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Empiezo. Mañana todo se pone en marcha para dar comienzo a ese nuevo ciclo que ya anuncié en una entrada reciente. Va a ser, lo intuyo, un camino duro, complejo, con semanas mejores y otras peores y con poco tiempo en general para el ocio y la expansión. Toca apretar los dientes, estrujar las neuronas, condensar información, leer, estudiar, aprender y someterme a exámenes y pruebas semanales.

Pero estoy muy feliz, muy contento y, sobre todo, muy esperanzado. Esperanzado porque intuyo que algo bueno me va a venir, que algo bueno me va a traer este nuevo ciclo. Algo bueno que sinceramente creo que me merezco. O, al menos, así lo espero. Qué mejor forma que empezar la primavera, que es el renacer a la vida después del letargo invernal, que comenzando proyectos nuevos, con las pilas cargadas y rebosando ilusión.

No voy a abandonar este blog, ni ganas que tengo. Es una especie de hijo mío, mi criatura, me ha dado cosas muy buenas y gente estupenda y no pienso renunciar a ello. Además, el escribir es adictivo. No lo puedo dejar. Pero el régimen cuartelero en el que me voy a ver sometido a partir de los próximos días me hará tener que limitar mucho mis ratos dedicados a Internet en general y a escribir en mi blog -y en los ajenos- con mucho dolor de mi corazón. Pero lo bueno, dicen, se hace esperar y así ocurrirá con mis comentarios y entradas.

Así que aquí me tienen, renaciendo en esta primavera, esperando lo que está por venir y saboreando ahora más que nunca cada segundo de mis días.

Hay muchas cosas que yo no entiendo, como no podía ser menos, porque no me encuentro en posesión del tarro de la sabiduría. Una de ellas es el comportamiento de buena parte de los jóvenes actuales que, creyéndose modernos y rompedores de moldes y de clichés, lo único que hacen a mi juicio es repetir o retroalimentar los esquemas culturales más tradicionales, casposos y retrógrados de nuestra sociedad.

Cuántos jóvenes hay que no pisan una iglesia o que incluso la combaten vehementemente y se pasan los mandamientos, los preceptos de la iglesia y sus consejos en materia de sexualidad y de vida por el forro de los nacasones enarbolando la bandera de la modernidad y luego no son capaces de irse a vivir juntos sin pasar previamente por el altar. O sin pasar delante de la Virgen, a moco tendido, el día de la patrona o patrón. O sin ser más papistas que el Papa. O sin bautizar a sus bebés, sin inscribirlos en catequesis o sin vestirlos de marineritos horteras el día de la Comunión. Inconcebible para mi. Inconcebible que una pareja no pueda vivir un tiempo independizada, en su casa, sin necesidad de casarse, hoy en día que está todo permitido, ahondando más en ellos y comprobando si están hechos, entre otras cosas, para la vida en común.

Pero aun hay algo más que me llama la atención. Pónganse en situación. Se van los padres de casa. Automáticamente, como si estuvieran escondidos detrás de la puerta esperando a que aquéllos se fueran, se acciona un resorte que hace que aparezca la pareja del hijo o de la hija de aquéllos pertrechado con una maleta donde porta hasta el pijama y las pastillas del dolor de cabeza. O sea, se viene a pasar la temporada, los días que sean. Pretende quedarse a dormir. Y se queda. Y no lo hace en la cama de la novia o del novio, sino que duerme todos los días -ni uno se salva- en la cama de los padres, cual matrimonio bien avenido. Me van a perdonar pero no lo entiendo. A mi es precisamente lo que menos me llama en una relación de pareja. Dormir con mi pareja. Será que soy muy especial, puede ser, pero me gusta disfrutar de "mi libertad" todos los años que yo pueda, disfrutando del enorme placer que supone dormir solo, toda la habitación para ti, con la televisión solo para ti, o la radio, o el ordenador, solo ropa tuya y, sobre todo, ningún tipo de ruido o movimiento que soportar. Solo los tuyos.

