sé qué jeque árabe tenga en Marbella, con su puerto deportivo privado incluido?, Y a los dueños de los hoteles, ¿por qué no se les dice que dentro de nueve años se les acabó el chollo? Y doy por supuesto, como no podría ser de otra manera, que el Sr. Rodríguez Zapatero, tan ecuánime como siempre, como un ciudadano más que es igual a todos nosotros, estará dispuesto a quedarse sin su residencia oficial de vacaciones con tal de defender nuestro patrimonio natural. Y así podríamos seguir hasta pasado mañana por la noche, pero no es cuestión de que tengan que ir por colirio para acabar de leer esta entrada.

Esta gente está asociada para hacer más fuerza y, juntos, ayudarse a no perder la esperanza, asesorados por el abogado José Ortega, entendido en la materia y que defiende a las Comunidades de Vecinos que ya están pleiteando. Se trata de la Plataforma Nacional de Afectados por la Ley de Costas (PNALC). Si alguien está interesado en el tema y quiere cerciorarse de que el asunto afecta a miles de personas repartidas por toda nuestra geografía, puede visitar este blog de noticias de la asociación.

http://afectadosleydecostas.blogspot.com/

También se encuentra a nuestra disposición este grupo de Facebook: Apoyo a los Afectados por la Ley de Costas.

http://www.facebook.com/group.php?gid=111449924235&ref=mf

Si hace unos días escribía aquí que me gustaba el bacalao y me permitía la licencia de poner una canción para ilustrarlo, hoy compadezco igualmente ante ustedes para decirles que sí, que la mandanga y el chirifú también me vuelven loco.

¿Y qué son la mandanga y el chirifú?, me dirán. Pues muy fácil. Escuchen (tienen que esperar un poquito, no me sean impacientes) y vayan leyendo al ritmo de la música.



LA MANDANGA

-El Fary-

Entré en una discoteca, soy tímido y me asusté,
pibitas que con quince años y los chavales también
hablaban de cosas raras, de lo cual no me enteré.
Les diré lo que decían, les diré lo que decían
por si saben lo que es.

Que dame la mandanga y déjame de tema,
dame el chocolate que me ponga bien,
dame de la negra que hace buen olor,
que con la maría vaya colocón (x 2).

Pasados veinte minutos, sin saber cómo y por qué,
con el aroma del humo yo también me coloqué.
Me dijeron los chavales, ven acá y aplástate,
le pegué a la mandanguita, le pegué a la mandanguita,
se acabó mi timidez.

Que dame la mandanga y déjame de tema,
dame el chocolate que me ponga bien,
dame de la negra que hace buen olor,
que con la maría vaya colocón (x 2).

Me voy pá la discoteca a buscar mi chirifú,
mirad si me pongo bien que creo que soy Kung Fú.
Lo mismo en Valladolid, Toledo que Salamanca,
todo el mundo baila ya, todo el mundo baila ya,
el ritmo de la mandanga.


Imagino que habrá quedado claro. Quizá se note mucho que es viernes y que ya se va haciendo urgente olvidarse de la rutina diaria para pasar a mover el chirifú al ritmo de la mandanga.


Ayer tuvo lugar uno de esos actos ¿simbólicos? con los que estoy cada vez más convencido de que nuestros políticos pretenden demostrarnos una y otra vez que piensan que sus gobernados somos profundamente gilipollas y/o que nos chupamos el dedo. Es el arte, sin duda, de la política de la foto.

Hace unas horas se derribaba, por parte del Ministerio de Medio Ambiente, Rural y Marino, un edificio en Playa Honda (Cartagena). La susodicha construcción llevaba en pie quince años y solo era el esqueleto de lo que tendría que haber sido una finca de cinco plantas y ochenta viviendas en su interior. Pero, como ven en la imagen de La Verdad.es, se levantó muy cerca de la línea de costa y, supongo que por eso, se paró la obra. Y, así se mantuvo el monumento a la arquitectura hasta hoy, en estado ruinoso.

