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Yo no sé si el problema es mío, que no me sé explicar del todo bien o es que mi jefe o director no me entiende porque vive, como persona que tiene la vida más que resuelta ya, en una dimensión lejana a la de la dura vida real actual.

Yo le digo que no le veo futuro a esto, que estoy pensando en echar mano de otras posibles opciones para tener no solo una salida a la que jugarme todo mi futuro laboral-profesional. Creo que lo sensato, en los tiempos que corren, es eso. Y él que no, que tengo una imagen totalmente distorsionada de la realidad española, que él ve brotes verdes no sé dónde -ignoro si fuma cosas no legales-, que opositar es complicadísimo y cuando te suspenden y tienes que presentarte otro año y otro y otro te desanima una barbaridad, etc., etc.

Pero yo le digo que, al menos, amaneces todos los días sabiendo el objetivo que persigues, lo consigas dentro de uno o de diez años. Sabes qué objetivo tienes -estudiar este tema para presentarme a tal oposición- y por qué haces lo que haces y por qué te levantas todas las mañanas. Mi actual dedicación sin embargo, cuando yo mismo me pregunto para qué o en caso de que me lo pregunten los demás, no me permite ofrecer respuesta alguna. Y esa sensación de no saber por qué estoy en el mundo, cuál es mi función aquí, para qué he sido llamado, etc., etc., es sencillamente horrible y muy desazonadora. Y es que todo el futuro está en manos de la incertidumbre, de pedir becas -que nadie te garantiza que te vayan a dar-, de ir de acá para allá pidiendo limosna a cambio de matarte a trabajar y a viajar por el mundo para no saber nunca si vamos a poder acabar en la Universidad o si tendremos que terminar con más de cuarenta años sin saber dónde narices meternos para sobrevivir. El Burger King no sirve como salida porque ahí solo buscan veinteañeros. Y eso, amigos, es muy duro.

Porque, como bien ha sabido retratar el genial Forges en esta viñeta, lo único que se nos promete a los jóvenes investigadores de las Españas es un plan de I + D + bP o, en su defecto, de I + D + hP. Vean, tiene su gracia:


Y si no te gusta, te jodes. O te vas por donde has venido y a otra cosa, mariposa. Eso es investigar en España, no esa imagen romántica -del siglo XIX, no se me confundan- que se tiene del gremio. Yo, lo siento, pero creo que aun soy muy joven como para poder buscar otras salidas, estudiar una oposición o hacer lo que sea. Porque lo que me da pánico es verme con treinta y muchos años o incluso cuarenta y preguntarme entonces qué hacer con mi vida y qué hago aun en casa de papá y mamá -en caso de que aun vivan, crucemos los dedos-. Que el déficit del Estado, que esa es otra -menuda la que nos espera en los próximos años a los que a esto nos intentamos dedicar-, no está como para ir dando becas a trote y moche. Yo lo entiendo y voy a actuar en consecuencia. Y si estoy desenfocado, como dice mi profesor, ya tendré ocasión de ir al oculista a hacerme un chequeo si veo que tampoco me funciona esta decisión.

PD: Por cierto, veo que me comenta menos gente, hay a quienes echo en falta. No sé si será porque estamos todos muy liados, que puede ser, o por los cambios a los que se ha visto sometido este blog, que siguen "descolocando" algunas cosas. Al principio, por un error mío, no se podía poner comentarios. Ahora ya sí. Pero ayer vi que la pestaña -o como se llame- para acceder a escribir un comentario ya no está al terminar cada entrada, sino arriba, justo después del título de éstas. Lo digo por si hubiese alguien en la sala un poco perdido por tanto cambio.
Espero veros a todos por aquí, aunque imagino que eso irá por rachas. Como todo, rachas mejores y otras peores.

La cuestión nuclear, o sea, lo del traido y llevado almacén temporal centralizado de residuos nucleares nos demuestra, una vez más y por si no lo teníamos suficientemente claro, que vivimos en un país de catetos, de jácara y de pito y pandereta. O sea, un país de mierda. Pero de esa mierda que huele hediondamente, a podrido, a estiércol. Tanto nos lo corrobora que me da rubor encender la televisión y escuchar las opiniones de la clase política que los españoles tenemos que padecer diariamente porque así la hemos votado y elegido. En el fondo, creo que es lo que nos tenemos merecido.

Se destapa la por mí llamada "gilipollez anti-nuclear" porque se buscan municipios candidatos para ubicar el almacén y, cuando el alcalde de Yebra se ofrece para albergarlo y dar así trabajo e inversiones a su gente y a la comarca, sale ufana la Sra. Cospedal -del PP y manchega de pro- y dice que Castilla-La Mancha ya ha hecho un esfuerzo nuclear muy grande en beneficio de toda España y que ya está bien, que ahora le toca la pelota a otra comunidad autónoma. Un ejemplo de solidaridad que me aturulla. Y lo dice y se queda impertérrita, como si tal cosa, orgullosa de su castellano-mancheguismo paleto y de haber luchado por una patria chica limpia y no nuclear. Y, para más inri, a renglón seguido señala que eso de que el almacén se lo queden otros es perfectamente compatible con la postura nacional del PP de que la energía nuclear es segura y de potenciarla o, al menos, no cerrar centrales nucleares hasta que otras fuentes de energía estén más y mejor desarrolladas. Y, como digo, lo dice y se queda tan pancha, sin una leve sonrisilla siquiera que delate que se está cachondeando del espectador, como tomándonos por estúpidos.