Por lo que veo entre mis amigos y allegados, las parejas se mueren porque sus padres se larguen de casa y se puedan meter bajo sus sábanas. Por supuesto, sin el permiso de nadie y sin pensar en que, quizá, alguien más a parte de ellos se queda en casa y a ese alguien no le resulta de buen gusto tener que compartir su vida, sus días y sus noches, sus despertares y sus comidas y sus cenas, sus cuartos de baño, su ducha y todo lo demás, con un casi perfecto desconocido. Acabas hasta los cojones, con perdón. Y eso no es bueno. Uno se cohíbe en su propia casa mientras el extraño se pasea por ella, cocina, duerme, viene y va como si fuera su casa. Y en su casa ya ni se acuerdan de sus rasgos faciales. Algo no funciona. Un término medio, por favor. Cohibido, les decía, por dos modernos rompe-moldes que se empeñan en repetir lo que hacen sus padres, en lugar de llevar una vida natural, verse un rato y largarse a su casa. Y si surge quedarse a dormir en casa, que duerman en su habitación, no ocupando media casa para ellos solos. Así es como yo lo concibo. A mí me gusta estar con mi pareja pero también echarla de menos, que también es algo bonito y, sobre todo, vivir con la alegría de saber que aun me quedan cosas por descubrir de ella y por vivir con ella. Porque si en tan poco tiempo lo conozco todo y lo vivo todo tan rápido, qué más me quedará por descubrir en los meses siguientes. No me extraña que luego vengan las rupturas, los desengaños, las desilusiones, el se me acabó el amor de tanto usarlo y que en lugar de ir soportándose y conviviendo más y mejor, paso a paso, poco a poco, la gente de hoy en día tienda a darse mucho al principio, a vivirlo todo de golpe, para luego, cuando aterrizan en la vida real, acabar como el rosario de la Aurora. Ni los estornudos se soportan. No me dirán que son ganas de hacerlo todo al revés y mal...

Reconozco que yo no soy amigo de tomarme muchas confianzas y que si alguien entra en mi mundo tomándoselas, empieza con muy mal pie conmigo. Claro que yo entro en casas de amigos y hasta a veces he dormido en ellas, pero pidiendo permiso hasta para poder beber agua y sin hacer nada a escondidas de nadie, sin meterme en casa de nadie como Pedro por su casa y sin condicionar a los que allí viven de continuo. No me he visto nunca abriendo armarios de cocinas que no son mías, usando duchas ajenas o mirando armarios y cajones en la habitación de los padres de mi pareja. Es más, me voy cuanto antes y recojo todo lo que por mi culpa se ha puesto por en medio. Y en las relaciones que yo he tenido, tanto de amistad como de algo más, nunca me ha dado por meterme en casa de nadie, aun estando a solas, pues dormir es lo que menos me llama la atención de una relación. Dormir es muy aburrido. Efectivamente, prefiero otras labores antes que dormir, soy ardoroso y me enciendo rápido, aunque no hasta el extremo de mis amigos valencianos de Badoo, pero en ningún caso tomándome las confianzas que algunos se toman en casas ajenas, ni sobrepasando los límites de mi habitación.

En fin, que para ser moderno hay que serlo, no solo parecerlo o decirlo. Y precisamente retroalimentando las mismas costumbres de siempre, imitando a nuestros mayores, repitiendo sus mismas costumbres y horarios, invadiendo su espacio cuando ellos no están y tomándoles como referente para todo, no se es precisamente moderno. Más bien todo lo contrario. Son más de lo mismo aunque a los modernos les pese.

Confieso que estoy un poco nervioso, alterado si cabe, confundido si eso. ¿Qué será?, me pregunto. Qué sensación más rara, qué es este sentimiento que me embarga, que me recorre el cuerpo, que me susurra, que está en mi cabeza, que traspasa las paredes, que no sé si tiene sentido ni medida, que no hay nada que pueda evitar y que tampoco puedo callarlo. En todos los sentidos. Para mal y para bien. Ambas cosas.



Porque eso es lo que pasa, o lo que me temo que se siente, cuando uno se encuentra a las puertas de empezar un nuevo ciclo en su vida. En capilla, como yo. Ciclo que, como viene siendo habitual, no rendirá sus frutos, de rendirlos, hasta dentro de un tiempo. Nervioso, alterado, mal, inseguro, contrariado de pensar que quizá después de tanto esfuerzo y dinero invertidos no logre el objetivo. Podría pasar. No sería el primero ni el último, intuyo. Pero ilusionado, excitado, alegre y contento de saber que empiezo un nuevo ciclo, que voy a darle nueva savia a mi vida, que voy a conocer gente nueva y que voy a hacer algo diferente. Y eso siempre será bueno, siempre traerá algo positivo. O así me gusta pensarlo. Ya se irá viendo, en cualquier caso.

Como digo, es inminente. Esperaba la respuesta a un correo electrónico. La recibí esta tarde. Se me cita para el día X en el sitio Y para ir arreglando los preparativos y empezar en serio cuanto antes. Un ciclo que se extenderá durante varios meses, quizá más de un año, y que espero concluya con otra entrada como esta en la que comunique al mundo entero que he conseguido mi objetivo, que se acabaron las inseguridades y que soy el hombre más feliz del mundo.

Entretanto viviré el momento, saborearé cada experiencia, cada día, cada persona que conozca, cada página que aprenda. Y lucharé por conseguir lo que quiero, haré lo que sea necesario, me encerraré el tiempo que lo requiera y me privaré de cuanto tenga que privarme para que en un futuro no tenga por qué privarme de nada.

