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Hoy es su día, aunque no debemos caer en la creencia de que solo tenemos usarlo hoy. Como si fuera a modo de homenaje. Es algo más serio. Es algo que exige, incluso, que abusemos de él, que crezcamos con él, que nos alimentemos de él.

No. Hay que darle uso, a poder ser, todos los días. A todas horas. Porque no hay placer sin igual como el que proporciona el hecho de abrir uno de estos viejos artilugios, disfrutar de la textura de sus páginas, de su olor, de sus letras y de las aventuras, paisajes o historias que rápidamente empieza a suscitarnos en una cabeza; en este mundo cada vez más tecnificado y computerizado y menos libresco.

Porque, en definitiva, los libros nos hacen libres e independientes y nos enseñan a serlo y, en su caso, a reclamar nuestro derecho a serlo.



Por todas sus ventajas, de las que este vídeo es una buena muestra, no dejemos nunca de leer. No nos privemos del placer de nuestra libertad.

Hay veces que hay que decirlo, que no se pueden aguantar más las ganas. Gritarlo, incluso, sería mejor. Aunque solo fuera como terapia relajante en el breve espacio de unos segundos y, después, vuelta a la rutina. Pero desahogados, que es lo más importante.

"Vete a la mierda", con todas las letras y cada una de sus palabras. Pronunciado con serenidad y aplomo, mayestáticamente. Y uno se queda más a gusto que un ocho contra los tontos del culo con que nos topamos desde que amanece hasta el ocaso. Es el himno a la par que la más idónea guía turística para todos aquellos que se levantan con ganas de tocarnos las narices.



Decía Don Ramón María Narváez Campos, varias veces presidente del Gobierno de España durante el reinado de Isabel II, que la tontería era una enfermedad que no tenía cura y que, encima, se contagiaba. Después, Don José Ortega y Gasset vino a decir que los idiotas son más peligrosos que los malvados porque éstos abandonan de vez en cuando su maldad pero aquéllos nunca dejan de acompañarse de su imbecilidad. Y cuánta razón tenía. Cuando no te los encuentras detrás de una ventanilla pidiéndote el oro y el moro para poder hacer algún papeleo administrativo, los tontos están haciendo cola, pidiendo algo ante un mostrador, insultándose en la cola del autobús o a las puertas del Metro o sentados en una silla tratando de atenderte con mayor o menor nivel de cortesía.

La tontuna, la maldad, la necedad, la falsedad, la hipocresía, etc., flotan en el ambiente, nos asfixian, nos hacen desbarrar y, al final, se traducen en unas ganas locas de echar la pota. Hoy no tuve un buen día, huelga decirlo. Me fastidia perder una mañana entera de acá para allá, haciendo el panoli, como si me sobrara el tiempo, y que luego venga Perico a darle al torno. Por si era poco. Y no nos damos cuenta de lo fácil que sería vivir sin tantas preocupaciones y, sobre todo, con menos afanes porque al fin y al cabo aquí estamos de prestado. Y tan pronto estamos como dejamos de estarlo. Y ya que estamos, que nadie contó con nuestra opinión para desembarcarnos en este mundo, podríamos al menos aspirar a vivir con un poquito más de cordura, con una sonrisa en los labios, con un gesto afable para quien lo necesite y aligerando la vida a los demás en la medida de lo posible.

PD: Perdón por aparecer y desaparecer de este mundo como el Guadiana. Últimamente el vecino no se apiada de mí y no quiere compartir su red conmigo, a pesar de que ya le hablé de las bondades de compartir lo suyo conmigo. Es un borde y no quiere. Hoy me dejó conectarme un ratito y aproveché para desahogarme y, de paso, saludarles desde aquí. Disculpen que no les visite.