Y para demostrar que eso es compatible con la postura nacional del PP, va el partido y muy coherentemente le abre un expediente al alcalde de aquel pueblo, como si éste fuera un delincuente, como si no se pagara sus trajes o como si se hubiese llevado 500.000 euros de las arcas públicas municipales, cosa de la que se acusa presuntamente a otro alcalde que yo me sé.

Pero no contentos con eso, sube a la palestra otro alcalde, el de Ascó. Y dice que su pueblo también está dispuesto a ser la sede de dicho almacén. Y los de CIU, partido en que milita, le expedientan igualmente porque dicen que Cataluña no tiene por qué albergar ninguna instalación nuclear. Eso para otros que sean menos señoritos. El Presidente de aquella comunidad autónoma y sus miembros del Govern se enfadan por la misma razón, porque no quiere nnucleares dentro de los límites administrativos de las provincias catalanas, a pesar de que cuando el Sr. Montilla fue Ministro de Industria potenció la construcción del almacén del que ahora parece no acordarse. Una lástima, nos ahorraríamos escuchar imbecilidades.

Y yo me pregunto, señores políticos de todos nuestros partidos: ¿Las explosiones nucleares saben de fronteras? O sea, si el almacén de residuos se pusiera en Yebra, por ejemplo, y explotara un mal día, ¿solo afectaría la radiación a los habitantes con DNI y RH de Castilla-La Mancha, sin que llegasen sus efectos a los de Segovia, Madrid, Teruel, Murcia o Granada, por citar algunos nombres de provincias cercanas? ¿Y si se pusiera en Ascó, sólo recibirían la radiación y sus consecuencias única y exclusivamente los catalanes? ¿O bien se contaminaría un territorio mucho más amplio, a imagen y semejanza de lo que ocurrió en Chernóbil?

Me repatea este provincianismo cazurro, tan extendido en nuestra piel de toro. Y no deja de sorprenderme que sean dos pueblos "nucleares" -por su cercanía a centrales de este tipo- como Yebra y Ascó los que se hayan propuesto como posibles sedes de este almacén. Quizá sea porque la energía nuclear no es tan horrorosa como nos denuncia la televisión porque en Zorita de los Canes, que se sepa, la gente del pueblo no ha desarrollado tres cabezas, ni ocho piernas, ni los burros salen volando; así como las mujeres continúan pariendo niños y niñas, bien hermosos y rollizos, no monstruos, ni jorobados. No hay explosiones todos los días, las plantas son seguras y, mucho más, un almacén de este tipo. En los campos que rodean Zorita de los Canes, como digo, sigue habiendo cultivos, florecen las plantas silvestres y en las aguas de los ríos nadan peces de todo tipo y tamaño. Y a mí, que los he visto, me parecen más bonitos que los del estanque del Parque de El Retiro; esos sí que parecen peces mutantes, seguramente traídos de Chernóbil o de Hiroshima.



YO LA QUIERO POR MUCHAS MÁS RAZONES QUE VOSOTROS

Carlos Salem

No hace falta que me digáis eso de que perdéis la cabeza
por eso de que sus caderas...

Ya sé de sobra que tiene esa sonrisa
y esas maneras;
y todo el remolino que forma en cada paso de gesto que da.

Pero, además, la he visto seria, ser ella misma;
y en serio que eso no se puede escribir en un poema.

Por eso, eso que me cuentas de que mírala cómo bebe las cervezas
y cómo se revuelve sobre las baldosas
y qué fácil parece a veces enamorarse.

Todo eso de que ella pueda llegar a ser esa puto único motivo
de seguir vivo y a la mierda con la autodestrucción...

Todo eso de que los besos de ciertas bocas saben mejor es un cuento que me sé
desde el día que me dio dos besos y me dijo su nombre.

Pero no sabes lo que es caer desde un precipicio y que ella aparezca de golpe y
de frente
para decirte, venga, hazte un peta y me lo cuentas.

No sabes lo que es despertarte y que ella se retuerza y bostece,
luego te abrace,
y luego no sepas cómo deshacerte de todo el mundo.

Así que supondrás que yo soy el primero que entiende
el que pierdas la cabeza por sus piernas
y el sentido por sus palabras
y los huevos por un mínimo roce de mejilla.

Que las suspicacias,
los disimulos cuando su culo pasa,
las incomodidades de orgullo que pueda provocarte,
son algo con lo que ya cuento.