Seguiré por aquí aunque, quizá, con menos frecuencia. Según pueda. Lamento desde ya si no os puedo visitar tan a menudo pero que nadie piense que me olvido de él/ella. Os visitaré pero a mi ritmo. Gracias por la comprensión y sobre todo por la compañía que no dudo seguiré teniendo de vuestra parte.



Lacrimosa dies illa
que resurget ex favilla
judicandus homo reus.

Huic ergo parce, Deus
Pie Jesu Domine
dona eis requiem,
amen.



Día de lágrimas aquél
en que resurja del polvo
para ser juzgado el hombre reo.

Perdónale pues, Dios.
Piadoso Jesús, Señor,
dales el descanso.

Réquiem en re menor, K. 626, W. A. Mozart.


PD: Tal día como hoy se cumple el tercer aniversario de su fallecimiento. No doy crédito, ¡tres años! Entonces era Jueves Santo, llovía con mucha fuerza, estaba muy oscuro, apenas habían pasado las 16.30 horas de la tarde y todo me pareció revelador. O, al menos, todo acompañaba. Hoy la quise recordar de esta forma, en la confianza de que vive más allá de mi memoria y que sus ojos se cerraron entonces para abrirse a algo maravilloso, inmutable, extasiante y feliz, sin cadenas, sin ligaduras, sin padecimientos, ni dolencias. Libre. Hoy no quiero llorar porque ya lloré mucho, hasta la última lágrima, y no me sirvió más que para dolerme más, emborronar mi vista y no poder verla a mi lado, no en mi memoria, resplandeciente y victoriosa, todos los días y a cada momento.

Que me siga acompañando y que, juntos, vayamos abriendo caminos, senderos, todos los días. Porque nada mejor que su ejemplo me puede servir para vivir con sentido, con utilidad y provecho, tratando de dejar huella, de vivir plenamente y de rodearme de buenos amigos y de que ese sea mi patrimonio.

Descanse en paz y que siempre me acompañe.

Hoy he comprobado dos cosas. Les cuento.

Abro mi correo casi a la hora de comer, que es cuando puedo abrirlo, y me encuentro que no sé quién -una chica con apodo- me ha dejado un mensaje en Badoo -página "de contactos" pero que a mi entender lo es "para mojar el churro fácilmente y sin coste", de infausto recuerdo para nuestra amiga Morgana-. La primera vez que me llegaba un mensaje así. Clico en el mismo pero me dice que no puedo leerlo a menos que entre en la página de Badoo. Tócate las narices. Yo no tenía ni tengo ningún perfil activado en dicha página por lo que me iba a resultar muy difícil enterarte de qué decía el mensaje. Lo único que encontré fue una foto de la susodicha chica, a la que reconocí inmediatamente.

Y eso hizo que me picara más la curiosidad porque hace mucho tiempo que rompimos todo contacto ella y yo. Fuimos conocidos del instituto. Ella, lo reconozco, tenía un cuerpo de escándalo, no se imaginan ustedes los efectos que éste tenía en una mente entonces adolescente como la mía, aunque su cara y su pelo parecían demasiado envejecidos y poco cuidados y eso le hacía perder atractivo. El caso, retomo la cuestión que me pierdo entre voluptuosidades femeninas, es que no tuvimos un trato especial en el instituto y luego, pasando a la Universidad, perdimos totalmente nuestro contacto.

Pero nos reencontramos por Madrid una buena tarde de estas de no sé cuál año, intercambiamos nuestras direcciones de correo, nos agregamos al Messenger y hablamos mucho por ahí. Un día la invité a salir con mis amigos, aceptó pero llegó el día, acudió a la cita y, a los dos segundos, ya no se sabía dónde estaba. Había desaparecido. Se había ido. Huelga decir que ninguno teníamos la lepra y que me quedé sin saber el por qué de su huida. Días después coincidimos en el Messenger, le pregunté qué le había pasado y ella se arrancó a insultarme por una entrada que había escrito en el blog anterior a este que ustedes leen en la que hablaba sobre la forma de ser de la gente del sitio donde vivo. Me dijo cosas muy feas, yo no me quedé corto tampoco y la mandé a la mierda en el tren bala. Lo que más me sorprendió es que esta tía era de Barcelona y no sé por qué le afectó tanto que yo hablara de los señores y señoras que viven donde yo lo hago, en Madrid. El caso es que llevamos ya, sin exagerar, cinco o seis años sin saber el uno del otro.

Total, que yo estaba este mediodía con una inquietud que no me tenía en el sillón, preguntándome qué quería la muchacha. Aviso que yo no conocía Baddo hasta hoy. Así que, para desvelar el misterio, decidí hacerme una cuenta en esa página, me puse un nombre, una edad y una foto que no se correspondían conmigo y allá que entré y comprobé las dos cosas que les he anunciado en la primera frase de esta entrada.