El caso es que hoy han ido a saltarlo por los aires. Y, entonces, aparecen nuestros políticos con trompetas, clarines y timbales, intentando demostrarnos que son defensores del medio ambiente, de la naturaleza, de las foquitas, de los osos y de las playas. ¡Lo han hecho, por supuesto, para que el pueblo pueda disfrutar de un bien que es de todos: la playa y el agua del mar! Estupendo. Pero un servidor, que a veces piensa más de la cuenta, se pregunta: ¿cuándo tendrán estos fulanos lo que hay que tener para tirar abajo toda la costa española, empezando por el País Vasco y dando toda la vuelta a la Península hasta terminar en Cataluña que, como sabemos, es más de hormigón que de arena y agua?, ¿solo estaba este edificio sobre la playa o, por otro lado, en todos los rincones costeros del país hay edificios como este?, ¿por qué no tirarmos media Ibiza, otro tanto de Marbella, tres cuartos de Torrevieja y Benidorm y La Manga del Mar Menor enteros?

Y la cosa no acaba ahí, hay más. ¿Por qué, a pesar de la existencia de la Ley de Costas de 1988, podemos apreciar en diferentes puntos del litoral de España enormes grúas de construcción erigiendo edificios de decenas de plantas de altura, mega-hoteles y apartamentos a menos de los doscientos metros a los que dicha Ley obliga?, ¿pero qué mierda es esta?, ¿por qué nos toman por imbéciles?

Como digo, esta es la política de la foto. Hacemos algo inservible, que no suponga conflicto con nadie, ni propietarios ni constructores ni alcaldes, nos hacemos la foto de rigor y nos ponemos la etiqueta de protectores de no sé qué rollos y salvaguardadores de no sé cuántos valores. ¡Váyanse con sus ballenitas y sus rollos ambientales bien lejos, que yo no soy tonto, compro en MediaMarkt!


Vivo en una casa, un piso concretamente, de tamaño normal pero en el que cada uno de sus elementos y muebles bien podrían ser donados para formar parte del futuro Museo Inmemorial de Kosovo. O sea, que lo más nuevo que hay por aquí es mi hermana, que llegó a nuestro lado allá por la primavera de 1989.

Cuando a uno se le salen los grifos de su sitio como si ya se hubiesen cansado de seguir dando vueltas; cuando hay otros grifos que se declaran en huelga indefinida y de los que, por tanto, no cae una gota de agua; cuando la caldera de la calefacción funciona solo los días pares y los impares se dedica a hacer ruidos tan extraños que parece que esto va a dar un zambombazo que nos vamos a convertir en los primeros terrícolas en llegar a Marte; cuando uno advierte que en las paredes que antes fueron blancas hoy se pueden observar unos manchurrones negros de formas tan indefinidas que aquello parece una revelación mariana o la aparición del mismísimo Jesucristo en nuestra casa, etc., etc., es decir, cuando ocurren este tipo de cosas, es señal de que hay que hacer reforma. Reforma integral, esto es, tirarlo todo abajo y volverlo a levantar. Y si, aun así, siguen saliendo manchas, avisar a los del Vaticano, no vaya a ser que no me haga falta meterme en jaleos de oposiciones y pueda vivir convirtiendo mi domicilio y mis paredes santas en polo de peregrinación para la Cristiandad.

La semana pasada decidimos liarnos la manta a la cabeza y empezar a pedir presupuestos. Hice varias llamadas y, desde entonces, hemos recibido a varias empresas y maestros de obras en casa. Yo tengo que estar aquí para tirar de mis padres que enseguida se echan para atrás y les cuesta hacer esto si no es con nuestro apoyo detrás. También hay que buscar casa de alquiler, pues esto se convertirá en un patatal más pronto que tarde y no es plan de convivir con los obreros durante tres largos meses.