Quiero decir que a mí de versos no me tienes que decir nada,
que hace tiempo que escribo los míos.

Que yo también la veo.
Que cuando ella cruza por debajo del cielo solo el tonto mira al cielo.

Que sé cómo agacha la cabeza, levanta la mirada y se muerde el labio superior.

Que conozco su voz en formato susurro
y en formato gemido
y en formato secreto.

Que me sé sus cicatrices
y el sitio que la tienes que tocar en el Este de su pie izquierdo para conseguir que
se ría,
y me sé lo de sus rodillas
y la forma de rozar las cuerdas de una guitarra.

Que yo también he memorizado su número de teléfono,
pero también el número de sus escalones
y el número de veces que afina las cuerdas antes de ahorcarse por bulerías.

Que no solo conozco su última pesadilla,
también las mil anteriores,
y yo sí que no tengo cojones a decirle que no a nada
porque tengo más deudas con su espalda
de las que nadie tendrá jamás con la Luna (y mira que hay tontos enamorados en este mundo).

Que sé la cara que pone cuando se deja ser completamente ella,
rendida a ese puto milagro que supone que exista.

Que la he visto volar por encima de poetas que valían mucho más que estos
dedos,
y la he visto formar un charco de arena rompiendo todos los relojes que le puso
el camino,
y la he visto hacerle competencia a cualquier amanecer por la ventana: no me
hablen de paisajes si no han visto su cuerpo.

Que lo de "mira sí, un polvo es un polvo",
y eso del tesoro pintado de rojo sobre sus uñas
y solo los sueños pueden posarse sobre las cinco letras de su nombre.

Que te entiendo;
que yo escribo sobre lo mismo,
sobre la misma.

Que razones tenemos todos.

Pero yo
muchas más que vosotros.

Ayer, señores míos, fui testigo de una aparición. Como tal, me dejó sin palabras, podría decirse que enganchado o enamorado. Colgando en sus manos, que dirían el señorito Carlos Baute y la señorita Marta Sánchez. Aquella figura no era humana, no podía serlo pues me pareció que estaba por encima de todas las que había visto hasta ayer. Se me antojó que debía tratarse de una obra de fabricación divina o celestial. Todo perfecto, consecuencia de haber empleado en ella el mejor de los cinceles y el máximo empeño en la fabricación y diseño.

Bailándo y contorneándose al ritmo de La Mona Jiménez y su Beso a beso,



pude admirar a esa mujer divinamente perfecta. Las medidas perfectas, las curvas peligrosas y demás propiedades naturales que adornaban su cuerpo, sin respetar las señales de circulación y las de las buenas formas, podrían llevarnos a cometer una locura. Gustosa locura, quizá. Algo imperfecto le noté, en efecto, su acompañante. Pero, como todos en esta vida, la pobre no lo iba a tener todo, algo debía fallar. Qué movimiento de caderas, qué cuerpo, qué figura, qué ojos, qué boca. Me enamoró y se fue sin saberlo, quizá se retiró para seguir bailando con el chico ese en otro lugar o para terminar de ajustarle las tuercas después de un buen rato de frotamiento de cebolleta.

Ayer me lo pasé estupendamente. Con quienes salí me caen de puta madre, con perdón. Eso para empezar. Y, para continuar, yo me desfogué, me enralé, bailé, canté y hasta me quise marcar un pasodoble de Manolo Escobar con una de las chicas que nos acompañaban pero le dio vergüenza y me cortó todo el vacilón.



Entre todas las canciones que escuchamos, una me marcó. Es la de Raffella Carrá, esa que se titula Hay que venir al Sur. La canción viene a sugerir eso que se repite machaconamente: que en el Sur se hace mucho el amor y en el Norte, que hace más frío y son menos pasionales, se hace menos. O ese es el tópico. Y yo, que no estoy ni en el Sur, ni en el Norte, sino en todo el puñetero centro, ya entiendo por qué no me como ni una rosca integral. Porque en el centro no se hace ni mucho, ni poco. Está canción me dio la pista, ahora lo entiendo todo.



Así que mañana me voy a Albacete, que está un poquito al Sur, para ir abriendo boca. Ya habrá tiempo de seguir bajando al Sur.

Hoy pasé toda la mañana fuera de casa en compañía de mi madre. Fuimos a Kosovo capital con el objetivo de solucionar ella unas cosas del banco y para que viera yo telas y visillos que me vinieran bien para encargar el estor que quiero poner en mi habitación cuando acabe la reforma de la casa que sigue sin empezar. Por aquello de aprovechar las rebajas.

El caso es que, casi en la misma puerta de la tienda de cortinas y ropa de cama, nos hemos topado con un hombre que estaba tirado en el suelo, mugriento y dolorido, pasando frío y acompañado de un cartel que decía que tenía hijos y que, sin trabajo, no hallaba la forma de mantenerlos. A decir verdad, hemos pasado por su lado casi sin mirarlo, como señoritos, como si nosotros tuviéramos una Bula Papal que garantiza a los miembros de mi familia que nunca nos veremos en su misma situación desesperada.