La primera. Habiendo tenido todos los años del instituto para hacerse amiga mía, la muchacha ha considerado que el mejor momento para recobrar nuestra vieja amistad es ahora que no nos hablamos, que salimos tarifando, que han pasado tantos años y que lo mismo vive en la otra punta de España. ¡Qué bonito!

La segunda. Y, encima, me pide rollo. Porque es para lo que sirve Badoo. Morgana lo sabe bien. Después de ver su mensaje, que era una sola invitación a que charláramos por Badoo -se supone que para quedar y lo que surja, claro, no por gusto de usar la lengua cervantina-, me he puesto a ver la página. Arriba del todo me salía una ristra de fotos de los perfiles de unos cuantos tíos medio en pelotas, hiper musculados la gran mayoría y más salidos que el pico de una mesa. Pongo el cursor del ratón encima de algunas de esas fotos y uno quería una chica para paja telefónica, el otro estaba caliente y no es verano ni se acababa de comer un plato de lentejas, al otro le ocurría que quería sexo por Internet pero, avispado él, sin grabar las caras, otro preguntaba quién quería ser su putita, otro hacía públicas sus ganas de echar un polvazo y otro quería cenar chumino esta noche. ¡Buen provecho, hombre! Esos eran sus estados o sus mensajes de bienvenida. Como ven, muy caballerosos, delicados y románticos.

A todo esto, oigo unos pitiditos. Y menos mal porque estaba a punto de echar la pota con tanta poesía y literatura romántica como estaba leyendo. Y lo mejor será que habrá señoritas a las que eso les haga gracia y accedan a rebajarles la calentura. Menudo puterío, pensé. Busco por toda la pantalla a ver de dónde venían esos pitiditos y resulta que, en los quince minutos que he estado en dicha página, siete chicas me han sugerido que querían algo conmigo. Y charlar. Siempre charlar. Debe ser que a follar ahora se le llama charlar. Dos de ellas estaban para rezarles una novena. Por lo menos. El problema es que eran todas de Valencia porque, claro, entre mi información falsa puse que un servidor vivía en Valencia. Y aquí es cuando ya me he hecho cruces porque como foto de perfil me puse la de un viejo que encontré por Internet. Se conoce que no le hacían ascos a nada las muchachas y que tampoco querían quedarse sin cenar.

Cuánto necesitado, madre. Si se pusiera el mismo empeño en encontrar un trabajo, en salir de la crisis, en reducir las injusticias o simplemente en saber vivir y en vivir inteligentemente, esto sería el paraíso.

PD: Deshacerme la cuenta de Badoo, pasados los quince minutos que ha durado mi visita, fue labor harto compleja. Me pedía que explicase el motivo por el cual me iba a lo cual he respondido "no doy la talla". Y luego me pedía que pusiese mi contraseña. ¿Y cuál era mi contraseña? Pues se me había olvidado con tanto frenesí, con tanto derroche, con la cabeza loca porque ya no sabía si a las 17.00 horas iba a tener polvo en Villena o si iba a quedar a las 00.00 horas en Carcaixent para una orgía. Yo veía que de allí no me podía escapar, que Badoo me había fagocitado para siempre, que había caído en la trampa. Menos mal que existía la opción de rehacer la contraseña y, una vez que he puesto el código de verificación bien -que esa es otra, joder con las letras lo deformadas que estaban-, me he liberado. Y ya no sé qué habrá sido del polvete en Villena, ni de lo que irá a ser la orgía en Carcaixent. Una lástima.

Yo no sé si ustedes se han visto alguna vez en la que me vi yo ayer. Trataba sin suerte de dormirme. Sin suerte porque andaba desvelado, con los ojos como platos, aunque estaba cansado.

El caso es que daba vueltas en la cama y, cuantas más vueltas daba, más molesto me encontraba. Enseguida localicé el origen de la molestia. Mis brazos. Sí, mis brazos.

Me molestaban de todas las maneras y posturas. No sabía dónde meterlos. Qué sensación más fea. Es como si se tratara de dos apéndices inútiles que mi cuerpo arrastraba y que me molestaban para darme la vuelta, para acomodarme o para conciliar el sueño. Se me hacían enormes, pesados, largos. Como si se dos sacos de patatas de diez kilos cada uno se tratase. Si me colocaba boca abajo no sabía como ponerlos, si los sacaba fuera de la superficie de mi colchón sentía frío, si los ponía por encima de la cabeza se me dormían, si me ponía boca arriba no sabía dónde colocarlos e intantando dormir de lado aquello se me hacía insufrible. Qué ganas de que fueran desmontables. De que se pudieran quitar, dejar sobre el escritorio o dentro del armario y, a la mañana siguiente, volvérselos a poner para seguir usándolos.