Conocido es por todos el conflicto que "enfrenta" desde hace tiempo a las ciudades futboleras de Cartagena y Murcia. Quien más o quien menos, sabe que la cosa arranca de que los cartageneros se sienten dolidos por el maltrato histórico que han recibido. De capital de provincia romana o de la España bizantina, a casi nada importante en la actualidad. Más de dos mil años de historia para que, al cabo del tiempo, fuera una ciudad como Murcia, relativamente moderna, la que se llevara todas las atenciones políticas y económicas, e incluso eclesiásticas -traslados de la sede episcopal a Murcia, aunque hoy está en Cartagena pero sin catedral o, mejor dicho, con una catedral destruida desde 1936-. Cosas un tanto absurdas como el traslado de la aduana desde Cartagena a Nonduermas, al lado de Murcia. Y otros aspectos que también duelen como la supuesta falta de inversiones en la ciudad costera, la imposibilidad de salir de ella si no es por autopista de peaje tanto en dirección a Alicante y a Almería o, bien, trasladarse a Murcia y desde allí conectar con la Autovía del Mediterráneo. Tampoco gusta el uso y abuso de la palabra "Murcia" para definir a una región entera. O sea, un desplante tras otro, que dicen los más exaltados. Y, por su parte, los murcianos no quieren que se les quite nada de lo que tienen, capitalidad provincial incluida lógicamente.

En julio de 1873, Cartagena se declaraba cantón independiente y en guerra contra el Gobierno español -los centralistas-. La rebelión duró seis meses justos, hasta enero de 1874. Aquel intento prácticamente cayó en el olvido de todos, pero parece que seguía latente entre los ciudadanos más sentidos del lugar. Tanto es así que, de acuerdo con el Estatuto de Autonomía de la Región de Murcia aprobado en 1982, se instituyó una especie de doble capitalidad dentro de la comunidad autónoma. La capital ejecutiva es Murcia y la legislativa -la sede del Parlamento regional- pasaba a ser Cartagena. Es el único caso en toda España.

Pero no parece que eso fuera suficiente. Hoy en día, de todo aquello quedó un partido cantonal que recuperado con fuerza desde 1977 y "escondido" en un partido con otro nombre actualmente cifra sus intereses en hacer de Cartagena capital de su propia provincia. O sea, crear dentro de la Región de Murcia dos provincias, una con capital en Murcia y la otra con capital en Cartagena. Eso revalorizaría la ciudad, atraería inversiones y aumentaría la representación de la región en el Congreso de los Diputados y en el Senado, dicen. Parece que eso fuera a colmar las expectativas de aquellos que quieren realzar la importancia de una ciudad que hoy por hoy es la productora del 20% de la energía que consumimos en todo el país, que ha recuperado su sede episcopal, que es capital legislativa de una comunidad autónoma, que tiene el puerto más importante de toda la costa mediterránea en tráfico industrial y que es capital militar y sede de uno de los tres arsenales de la Armada.

El caso es que el conflicto adquiere vida plena cuando los clubes de fútbol de ambas localidades, los dos en Segunda División, se enfrentan en una u otra ciudad. El Cartagena está el segundo en la tabla -quizá ascienda a Primera, lo nunca visto, todo un bombazo- y el Murcia en serio peligro de descender.

En noviembre se enfrentaron y la goleada del Cartagena al Murcia fue clamorosa. El día del famoso clásico entre el Madrid y el Barcelona también hubo derbi murciano, se volvieron a enfrentar y volvió a ganar el Cartagena, para dolor de los murcianistas y alegría de todos los cartageneros y de mí mismo, para qué les voy a engañar. Pero, ¿cómo se manifiesta el enfrentamiento entre ambas ciudades?

Con insultos, como no podía ser menos. Mientras los cartageneros sacan banderas de la provincia de Cartagena y pancartas con el lema "Cartagena no es Murcia", los murcianistas chillan en el campo del Cartagena cosas del tipo: "Cartageneros, hijos de puta", "Este campo es un futbolín", "Murcia se mea en esta puta aldea", "Murcia capital, Cartagena pueblo". Y rotura de lunas de coches y autobuses.

Desde luego que no me gustan estas cosas, ni voy por ahí insultando a nadie. Tampoco me gusta el fútbol, aunque la temporada que está haciendo el Cartagena es estupenda y muy ilusionante. Imaginaos que subimos a Primera, ¡¡Cartagena en Primera División!! Sería increíble, así como no me disgustaría que en la reforma del Estatuto de Autonomía sobre la que se está trabajando actualmente contemplara la biprovincialidad y, por tanto, me hicieran ir a cambiar de provincia en mi DNI.