Dentro de la tienda, mientras la señorita me recomendaba visillos y me hacía presupuestos, no hacía más que pensar en él. Pensaba en que yo, de momento, tengo ropa, una casa hermosa a punto de convertirse también en bonita y como nueva, unos padres que me mantienen cómodamente, algo que llevarme a la boca -sin duda, más de lo estrictamente necesario- y un estor con el que decoraré mi habitación.

De hecho, salí de la tienda pensando que seguramente yo no necesitaba tanto ese estor como aquel hombre el dinero que me iba a costar para poder comer y dejar de pasar frío. Y me fui de la tienda desganado, enfadado quizá, molesto y pensando en ¿la inmoralidad? de los que vivimos bien y cada vez queremos más, sin pensar nunca jamás en los que no tienen ni para sobrevivir con unas mínimas garantías. Ni siquiera los miramos, hacemos como que no existen. Y, encima, nos permitimos el lujo de levantarnos todas las mañanas sin dar gracias por todo lo que tenemos. Al contrario, nunca estamos contentos y satisfechos, siempre queremos más. Y cuando tenemos más, queremos seguir teniendo más y más. Somos insaciables.

No entiendo este mundo tan injusto y que quien se supone que lo creó no venga a poner un poquito de orden. Parece que nos ha dejado a nuestra suerte, solos. Seguramente nos haya dejado por imposibles. Y volví a casa preguntándole todo lo que ya hace muchos años le cuestionara Jose Luís Perales en una de sus canciones: Dime por qué la gente no sonríe, por qué las armas en las manos, por qué los hombres malheridos. Dime. Dime por qué los niños maltratados, por qué los viejos olvidados, por qué los sueños prohibidos. Dime. Dime por qué los cielos ya no lloran, por qué los ríos ya no cantan, por qué nos has dejado solos. Dime. Dime por qué las manos inactivas, por qué el mendigo de la calle, por qué las bombas radiactivas. Dime.



Dímelo Dios, quiero saber. Dime por qué te niegas a escuchar, aun queda alguien que tal vez rezará. Dímelo Dios, quiero saber dónde se encuentra toda la verdad, aun queda alguien que tal vez lo sabrá. Pero yo no.

En Internet me encontré esta mañana una lista de diez razones -convertidas en once por mí- que describen los supuestos beneficios o las ventajas que tiene contraer matrimonio con un historiador. Como yo lo soy, aparte de ser especial como todos ustedes ya saben, me leí la lista y la voy a compartir aquí. Atiendan:

1.- No hará falta que gastes dinero en guías en cualquier museo, yacimiento, monumento o institución de difusión cultural; él/ella estará encantadísimo/a de explicártelo todo a cambio, solamente, de un poco de amor y comprensión.

2.-No tendréis dificultad para encontrar nombres a vuestros hijos o mascotas. Siempre os quedarán los nombres de reyes, caballeros, héroes o personajes célebres. Nuestros hijos se podrían llamar Childerico, Wamba, Wilfredo, Carlos II o Rómulo Augústulo. Las hijas, por su lado, se podrían llamar Isabel, Mata Hari, Mesalina o Victoria Beckham.

3.- Nunca podrás fallar en su regalo de cumpleaños, aniversario o Reyes. Un simple libro de novela histórica, un juego de mesa de estrategia o de guerra, una biografía de mil páginas o una película bélica pueden ser los regalos más acertados.

4.- Te sorprenderá explicándote curiosidades de cualquier nombre, hecho o lugar diciéndote su origen, el por qué y cómo ha llegado a nuestros días. Hasta las cosas más nimias de la vida diaria tienen su origen y su por qué histórico y él/ella las sabe todas.

5.- Vivirás con él/ella en una gran casa o mansión, ya que su despacho tiene que tener mínimamente 80 metros cuadrados para colocar más y más estanterías con todos los libros que tiene desde que iba a la Universidad.

6.- Cuando fallezca, con tanto libro podrás fundar una biblioteca, una fundación privada o un instituto de estudios históricos que lleve su nombre en homenaje a su memoria. O bien, podrás empapelar toda la casa y hasta el chopped o el salami que compres en el Mercadona. O donarlos a la biblioteca pública del municipio donde haya residido y conseguir que te nombren hijo/a predilecto/a de la villa.

7.- No hará falta que pierdas tiempo buscando en Internet información o gastes dinero en una enciclopedia..., ¡todo está en su cerebro!

8.- Puede corregir cualquier redacción o expresión, hasta la lista de la compra, traduciéndola al instante al latín y al griego clásicos.

9.- Será quien lleve las cuentas económicas en casa y no sabréis lo que es una crisis doméstica porque para eso estudió el Crack del 29.

10.- Tendrás gran facilidad a la hora de saber a quién votar en las elecciones. Él/ella, analizando la situación de cada momento, podrá argumentar qué partido va a ganar y cual no.