Veremos a ver esta noche, que pinta toledana. Japón y la cosa nuclear se están encargando de ello. Explosión en el reactor dos de la central de Fukushima hace un rato y, al parecer, un escape de sustancia nuclear al exterior al haber sido afectada la vasija de contención del reactor. Aun no se sabe lo que ha ocurrido o si la vasija está efectivamente rota pero, por las caras de los japoneses que aparecen en la pantalla, nos podemos temer lo peor. La NHK, la televisión japonesa, está retransmitiendo todas las novedades en directo. Se ha pedido ayuda a EEUU. Se suceden en dicha televisión las ruedas de prensa de encorbatados japoneses, supongo altos cargos y portavoces relacionados con la gestión de esta crisis. Se enfoca a la central. La imagen es tétrica. Se pide que nadie salga de su casa y que, si lo hacen, lo hagan con la boca tapada. Como si eso fuera a evitar la radiación a los que viven allá, pienso para mis adentros. Evacuaciones. Escucho la tasa de radiación emitida que se mide en unos términos que yo no entiendo. Ni quiero entender. El triple, el séxtuple. En cualquier caso, un gran desastre.

Siento miedo. Me siento una mierda, indefenso, desprotegido, superado por el mundo, por la naturaleza, por la nube nuclear que siento que se ciñe sobre nuestras cabezas. Ahora sé lo que sentían las hormigas o mariquitas cuando nosotros, de niños, en el recreo del colegio, nos dedicábamos a recoger. Les debíamos parecer gigantes. Me siento nada ante un algo que me resulta inabarcable, incomprensible, espantoso, imparable y mucho más poderoso que yo. Japón está lejos, dicen. Pero eso no me consuela. Aquí al lado prácticamente hay varias centrales nucleares. Todas muy seguras, se encargan de decir en la televisión. Seguras hasta que dejan de serlo, como todo, mira tú.

Me siento un pelele -con futuro incierto o quizá sin futuro- en manos de no sé muy bien qué. El ser humano, ese Homo inteligente y sapiens, lo ha sido tanto que se ha preparado y diseñado a su gusto su propio final. Ha creado un mundo donde no se puede vivir. Para dar cumplimiento a la Escritura que profetizó que con nosotros no acabaría ni Dios. Que de eso ya nos encargábamos nosotros solos.

Esta noche tardé en conciliar el sueño. Y eso que sueño, lo que se dice sueño, tenía. No es que hubiese cenado mucho y me encontrase empachado, ni que estuviese desvelado por efecto del café o porque quisiera comenzar los rezos previos a la Semana Santa.

Es que estaba horrorizado después de un día en el que pude ver por televisión los destrozos -o parte de ellos- que ha provocado el terremoto y posterior tsunami en Japón. Entre ellos, aparte de los miles de muertos, desaparecidos y coches, calles, ríos y casas que desaparecían y eran barridos al paso de las olas que sumergían la superficie de la isla, el accidente ocurrido en el central nuclear de Fukushima.

De repente, sentí como si estuviese en Japón o como si Japón fuese las islas Baleares en cuanto a cercanía y ese escape nuclear me hubiese afectado, me hubiese contaminado y me hubiese dejado sin futuro, sin vida, sin poder tener hijos, sin nada. Destrozado para toda la vida. Contaminado. Muerto en vida. Y yo sin poder hacer nada para evitarlo, sin que nadie me fuese a resolver mi problema, sin poder reclamar a nadie. Sabiendo que la posible indemnización no me iba a curar, ni a limpiar. Jodido.

El hecho de verte a ti mismo ante esa catástrofe televisada, empatizar con esas personas que salen en la pantalla, ponerte en la piel de su desgracia, ver esas caras de horror, gente muriendo o que va a morir inevitablemente, gente perdiendo en tres segundos todo lo que tienen y/o han conseguido en esta vida, es, aparte de un espanto, una de las mejores terapias que se pueden hacer. Que aquí estamos de prestado, que da lo mismo un piso aquí o allá, grande o pequeño, apartamentos en la playa, casas en el pueblo, ser la primera potencia del mundo o el último mono, un coche de lujo o un cuatro latas, recuerdos y fotos guardados en cajas de latón que nunca o casi nunca se abren, cosas absurdas que se guardan en armarios y casas por si alguna vez tenemos que echar mano de ellas, joyas y demás enseres innecesarios. Que todo ello no nos vale. Que no somos nada de eso.

Porque no somos nada, no valemos nada y ante ese argumento, agrandado estos días por una catástrofe como la de Japón, recobra todo su sentido aquella tan sobada y deslucida frasecilla de que lo mejor es andar ligeros de equipaje, con los mínimos enseres posibles, con las menores necesidades, simplificando esta vida al máximo, haciéndola liviana y sencilla, sin amasar dinero o propiedades porque ninguna de esas cosas nos van a servir para nada, ni para llevárnoslas con nosotros al más allá. Sin tantas ataduras materiales.

