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Este año, el 2011, ya está a título de inventario pero me pilla sin ganas de hacer inventario alguno. Y de contarles el rollo de cómo pasé 2011, lo que hice, lo que fue bien y lo que fue o salió mal y lo que quiero cambiar para 2012. Lo encuentro absurdo. Nadie cambia, ni deja de hacer lo que hasta hoy hacía porque mañana sea día 1 de enero. ¿Y voy a hacer yo promesas y actos de contrición? Ni hablar. Ni que yo fuese el tonto del pueblo. También me repatea leer ese sin fín de felicitaciones donde la gente hace votos para que se cumplan todos mis/nuestros sueños. Sueños. ¿Sueños?, ¿Qué sueños? Las pesadillas, los sueños atormentados, los sueños aquellos tras los cuales te levantas en tensión total agobiado porque vas a llegar tarde a tal o cual sitio, tal vez los sueños eróticos.




Yo siempre, cual autómata, repetía eso una y otra vez hasta que me he dado cuenta de que todo es pura falsedad, de que nadie (o muy pocos) me desean lo mejor y de que a nadie le importan mis sueños tres cojones. Así que, en vista de que ningún año desde 1984 ha cumplido mis sueños ni mis expectativas sino que cada año pasa lo que tiene que pasa y no lo que yo quiero que pase, solo le pido a 2012 que cumpla mis sueños eróticos, a ver si entre tanta crisis, tanto recorte, tanta tijera y tanta subida de impuestos o falsa actualización de pensiones, me doy una alegría con cierta frecuencia.




Y no es que me haya ido mal en 2011. Es que no soporto la hipocresía de la gente, ni lo estúpida que ésta se vuelve con motivo de la Navidad, enviando chorradas y horteradas al correo. Ha sido un año como otro cualquiera, sin alegrías especiales y sin sustos de esos que te pillan por sorpresa.




Creo que no quiero hacer inventario porque, a pesar de mis esfuerzos para conservar y aumentar mis esperanzas para 2012, no tengo ninguna ilusión en el futuro. Ni el más mínimo interés por saber lo que traerá. Ahora me doy cuenta de que hay que estar a lo que traiga cada día y mañana ya se verá. Ya se verá en 2012. Si llegamos. Casi, lo confieso, hay días que pienso que estaría inmensamente agradecido a los mayas o a los aztecas, ahora no recuerdo quiénes de los dos fueron, si 2012 o dos mil goce nos mandara a todos a la mierda. Y se acabaron los problemas, los sufrimientos, los quebraderos de cabeza, las felicitaciones hipócritas y las rencillas sin cuento.




Pero, bueno, por lo pronto mañana se acabó la Navidad, ya no habrá que felicitarse más y se acabó la hipocresía. Y eso es tremendamente bueno. Mañana ya podemos volver a ser las mismas ratas de siempre, ya podemos volver a odiar, a desear el mal y a pisotear al contrario o desear a la mujer del vecino. Que nos quedan 365 días para la próxima farsa llamada Navidad, o sea, para echar pelillos a la mar y hacernos los buenos.


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