11.- Se practicaría sexo de forma furtiva y sorpresiva, con lo que eso tiene de emocionante y morboso, como hacían los Borgia. O, en su caso, se haría salvajamente tratando de comprender las actitudes sociales de los primeros homínidos.

Y pienso yo que los que han escrito esto nos están vendiendo la moto. No son historiadores; ya que si de verdad hubiesen estudiado historia, no se empeñarían en casarse.

Impactan, sin duda, las desoladoras fotografías e imágenes que no dejan de llegarnos desde Haití. Son la viva estampa del desastre total y de la misma muerte. Impresiona ver una capital reducida a escombros y, por un momento, un servidor cierra los ojos para intentar imaginarse Madrid en la misma situación. Espeluznante se mire por donde se mire.

Parte el alma ver a esa gente vagando por la calle habiendo perdido todo lo que de material pudieran tener y, lo más importante, parte de su familia o su familia entera. Niños, hijos, madres, padres y demás parientes. Duele ver que no saben qué hacer entre tanto cadáver, que no tienen tiempo para enterrar dignamente a sus seres queridos y que apenas tienen algo que llevarse a la boca. No pueden saciar su hambre, ni su rabia, ni su dolor. Solo les queda la certeza desesperada de tener que volver a empezar a vivir, nacer de nuevo. Reconstruir un país entero, sus casas, sus puestos de trabajo, sus campos, sus industrias, etc., y ponerse en marcha otra vez. Pero están muertos ellos también, aunque anden, griten, se desesperen. Son muertos vivientes que deambulan sin rumbo, sin orientación, sin saber qué hacer y adónde ir.

Este tipo de catástrofes nos vienen a recordar que todos estamos aquí de prestado. Que hoy estamos pero que mañana, por cualquier motivo o sin motivo incluso, podemos dejar de estar. Y adiós a nuestros sueños, a nuestra familia, a nuestros amores, a nuestros dolores y a nuestros pesares y afanes. ¿Para qué afanarse tanto, enfadarse tanto, molestarse tanto, preocuparse tanto, desvivirse tanto , competir tanto, envidiar tanto en nuestro día a día si, quizá, mañana nos estaremos?

Hace días, monseñor Munilla, obispo de San Sebastián, dijo que le preocupaba más la pobre situación espiritual española que la de los pobrecitos haitianos. Es una opinión. A mí de España me preocupan muchas cosas pero no precisamente la espiritualidad de la gente o cada cuánto confiesan sus pecados mortales y veniales. Eso me la trae al pairo. Si la defensa de la vida está por encima del derecho de las mujeres a interrumpir un embarazo, entiendo que la ayuda y la compasión con Haití debe ser lo primordial y, después, ya habrá tiempo para hablar de espiritualidades. ¿Por qué? Porque todo lo que les rodea es muerte y destrucción. Porque, imagino, sentirán que vivir, en esa nueva tesitura, ya no tiene sentido. Que para vivir así mejor es estar muerto.

Por eso, para que vuelvan a la vida los que ahora lloran, gritan y se desesperan, Haití debe ser la principal preocupación del mundo.

Ven, acércate, no tengas miedo. Solo quiero que sepas algo. Quiero desvelar este secreto que, como tal, nadie sabe. Y me gustaría decírtelo ahora. Así podrás comprender por qué te espero todos los días, por qué ardo en deseos de que me hables, de que me escribas, de leer tus palabras o de invitarte a cualquier cosa como pretexto para pasar un rato contigo.
Dame tu mano y pon atención a estas tres sencillas palabras. Tres palabras que te hablarán de las ansias que me gustaría apaciguar, de esa piel morena y de esos ojos que me arrebatan la calma, de que me muero por poder alborotar tu pelo negro azabache y por desabrochar tu ropa. Ansias que me hacen pensar en tu boca y en lo que yo, sediento, podría beber de esos labios o que me llevan a imaginarnos cabalgando vientre con vientre.
Por entregarte todas mis cosas y en tí sembrar todas mis rosas, por adorarte como yo quiero, solo puedo decirte estas tres palabras:

Cómo me gustas.

Hoy, mientras comía, he escuchado en el Telediario la información sobre el partido que ayer debió celebrarse entre el Villarreal y no sé qué otro equipo. La verdad, paso del fútbol como de comer mierda. El caso es que pude ver a los periodistas después del partido entrevistando al portero del equipo de cuyo nombre no me acuerdo -creo recordar que era el cancerbero-, al que le metieron un gol de penalti. Se le vio mirar al cielo antes de que le encajaran el gol. A la pregunta de por qué hacía eso, contestó que era para pedirle ayuda a su abuela y no sentirse abandonado a su suerte.