Para qué me sirve un móvil de última generación, el mejor portátil, un coche GTI o el piso más caro de toda España si nada de eso es mío, ni me lo voy a poder llevar a ninguna parte. Si lo mismo esta tarde ya no estaré aquí y nada de eso me va a servir ni para vivir mejor, ni para vivir más, ni para escaparme de lo que la vida me tenga preparado en un futuro.

No saben ustedes como me alegro ahora, pasados los meses, de no haber participado de la fiebre colectiva que se cernió sobre España cuando once tíos casi en calzoncillos ganaron un mundial de fútbol, homenajearon al amor besando a sus novias en pantalla que a la sazón estaban allí currando de reporteras -¡qué bonito!-, alzaron la copa y la pasearon por las calles de Madrid.

No celebré el mundial, ni puñetera gana que tenía de celebrar nada porque yo nunca celebro nada. Pero, y ahí vamos al nudo del asunto, como buen español que soy me olía lo que iba a pasar y por eso, para que luego la conciencia no me mortificara, no me dejé llevar por esas manifestaciones de júbilo, coge la bandera española o un trapo con los mismos colores, póntela de falda, pásatela por el culo, coge una trompeta del demonio, sácate la televisión a la terraza, da por culo al vecindario y métete en una fuente. Para escribir un tratado sobre la gilipollez humana.

El caso es que salgo a la calle, lo cual ocurre desgraciadamente todos los días, y vuelvo que ni dos paquetes de Tranquimazin pueden conmigo. Chorizos y mangantes por todas partes, gente quejándose de que está en paro acá y acullá, un Gobierno poniendo más difícil nuestras jubilaciones y suspendiendo todas las ayudas a las que podían agarrarse los parados o los que se acaban de comprar un piso por no hablar de la subida del IVA. Tramas Gürtel, Palma Arena en Baleares y la de los EREs de Andalucía, concejalas que se quejan de que los coches que contaminan son los Audis que usa el Gobierno y luego las pillan yéndose a la peluquería en coche oficial. O consejeros de transporte que no tienen ni pajolera idea de lo que es un Metrobús de 10 viajes. El país de los sueldazos para los diputados y políticos en general, donde se permite que éstos tengan dos, tres y hasta cuatro retribuciones, donde ellos mismos fijan sus sueldos mensuales y, sin necesidad de haber cotizado tanto como nosotros, tienen garantizada la pensión completa cuando se jubilen. Y lo de haber trabajado 38 años y medio les sonará a cirílico.

El país de las prohibiciones, que ni fumar de mentira en obras de teatro se puede ya y donde, al mismo tiempo, aparece un insurrecto diciendo que va a dejar fumar en su establecimiento y van y le cascan una multa de no recuerdo cuántos cientos de miles de euros. A este paso, para follar va a haber que hacer una derrama e instalar paneles solares en la azotea por si a alguien le gusta hacerlo por la noche con la luz encendida y no tire de energía nuclear.

Ricos que son cada vez más millonarios y bancos usureros que han hecho su agosto en esta crisis en parte gracias a las ayudas públicas que recibieron del Estado y que, por supuesto, no dejan que circule el dinero, no lo prestan, no dejan que salgamos de ésta. Pues que lo devuelvan porque ese dinero no era suyo. Que eso de que no hay dinero, ni se gasta, daría también para escribir un tratado. Sigo sin explicarme por qué las grandes superficies se abarrotan los fines de semana, por qué los hay que salen con más bolsas de las que pueden acarrear y por qué el número de coches que circulan por la vía pública no se reduce drásticamente tal y como está el precio de la gasolina. Será que hay más dinero del que se dice y, quién sabe, mucha economía sumergida. O que a la hora a la que yo suelo salir a la calle no caen billetes de 50 euros del cielo. El país que gana por goleada en la competición de personas y empresas que defraudan a Hacienda, que más cargos de confianza tiene en los cuadros altos de la Administración Pública en lugar de dejar que esos mismos cargos sean desempeñados por funcionarios de carrera, el país donde el nepotismo es marca de la casa y donde un investigador o profesor de Universidad no gana ni la cuarta parte de lo que gana un concejal del pueblo de mierda en el que vivo.

El país donde se puede ser Presidente del Gobierno sin saber hablar inglés ni por asomo pero que, para ser barrendero, te piden o saber catalán o recitar de carrerilla los orígenes prehistóricos de la Comunidad de Madrid, la suma de todos ¿? El país donde los ministros no saben hablar castellano -como para hacerlo en inglés-, donde se disfruta de una oposición farfullera, insultante, insolente y mal educada y donde no se requiere de enchufe sino de trifásico para acceder a cualquier puesto de trabajo que esté más o menos bien. El país donde el único mérito que se valora es el de Belén Esteban que se benefició a un torero, se quedó embarazada y ha tenido que sacar a su hija adelante sola. Ni Manuela Malasaña hacía cosas tan heroicas.