El primer obrero que vino era un rumano gordote. Llegó, nos empezó a dar lecciones de maestro de obras, le contamos lo que queríamos hacer y nos echó la bronca de nuestras vidas. Resulta que, desde su perspectiva, todo lo teníamos mal planteado, especialmente el tiempo necesario para que empezara la reforma, y por poco no nos echó de casa a mi madre y a mí y se puso a picar esa misma tarde. Según él, toda la casa debía estar vacía y nosotros en la de alquiler el día 15 de noviembre; una locura. El caso es que se fue corriendo y nunca jamás se supo de él, algo así como si le hubiésemos atacado con Polonio 210. Debe ser que no le gustamos. Los que han venido después sí nos escucharon, tomaron nota de todo y medidas de la casa y de sus dependencias y quedaron con nosotros en pasarnos sus presupuestos. Y les pedimos que trajeran catálogos porque nosotros, incultos que somos, no sabemos diferenciar entre la pintura al estilo espatulato o a las terras venecianas. A nosotros, que nos hablan de ventanas oscilobatientes y de aluminio térmico al 40 % y no sabemos si se refieren a algo de este mundo o del otro.

Ayer vino otro, un rumano. Pero este vino con ganas de pelea, ignorando que soy Socio de Honor de la Asociación de Danmificados del Repollo y que estoy que me subo por las paredes. Nada le parecía bien, no le gustó el pladur que queremos poner como mural en el salón, ni quería que un arco que nos gustaría poner separando el hall del pasillo esté decorado con molduras de escayola para hacerlo más bonito. Y cuando le hablamos de poner pavés en la pared del salón puso el grito en el Cielo, ya que no sabía cómo demonios iba a meter el cableado hasta dentro de dicha sala. Al irse, le pregunté que si trabajaba en fiestas o no (por aquello de empezar en diciembre, que tiene muchas fiestas, o retrasar el comienzo de la obra a enero) y me dijo que trabajaba todos los días menos cuando se emborrachaba. Creo que este hombre no será una buena opción si de lo que se trata es de que nuestra obra dure menos que la de El Escorial.

En fin, ahora me voy a ver si en el mercado algún tendero de la guerrilla albano-kosovar me da cajas de cartón para poder ir embalando ropa, libros y demás enseres. Solo de ver todo lo que tenemos aquí dentro y que todo eso nos lo tenemos que gozar y llevárnoslo al piso de alquiler, me da pánico empezar a hacer cajas. ¿15, 20, 30, 40 ó 50, cuántas serán necesarias? ¡Esto va a ser interminable!


Ustedes, en esta foto, verán simplemente un trozo de un rellano de cualquier edificio de pisos. Yo no.

Ustedes, en esta foto, verán una puerta blindada que les puede parecer más o menos bonita -o fea- pero que no tiene nada del otro mundo. Yo no.

Yo aquí veo a una mujer que, antes de que yo hubiese llegado al rellano, procedente de Madrid, ya había abierto la puerta y aguardaba esperando para verme después de unas semanas o meses echándonos de menos. La veo sonriendo, ataviada con su habitual bata de invierno o de verano, según la estación, comentándome lo mayor y lo alto que me veía pasado el tiempo, asaeteándome a preguntas sobre los estudios, las notas y mis progresos en la escuela, en el instituto o en la Universidad. Todo eso mientras me comía a besos y me abrazaba, espachurrándome lo más fuerte que podía contra su cuerpo, sin dejarme apenas dejar la maleta en el suelo.

Traspasar esta puerta suponía para mí muchas cosas. Esta casa y sus paredes fueron las primeras que conocieron mis ojos. Era algo así como reencontrarme conmigo mismo, con mi pasado, con lo que yo soy. Al mismo tiempo, como digo, era su casa, un remanso de paz. Las temporadas que pasaba con ella me hicieron muy feliz, la pude disfrutar y, sobre todo, dejarme impresionar por su forma de enfrentarse a la vida y a sus reveses. Me enseñó tantas cosas que resumirlas sería tenerles aquí hasta dentro de una semana. Aquí la ví superando dolores, golpes, despedidas desagradables, soledades, etc., sin consentir que la viéramos llorar, pero también la ví disfrutar de un trozo de dulce en mi compañía. Y decía que no necesitaba más. Pero también la vi envejecer, restringir sus salidas a la calle y luchar contra una enfermedad que tenía más fuerza que ella. Todo con serenidad y valentía, sin quejarse, resignándose a lo que le venía según le iba llegando y aceptándolo todo con calma y con la mejor disposición posible, sabiendo que la vida es finita, que la separación es inevitable y confiando ciegamente en que el camino no se acabaría. Eso me emocionaba.