De verdad que me admiro de la cantidad de tontos que pueblan las tierras de España y que, sin saber muy bien por qué razón, ni cómo, consiguen llegar a altos funcionarios de la administración pública, a ministros incluso o a profesores siendo, como son, un peligro en potencia para el país y la salud mental del conjunto de sus cuidadanos.



Lean esta noticia:

http://www.larazon.es/noticia/4681-igualdad-declara-sexista-a-cenicienta-y-pide-que-no-lo-lean-los-ninos



En ella, leo con estupor que al Ministerio de Igualdad, al Instituto de la Mujer y al sindicato FETE-UGT se les ha ocurrido la lucidísima idea de prohibir o vetar algunos de los cuentos con los que todos nosotros hemos crecido o, incluso, aprendido a leer. La simple idea de prohibir/vetar cosas, máxime si se trata de libros, me huele muy mal, no está nada bien, suelta un tufo de intransigencia dictatorial que echa para atrás y no sienta un buen precedente. O eso me parece. Pero, ¿por qué prohibir los cuentos? Pues, sin duda, porque son machistas, plantean un modelo familiar tradicional y patriarcal, etc., etc., etc.



O sea, se acabaron los tiempos en que los niños se iban a dormir escuchando a su padre o a su madre leyéndoles La ratita presumida, muy sexista ella, porque se quedaba en casa como “buena mujer” mientras esperaba a que llegasen sus pretendientes, todos hombres por supuesto, nada de homosexualidades, y la conquistase el mejor. No hablemos tampoco de La bella durmiente, aquella pobre infeliz que despertó cuando un apuesto y fornido príncipe, de cuya masculinidad no cabía la menor duda en las echadas a perder mentes infantiles, fue a besar. ¿Y qué me dicen ustedes de La Cenicienta, Blancanieves y todos los demás cuentos?: unos peligrosos mecanismos al servicio de la reproducción del sistema social patriarcal y moralmente tradicional.



Y digo todos los demás cuentos porque no se me ocurre excepción alguna de cuento no sexista, no homófobo, no clasista, etc. Es decir, que todos repiten los mismos estereotipos porque fueron escritos hace bastantes décadas y, como todo libro, reflejan la época en que se escribieron. Estamos de acuerdo en que son simples a más no poder aunque, dentro de dicha simpleza, nos enseñan los roles sociales más tradicionales. Y por eso mismo, se supone, hay que vetarlos, prohibirlos, no leerlos, proteger a nuestros pequeños de tamaña perversión mental. Y no dudo de que llegará el día en que arderán en las Plazas Mayores de todas nuestras ciudades y pueblos para escarnio público y disfrute de la muchedumbre embrutecida y no igualitaria por su culpa.



Ahora, imagino, habrá que ponerse a escribir nuevos cuentos. La verdad es que estaría curioso seguir las aventuras de un D’Artagnan que se atreviese a salir del armario y que pelease con su cuadrilla por el reconocimiento de la homosexualidad, de una Blancanieves que tuviese siete follamigos, de un patito feo transexual casado por lo civil y luego divorciado, de una Caperucita hipotecada hasta las trancas y que acabase como pareja de hecho del lobo feroz, de un Tío Gilito apóstata de la fe católica y rosa cruz para más inri, de una dama y un vagabundo que solo tuvieran relaciones esporádicas en los privados de una discoteca madrileña o de una Cruella de Vil tres veces casada y otras tantas separada y convertida en una activista a favor de los animales, el medio ambiente y el feminismo. Menudo jaleo.



A mí me leyeron muchos de aquellos perversos cuentos y a mi hermana también. Así me pasa, que he salido un subversivo total. Yo aprendí a leer de hecho con La ratita presumida y buenas dosis de paciencia materna. Pero hoy en día somos mayores y comprendemos que fueron escritos en su momento, que no porque el cerdito que cortejaba a la ratita no fregara los platos o pusiese el lavavajillas, yo, hombre como soy, estoy exento de ayudar a mi madre, a mi abuela o a mi futura mujer en las tareas del hogar. Ni tampoco soy presuntuoso, escurridizo y puñetero como el gato que quiso ligársela para, después, comérsela. Hoy en día, al menos que yo sepa, nadie liga como el cerdito, el gatito, el patito y demás animales que quisieron ligarse a la ratita presumida que, con su lacito, iba monísima ella; ni, en nuestras relaciones sociales o sexuales, nos cortejamos como príncipes y princesas. No tenemos tantos hijos como decían los cuentos que se tenían, la gente paga hipotecas y alquileres por cuchitriles y no por palacios, mansiones o casas grandes, no disponemos de sirvientas, hay matrimonios que no comen perdices, así como gays y lesbianas que se casan y adoptan niños. Y todo eso no lo leí en ningún cuento, que hace falta ser infantiles, señores del Ministerio.