Un país podrido, idiota en sus cuatro puntos cardinales, que huele a cloaca, donde la indecencia campa por sus respetos y el derecho está del revés y viceversa. Un país donde nadie tiene nada que decir a pesar de la que está cayendo, donde todos estamos conformes con lo que ocurre, donde todos nos sentimos encantados de la vida con este estado de las cosas, donde si viniese un francés o un griego alucinaría en colores con nuestro sentido de la abnegación y donde solo se oye a las masas cada vez que once tíos casi en calzoncillos se ponen a darle patadas a un balón o que el plasta de Mou -el entrenador del Real Madrid- suelta alguna de sus insolencias. Que mira que es cansino.

Será que tiene que ser así. El caso es que es todo un alivio, créanme, no haberme visto dando brincos en una fuente el pasado mes de julio porque, de lo contrario, ahora no me perdonaría a mí mismo no salir a la calle a liarla parda. Como en Francia. O como en Grecia. A liarla. A que se consiga nada o poco, sí, pero a que se me oiga. A que no se piensen que somos imbéciles. Mi conciencia, pues, está tranquila.

Es verdad, no tendría que celebrarse este día. No tendría que ser un día especialmente reservado en el calendario y si lo es será porque no solo lo merecen, sino porque aun les queda mucho que reivindicar como trabajadoras en particular y como seres humanos en general.
Porque haciendo lo que hacen, ya sea en casa o fuera de ella, trabajando como trabajan, dándolo todo como lo dan sin pedir nada a cambio, sufriendo y luchando por los suyos como jabatas y llenando espacios vitales, me estremecen. Tan simple como que sin ellas, sin su poder exclusivo de dar la vida y darla gratis, no estaríamos aquí, no tendríamos la oportunidad de vivir y nuestra ya de por sí decrépita, inconsciente y estúpida especie habría desaparecido. Y me refiero a todas pero especialmente a las de a pie, a las anónimas, a las que padecieron guerras y crisis y sacaron a sus hijos adelante, gigantes como enorme era y es su fuerza de voluntad y que no caben en ningún libro porque, desde luego, no hay libro que las aguante.



Feliz día para todas mis mujeres del blog, para las que son mis amigas de dentro y de fuera de Internet y para mis mujeres del día a día, las de casa, esas que hacen que cada día tenga un motivo para madrugar y vivirlo.

Todos o casi todos sabemos de lo que hablamos cuando decimos que padecemos o que hemos padecido mal de amores. Para mí, el mar de amores es sufrir por alguien que no te hace el más mínimo caso cuando uno, sin embargo, está locamente enamorado. Tampoco he mirado el diccionario para ver si esa es la definición exacta. El caso es que dicha persona te llama la atención a partir de cierto momento, te gusta, te quita el sueño, te roba la calma y te mantiene en un estado de ánimo y emocional que es muy bonito, no digo que no, pero también un tanto desagradable al mismo tiempo. La cabeza, de repente, no sabe otra cosa más que pensar en tal persona, en imaginarse una vida con ella, en tratar de adivinar qué pasará la próxima vez que nos veamos y cómo se lo puedo decir. Un estado donde no sabes ni qué hora es, ni te importa. Y por oir, oyes hasta las trompetas del Apocalipsis. Pero no te hace caso. Se lo dices, que te gusta, que quieres algo con ella y o te dice que no, o que sí pero no o aun te hace menos caso todavía, por aquello de poner tierra de por medio.

Todo ello provoca dolor, sufrimiento. Esa persona no tiene la culpa, qué le va a hacer si no le gustas. Pero tú, por tu lado, sufres. Lo pasas mal aunque hace quince minutos fueras el más feliz del mundo o sintieras que a tu vida poco le iba a faltar ya para ser una vida perfecta si conseguías su compañía. Te ciscas en tu mala sombra y hasta te acuerdas de los genes que no te hicieron más agraciado y que sí premiaron, yo qué sé, al vecino, que es medio imbécil y que no tiene nada que ofrecer a ninguna chica aunque siempre lleve alguna a cuestas.

Viéndolo y pensándolo con la distancia que da el paso del tiempo -que es lo único que éste nos da de bueno, distancia para entender las cosas y cómo y por qué ocurrieron-, yo no renuncio a ese dolor, ni a lo que entonces sentí. Y me arrepiento de todas esas maldiciones y reacciones propias de un primerizo.

Hoy no me arrepiento de nada de lo que al respecto me ha ocurrido porque prefiero haber tenido un aroma de su cabello, una caricia de su boca, un roce de su mano, que una eternidad sin ello.