Mira, me dije, no soy yo solo el que tiene tan presente en su vida a su abuela. A una vieja, como dirían los modernos de hoy. Seguro que ese portero de fútbol, ese nieto, adoraba y sigue adorando a su abuela. Seguro que su abuela fue con él y con sus amigos/as todo amor, toda comprensión, toda sencillez y un ejemplo a seguir. Seguro que la lleva clavada en el alma. Seguro que, cuando estaba con ella, se sentía el muchacho más feliz del mundo. Seguro que era una mujer poco cultivada o, incluso, analfabeta; pero me apostaría el brazo a que esa abuela dio a su nieto las más grandes lecciones de la vida y una actitud para enfrentarse a ésta.

Sin haberla conocido, estoy seguro de que la abuela de ese portero fue una mujer buena. Con los suyos y con los de la calle. Quizá vivía con ella o, como yo, pasaba con ella los veranos, las Navidades, las Semanas Santas o los puentes de cada año. Quizá era como la mía que, siendo cardiópata y con un marido y un hijo perdidos a temprana edad, tenía fuerzas como para visitar enfermos o llevarles a su casa la Comunión los Domingos a mediodía. Sí, mi abuela era una mujer de fe. De la que mueve montañas. Nunca dejó de confiar y de esperar. Jamás la vi llorar, a pesar de lo que perdió y de lo que las enfermedades le iban trayendo. Nunca la vi quejarse, todo lo aceptaba según venía y con resignación, fuera malo, bueno o regular. Nunca la escuché hablar mal de nadie, renegar de algo, cotillear o curiosear con esa o con aquella. Hasta "resucitaba" las plantas que se le secaban a las vecinas y era a la única persona que he conocido a la que las flores de Pascua -esas rojas típicas de Navidad- no se le pudrían ni siquiera en verano. Las plantas parecían estar a gusto con ella, escuchando lo que les decía mientras las cuidaba, trasplantaba o regaba. También tuvo un canario amarillo precioso que solo cantaba cuando ella estaba en casa; si se sentaba en su mecedora a su lado o le limpiaba la jaula los cantos del pajarillo se escuchaban en la propia calle.

Todo revivía a su alrededor. Ella olía a vida, a renacer, a primavera, a brisa marina. Todo era vida, alegría, color y esperanza a su alrededor. Ella misma me decía que no me pusiera triste cuando ella se fuese de aquí. Me aseguró que ella seguiría viviendo, que solo cambiaría de estado, pero que confiara; porque llegaría el día en que la separación acabaría y volveríamos a estar juntos para siempre. No la hice caso; eso ella lo sabía porque me conocía bien. Yo, el mismo que el día que me tocaba volver a Madrid me lo pasaba lloriqueando y pidiéndole a las vecinas, sus amigas de siempre, que no la descuidaran. Seguro que a ese portero le pasa como a mí. Que se emocionó cuando vio a más de doscientas personas en el tanatorio o a muchas de ellas, aun hoy, llamándome a casa para interesarse por mí, para darme ánimos y para contarme todo lo que se acuerdan de su amiga.

Contaré una anécdota. El pasado día 1 de Noviembre, Festividad de Todos los Santos, me han contado que su amigo Pepe Nicolás, el cura de la parroquia -su segunda casa, como ella la llamaba-, preguntó a los presentes si conocían a alguien que fuese o hubiese sido santo/a. Vicente, Chuqui, Isabel, Julia y no sé si alguien más dijeron que sí habían conocido un ejemplo de santidad. El cura les pidió que dijeran de quién se trataba y ellos mentaron a su amiga Fabi, mi abuela. Yo no sé si hay santos o no, si hay vida más allá o no y todas esas cosas, pero tener una abuela que es recordada de este modo es algo que te encoge el alma.

Seguro que a ese portero le pasa lo mismo. Mucho que me alegro por él porque una abuela así es un regalo.