De igual manera, también sé que la mujer no salió de una costilla masculina y que, por eso mismo, está sometida inapelablemente a mis deseos y caprichos. Sin embargo, hace ya tiempo, me leí el Pentateuco de La Biblia y, si pudiera, me la leería entera. Tonto hay que ser, pensamos hoy, para creerse que el mundo se pudo haber creado como lo cuenta el Génesis. Hasta Juan Pablo II en sus mejores tiempos lo tuvo que advertir. Considero, por otro lado, absurdo renegar de tantos siglos de cultura, masculino-céntrica es verdad, pero es la que ha habido y la que “nos ha hecho”. Aceptando todos los peros y desventajas de ese bagaje cultural, que no puede ser perfecto, encuentro absurdo tirar a la basura mis libros de literatura grecorromana, toda la filosofía de los Padres de la Iglesia y demás figuras del Medievo o el pensamiento de personajes como Kant, Nietzsche y un largo etcétera. Y solo limitarme a leer lo que se estima correcto, lo que me viene dado, lo que se me sugiere para que no piense. Es más, los conservo como pequeños tesoros; siempre y cuando el Ministerio no me sorprenda con sus matones en la puerta de mi casa, haciendo razzias domicilio por domicilio limpiando España de libros prohibidos.



He leído todos esos libros; y más que tendría que leer. Pero ninguno de ellos, que yo sepa, me ha trastornado. Le preguntaré al psiquiatra de todos modos… ¿Y por qué? Porque antes de leer cualquier libro he recibido la formación suficiente -que es lo importante, digo yo- como para considerarlos “hijos de su tiempo”. O sea, intento leerlos con espíritu crítico. Esto último, algo tan sencillo de entender y que a ninguno de nosotros nos ha provocado dudas existenciales sobre nuestra personalidad y/o sexualidad ni se ha traducido en una escuela de machistas feroces ni en seres violentos contra las mujeres, atormenta al parecer a las cabezas pensantes de las anteriormente citadas instituciones.



Es indignante no solo que se gaste el dinero público, ese que es de todos y con el que todos pregonan que se hacen tantas cosas, en esta especie de política pancartera, sino que simplemente tengamos que escuchar y leer en los medios de comunicación noticias de esta naturaleza. Yo -vale que puedo ser el rarito de toda España- invertiría el dinero en formar a la gente, darle herramientas para que piensen por sí mismos, para que sepan discriminar entre lo bueno y lo malo, entre lo que es conveniente y lo que no lo es y, por tanto, sepan hacer buenas elecciones. No me preocuparía de si El gato con botas o El patito feo les volvieron la cabeza loca, sino de crear personas independientes, capaces, bien pensantes, autónomas, conscientes de nuestro pasado y del momento en que viven -de sus problemas y de sus posibles soluciones-, y de lo que hay que desechar para el futuro; no "borriquitos con chándal" en expresión de Rafael Sánchez Ferlosio. Para eso tiene que servir, pienso yo, un sistema educativo. Lo que no sé -lo cierto es que no tengo una opinión muy optimista al respecto- es si se está consiguiendo o si estamos creando una sociedad de besugos y de acomplejados: de esos que se declaran igualitarios y respetuosos con "la diferencia" y bla, bla, bla, pero que no saben lo que están diciendo porque nadie les enseñó a ser dueños de sus actos y pensimientos, o sea a no seguir modas y eslóganes. Y eso es lo que debería preocupar a un Ministerio que quiera erradicar lacras como la de la diferencia de sexos o la violencia doméstica.