Por eso, cada vez que paso por este rellano, aunque la puerta ya no se abra para mí, yo sigo viendo aquí a mi abuela del alma, esperándome con los brazos abiertos como siempre y con esa alegría que le provocaba volver a ver a su nietecico del alma.

Cementerio de San Antonio Abad (Cartagena).

Lo primero que hice fue ir a verla. No la ví porque es de todo punto imposible, qué más quisiera yo, pero sí que estuve cerca de ella, quizá un poco más cerca y presente de lo que la suelo tener todos los días. Hasta que no llegué al cementerio de San Antón, uno de los varios que tiene Cartagena a su alrededor, no caí en la cuenta de que se trataba del fin de semana en que se celebraba la festividad de los Fieles Difuntos. Todo estaba precioso, flores por todas partes y una marea emocionante de gente que no cesaba.

Me arremangué y escoba y jabón en mano me puse a limpiar la sepultura hasta dejarla blanca reluciente. Después, le puse dos ramos en el florero. Y, cuando acabé, me quedé un rato allí. No estaba haciendo nada pero tampoco me apetecía irme. De hecho, me costó arrancar. Sentía una paz inmensa y estaba muy emocionado. Pensaba que la vida es injusta. Vivimos muy pocos años pero después, al morir, nos pasamos décadas y décadas, siglo tras siglo, debajo de una losa de mármol. Y, conforme se van muriendo los descendientes, ya nadie sabe acerca de los que allí reposan, dónde vivieron, cuántos hijos tuvieron, etc., pues pocos son los que acostumbran a dejar escritas sus memorias y autobiografías. La memoria de sus días, por tanto, está condenada a desaparecer. De hecho, según llegaba al lugar donde se encuentra nuestra sepultura, pude ver la gran cantidad de tumbas abandonadas, algunas incluso sin losa de cubrición y otras en muy mal estado, denunciando que sus familiares se han olvidado de los que allí dejaron hace muchísimos años.

Una vez hube limpiado todo, me senté en la sepultura de enfrente, cuyos familiares no habían ido aun a arreglar para la ocasión. De repente, me acordé del famoso texto de San Agustín y casi lo pude recitar de memoria. En ese momento, vivir para morir años después me pareció una idiotez y me dio por pensar que quizá el santo tuviese razón y yo, cuando me toque, pueda dejar de sufrir pensando que no voy a ver más a mi abuela. Quizá entonces la vea resplandeciente, dominando el horizonte, capaz de transitar senderos y calles sin ser vista, contemplando la luz y la inmensidad, sin dolores y sin sufrimientos terrenales, vestida de blanco celestial.

La quise, pensaba yo, con locura. Nadie en la familia la quiso y se desvelaba por ella como yo, eso seguro. Y, se me antojaba a mí, de eso no quedó nada. Me duele no poder verla más, no poder saber de ella, no escuchar su voz, no poder entrar en su casa, no escuchar sus consejos y sus memorias o tener que conformarme con solo limpiarle la sepultura de seis en seis meses. ¡Con lo que nosotros fuimos hace año y medio! Habrá que tener esperanza y quizá, como dejó escrito el sabio de Hipona, cuando la muerte venga a romper la ligaduras, como ha roto las que a mí me encadenaban, y cuando un día que Dios ha fijado y conoce, tu alma venga a este Cielo en que te ha precedido la mía, ese día volverás a ver a aquella que te amaba y que siempre te ama, y encontrarás su corazón con todas sus ternuras purificadas.

Volverás a verme, pero transfigurado, en éxtasis y feliz, ya no esperando la muerte sino avanzando conmigo, que te llevaré de la mano por los senderos nuevos de la luz y de la vida, bebiendo con embriaguez de un néctar del cual nadie se saciará jamás. Enjuga tu llanto y no llores si me amas.

Ojalá sea así y esta separación solo sea temporal.

PD: ya estoy de vuelta. Me alegro de veros por aquí de nuevo. Un abrazo para todos.

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