Hoy, como imagino que habrán escuchado ustedes en los medios de comunicación, ha sido operado en Barcelona un niño menor de edad -16 años que tiene- para convertirlo en mujer. Algo que, según su cirujano, estaba deseando. Pues mira qué bien, me alegro por él/ella. Ya saben que soy de la opinión de que cada cual haga lo que quiera con conocimiento de causa, ateniéndose a las consecuencias y sin molestar a nadie.
El caso es que el cirujano ha hablado a los periodistas después de la operación y me ha llamado muchísimo la atención algo que ha dicho y que me ha dejado pensando largo rato. Ha comentado que el/la paciente ya deseaba ser mujer con tan solo tres o cuatro años. Ya entonces lo tenía claro porque, a esa tempranísima edad, es cuando sentimos que somos niños o niñas, ha explicado el médico.
Pero, ¿tenía yo algo claro a mis cuatro años de edad? En caso afirmativo, me sorprendería porque si algo tengo por seguro es que cada vez tengo menos cosas claras en mi vida actualmente. De todo dudo, nada doy por seguro, todo va y viene, nada permanece, apenas hay seguridad en el futuro más inmediato, ni sé de qué va el vacilón. No obstante, me cuesta creer que yo a mis cuatro años estuviese pensando en si era nene o nena, en si me gustaban los niños o las niñas o que invirtiera mis horas y juegos infantiles (jugar, es uno de mis pocos recuerdos de niño) en dedicarme a reflexionar sobre mi verdadera identidad -quién soy, dónde estoy, porqué estoy aquí, hacia dónde voy, cuál es el rumbo de mi vida, etc-.
Yo creo que a los cuatro años uno no se preocupa por esas cuestiones y, menos, por las de índole sexual; que imagino que no aparecen hasta que uno no comienza con los cambios propios de la pubertad y la adolescencia. O quizá es que yo nací con un retardador, motivo por el cual se me churruscó el arroz y las grandes preguntas de la vida me las hice con retraso. El caso es que fue en ese crucial momento, el de la adolescencia -cuando a los hombrecitos nos cambia la voz y pasamos de la piel de melocotón a la de lobo estepario-, que observé mi preferencia por el bacalao y no por el salchichón. Y en esas sigo. Cada uno, a su momento, comprobaría sus tendencias..., y obraría, entiendo yo, en consecuencia; tanto si se quieren operar como si aceptan con resignación los atributos con que vinieron al mundo.
Yo a mis cuatro años sabía reconocer a mi padre y a mi madre, a mi abuela y demás familia más directa pero nadie me dijo qué hacían ellos allí, por qué ellos y no otros y por qué yo quería o veía a unos más que a otros. Yo vivía al día, sin recuerdos del pasado porque la capacidad intelectual de un niño es mínima y solo preocupado por comer y jugar con mis coches de miniatura en la alfombra del salón. De vez en cuando alguna rabieta por cabezonería y algún concierto de llantos y lágrimas. Estaba ajeno a las preocupaciones de la vida, vamos, las de los mayores. No sabía que mi madre había padecido un aborto que impidió compartir mis juegos con ese hermano/a, ni sabía siquiera lo que era una hermana cuando mi madre me vino un día a preguntarme que si quería una hermanita para jugar con ella y no estar solo todos los días. Tampoco, con cuatro años, pensaba en si mis amigos del colegio eran buelos, malos o regulares o si, por su condición, podrían convertirse en personas buenas o malas para mí. Eran los que eran y punto. Y, desde luego, a nadie miraba con ojos de deseo, ni siquiera sabía lo que era querer, amar u odiar.
No tenía capacidad de elección, ni de decisión. Y menos en materia sexual. Pero no con cuatro años. Creo que hasta que no cumplí unos cuantos más no supe bien quién era, qué hacía en este mundo, qué y quién me gustaba, quiénes me rodeaban y cómo me sentía personal, humana, afectiva y sexualmente hablando.
Y me di cuenta de que, en efecto, lo llevaba claro, Jenaro. Y así está siendo.

Yo no sé expresarme de otra manera, aunque bien es verdad que no he tenido muchas oportunidades para decirle a alguien algo así.

Será que soy un tradicional o un carca, un clásico redomado. Yo no sé si eso gusta o si la gente se me puede quedar mirando, sorprendida, como si se tratara de un extraño animal en peligro de extinción. No lo sé, pero me da igual. Yo no conozco otra forma mejor de dar a conocer mis sentimientos que con una buena canción que exprese y resuma lo que quiero decir y, por supuesto, con los detalles del día a día. Que luego eso me lo aprecien o no, ya es harina de otro costal.

Pero tener una canción, "nuestra canción"; la canción con la que nos conocimos o con la que nos dijimos lo que sentíamos por vez primera, lo he visto siempre muy original, romántico y bonito. Distinto, quizá. "La canción de nuestra vida", podría llamarse. Sería la que apareciese en todos los vídeos que hiciéramos con nuestras fotos con ayuda del Movie Maker a modo de recuerdo. La que pusiéramos en nuestros aniversarios, la que escucháramos y siempre nos recordara aquella primera vez.

Tranquilos, que no me he feriado ninguna moza fermosa, ni me han dado las fiebres tifoideas. Es que hay días -hoy es uno de ellos- en los que me levanto de un romántico subido y con ganas de cantar a los cuatro vientos aquello de "no quisiera yo morirme sin tener algo contigo":



PD: Como veis, le he dado un cambio de look a mi blog. Creo que así está mejor, más serio, más bonito, más elegante, más original.
Todo esto se lo debo a Fete que, en la distancia, a modo de curso de informática de la escuela CCC, me ha echado una mano para cambiar la plantilla y el aspecto del blog. Espero que os guste y que, por supuesto, os sigáis sintiendo cómodos aquí. De todos modos, lo que importa es el contenido, o sea los que comentáis y me visitáis. El continente, a la hora de la verdad, es lo de menos.

Ahora entiendo yo por qué mi abuela -que en paz descanse- y yo tenemos las conversaciones que tenemos a todas horas y todos los días del año. Ella está no sé dónde y yo aquí, o sea, no nos vemos. Pero hablamos, me riñe, me aconseja, me dice, me opina, me cuenta, etc. Siempre tiene algo que decir o yo algo que comentarle o para pedirle consejo.