Imposible, no os puedo olvidar. Ni a tí y a tus besos. Esos besos con los que me hacías callar, pareciéndome que no te interesaba nada de lo que en ese momento te estuviera contando; que solo querías besarme. Y, sobre todo, esos besos en el cuello con los que conseguías que todo mi cuerpo se estremeciera, los primeros jadeos..., cómo olvidar aquello.

Imposible, no los puedo borrar. Es como si me los hubieses dejado escritos en la piel, tatuados mejor dicho, imborrables. Ningún artilugio ni remedio casero los borra, ni siquiera otros besos, ni otras bocas, ni otras ansiedades. Los tuyos se quedaron ahí, latentes. En una palabra, inolvidables. Y yo, debajo de ellos, encerrado en ellos, hecho prisionero por tí de ellos; mi ansiada carcelera.

Imposible, no puedo dejar de evocar esos labios estrechados con pasión como si cada vez fuese la última, esas lenguas antaño desatadas, esas manos con las que nos buscábamos por debajo de la ropa, esas locuras que escribíamos en nuestras bocas en la oscuridad de la noche de aquellos soportales o de ese callejón apenas iluminado que tanto supo de nosotros y de nuestras travesuras.






Y así me paso los días esperando cada noche, sin saber si estás bebiendo de otras bocas o pronuncias otros nombres.

Muchas veces me pregunto qué haría sin ella, qué sería de mí sin la chispa que ella aporta a mi aburrida rutina. Es la medicina que mejor me viene para evadirme, es pura energía para mi agarrotado cuerpo

Y es que en los días en que me levanto con el pie izquierdo, ella siempre está a mi lado para hacerme ver lo positivo del día a día. Cuando me encuentro mal, siempre aparece ella. Es pura entrega, es la causa de mis impulsos pasionales, es mi perdición, mi pecado inconfesable. Ella me pierde, débil como soy, entre ensoñaciones placenteras. Me imagino poseído por ella, haciéndole lo que más le gusta y, por su parte, empeñada en hacerme vibrar. Es la medicina que mejor combate a mi fiel compañera de batallas: la soledad

Consigue elevarme la moral hasta límites insospechados, me hace reír a carcajada limpia, consigue que pierda la vergüenza y las buenas formas que habitualmente atenazan mi forma de ser, hace en definitiva que me sienta vivo. Es la medicina con la que mejor trato mi dolencia

Ella es la responsable de que la pasión fluya por mis venas y de que, como efecto inmediato de sus potentes principios activos, me deje llevar sin querer queriendo hasta la locura durante el tiempo que dura su efecto. Es la medicina mejor

No tiene efectos secundarios, no es el típico medicamento que arregla una cosa para estropear a continuación otra. Cura todos los males, está garantizado. Quizá genera un poco de adicción para quienes la prueban porque de ella puede llegar a ser imposible -o muy difícil- no ya desengancharse, sino olvidarse. Y luchar contra eso puede ser complicado. En cualquier caso, está demostrado que es la medicina que pone a tono

Pues ella es mi medicina, la que me sube la moral, la que me hace sentir bien y la que me pone de buen humor incluso en los peores momentos. De venta en todas las farmacias, no necesita receta médica, se llama Phollatil 500 mg., viene estupenda para el cuerpo y el alma, rejuvenece, aumenta la esperanza de vida y hace a ésta más electrizante. Sus principios activos -Aguantaunmonton 500 mg., Fortazol Total 500 mg., Duratiesalin 250 mg., Cachondixicilina 200 mg. y Sementazol 500 mg.- son inocuos y su benigno efecto solo se extiende mientras duran los del medicamento en sí.



PD1: Esto es lo que me provoca que a veces escriba entradas subiditas de tono. Lo hago saber porque ha habido quienes aludieron al tipo de medicamento que estaba tomando. Acertaron. Estaba bajo los efectos de la industria química..., aunque química, lo que se dice química, no ha habido mucha con nadie hasta el momento. Una lástima, pues yo sigo abierto a cualquier farmacéutica que me quiera medicar o, en su defecto, a alguna enfermera que me quiera dar sus cuidados.

PD2: La foto me la pasó mi amiga Susana. Aunque no le he pedido permiso expresamente, espero que no se moleste por encontrársela aquí.

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