Porque el amor, la pasión y el disfrute no solo forman parte de esta vida. También los desengaños, el dolor, el no llevar la razón y el no ser correspondido son parte de esta vida y, creo, son quienes más nos enseñan esas grandes lecciones que todos, cada uno a su ritmo, debemos aprender. Sobre todo, no ser tan infantiles y saber que en esta vida se pierde más veces de las que se gana. Y si has ganado, al menos, el beso de una chica, sus caricias, el regalo de su sonrisa o el roce electrizante de su cuerpo, eso que te llevas. Razón de sobra para estar más que agradecido.

Fragmento de uno de los diálogos de City of Angels, que esa cita no es mía, como ustedes ya sabrán.

Te velaría mil noches más pues aun siento la necesidad de expulsar las lágrimas que aun me quedan por llorar, de desatar la rabia que aun me queda por sacar y de maldecir la suerte -si es que se le puede llamar así- que siempre te/me/nos acompañó. Imperiosa necesidad. Lágrimas lacerantes, palabras dolorosas, rabia contenida y que nunca puedo gritar. Lágrimas de miedo con las que, plegado en nuestra barca, en la que tú ya no transitas, le pido al cielo que todas las noches y los días me lleve a ti y a lo que fuimos y te traiga a casa y confío en que la espuma blanca del mar rece por ti cada día hasta donde yo no puedo hacerlo. Lágrimas, palabras y rabia que cada vez van a más porque no me sirven para volver a verte, para traerte a mi lado, para escuchar tu entrecortada voz, para estrechar tus grandes y arrugadas manos, para besar tu frente o tus mejillas.

Si solo me he de conformar con las penumbras de la noche, con dibujarte sobre mis cerrados párpados, con traerte a mi sobre un lucero plateado durante mil y una noches, revestida de blanco celeste, liviana, sin peso, rejuvenecida, libre, con presentirte por acá y por allá cuando una ráfaga de aire se cruza en mi camino o roza ligeramente la piel de mis brazos y de mi cara y con ver mi barca enlutada y de duelo..., confieso que a veces he sido como el jinete de la ranchera de José Alfredo Jiménez -versionada por Enrique Bunbury, para los más jóvenes-, que mientras vagaba por el campo a la grupa de su caballo pedía a Dios que se lo llevara. Su pecho transido de dolor, su alma destrozada no le dejaban vivir, así se lo pedían. Porque sabía que la había perdido para siempre. Llevaba consigo una herida eterna. Portaba una nostalgia empedernida. Estaba perdido en la noche, como si estuviese en mitad del mar, sobre esta barca. Intentando remar hacia no sabe muy bien dónde y esperando a que se disipe la bruma que no le deja ver bien el horizonte y distinguir la luz de los faros.

¿Cuánto tiempo es necesario?, ¿Toda una vida?, ¿Por qué tanto dolor?, ¿Solo porque es lo que nos toca? Y trágate todo eso, digiérelo como puedas, porque el mundo no lo admite, ni lo entiende, ni te dedica tres minutos. Y, encima, ten la seguridad de que sin este tipo de pruebas no se aprende, no se avanza, no ha de continuar la vida. Te sirven de experiencia aunque, entiendo, nos resistimos a aprender de este tipo de eventos y siempre nos pilla el toro en toda su crudeza, por mucho que lo veamos venir de lejos. Y, por si fuera poco, el ciclo se repite de tanto en tanto, se ciñe sobre nosotros de nuevo, nos golpea otra vez, nos recuerda que ni a las personas podemos sentirnos o estar unidos toda la vida. Nos vacía la barca. Porque la vida está mal planteada, mal parida, no hay quien la entienda. Que para vivir haya que morir y hacerse a la idea, a fuerza de golpes, entre tanto.

Y que luchando contra esas olas de la vida, venciendo tantas tormentas, viendo la barca cada vez más triste y vacía, haya que dejarlo todo en suspenso con dos simples "Te quiero y te espero".

No puedo respirar. Algo me ahoga, me asfixia y ni me deja hablar. Y si hablo, me persigue por todos lados y me trae a la cabeza ese extraño placer que se siente cuando se hace y se dice todo mal.

Apenas se nota mi presencia, vago de acá para allá como sustancia o ente etéreo, apenas se advierte mi presencia, son pocas mis necesidades y siempre tengo alguna sencilla y simple distracción. Casi eremita, pues. Mi voz apenas se reconoce y por no quitar, no quito ni espacio.



Pero menos mal que me quedan esas palabras que me susurras al oído cuando nos besamos acaloradamente y me anuncias con susurros, mordisqueos en las orejas y con una sonrisa entre la picardía y la lujuria que me vas a hacer el amor, que quieres jugar conmigo, que no me voy a olvidar de lo que se te ocurrió hacerme mientras venías para acá, derrotándome para que me deje hacer y pidiéndote que te atrevas a todo.

Y ni yo mismo sé lo que te daría..., a cambio de todo lo bueno, grande, hermoso, que me das.

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