Resulta que fue porque no abrí la ventana. Si la hubiese abierto, se habría escapado. Les cuento...

Esta mañana me topé con una vecina mía, Paquita, anciana ya, muy querida por mí porque vive en mi mismo bloque de toda la vida. Como nosotros, vaya. Preguntándonos por esto y por aquello, me ha contado que se encuentra fatal porque todas las noches, a eso de las 03:00 horas de la madrugada, oye golpes en su casa. A la misma hora. Todos los días. Desde hace una semana. La tienen loca y frita a partes iguales.

Ella lo achaca a lo que le ocurrió entonces. Era el día de Año Viejo, o sea el 31 de diciembre, y fue a felicitar el año nuevo a una amiga suya que estaba ya muy enferma. En su casa estaba cuando la susodicha mujer decidió no pasar al 2010 y terminar sus días en el 2009. El susto de mi vecina Paquita fue tremendo; lo presenció todo. Menos mal que estaba allí la cuidadora de la mujer, que pudo avisar a los hijos de ésta y disponerlo todo para la despedida final porque mi querida Paquita estaba fuera de sí, tila va y tila viene.

Desde entonces, Paquita está que se cae de los nervios. Tila va y tila viene. Oye ruidos de noche, tiene pesadillas, parece que algo la posee y le ha arrebatado la calma. Ese algo es, dice ella, la mismísima difunta pues, al cometer el error de no abrir la ventana de la habitación donde aquella falleció, no dejó marchar tranquilamente su espíritu. El espíritu se ha quedado con Paquita, encerrado en ella, va donde ella va y anda atormentando a Paquita. La maldición ha caído sobre ella y la va a mortificar.

Mi abuela, con lo buena que era, no sería capaz sin embargo de hacerle algo así a su nietecico. Y eso que yo tampoco abrí la ventana. Y en buena hora no lo hice porque, si no, a tenor de lo que dice Paquita, no se habría quedado conmigo, en mí y para mí; para mi tranquilidad y para que no tenga que preguntarme todos los días dónde está.

Lo de Paquita, estoy pensando, es muy grave. Era lo que nos faltaba en la Comunidad. Espíritus de terceras personas que, sin ser propietarios ni inquilinos, nos hagan la puñeta. Los muertos acechan. Sus maldiciones están cayendo sobre nosotros. Ya no hay tiempo para escapar. Supongo que en breve, se harán presentes en casa de la presidenta, o sea, en mi casa. A ver si van a ser ellos los que tiran agua y pañuelos con mocos a la del Bajo y los que escriben los anónimos a la atención del Club de las Cuatro Putas. Que ya sabemos que hay muertos muy vivos.


Vale, vale, vaaale, ¡me rindo!; soy un chico especial. O debo serlo, según lo que ayer me comentaba mi nueva amiga Conchi.

Resulta que iba yo por la calle Alcalá de Madrid, camino de la plaza de Felipe II, rompiéndome los cuernos con el fin de vislumbrar qué demonios podría ponerle para Reyes a mi querida hermana. Ya le tenía comprado un regalo, pero me parecía poco y quería tener otro detalle con ella. Y, entonces, apareció ante mí una tienda -o aparecí yo delante de ella, mejor dicho- y, mirando el escaparate, los broches que allí descansaban me parecieron estupendos para regalar a una chica joven como ella.

Entré, saludé las buenas tardes y los dependientes -un hombre y tres o cuatro chicas- se me quedaron mirando con cara de alucinación. Sin duda, fascinadas por mi cuerpo fibrado, mis facciones afiladas y los otros atributos que jalonan mi figura. De una esquina de la tienda apareció una mujer de mediana edad, alta, con el pelo negro, con gafas de pasta azules apoyadas en la punta de la nariz. Pensé que, de joven, esa mujer debió ser muy guapa. Y sus hijas -suponiendo que las otras dependientas lo fueran-, también lo eran. Ella me miraba igualmente como impactada; como si en lugar de haber entrado en su tienda el JotaEfe de María de los Ángeles -mi madre, para servirles-, hubiese entrado el David de Miguel Ángel. Y eso, en principio, me incomodó.

Total, que le pregunté si tenía broches para chica joven. Y muy amablemente me dijo que sí. Me sacó todos cuantos sabía que tenía en la tienda, me dijo de qué materiales estaban hechos y qué precio tenían. Yo le señalé los que me gustaban más y me dijo que mi novia iba a quedar encantada con el regalo. Yo la miré y le comenté:

-Perdone, pero no tengo novia. Son para mi hermana. Es más, nunca he tenido novia.

-¿Pero cómo?-, me preguntó la mujer. ¿Cómo con esos ojazos verdes, ese buen estar, esa educación, ese buen hablar, ese respeto y las buenas formas que transmites, cómo es que no tienes novia? ¡No lo puedo entender!

La mujer me miraba con cara desencajada, en efecto, de no comprenderlo. Yo, por mi parte, desconfiado como soy y poco amante de los engatusamientos -y menos cuando me están vendiendo algo-, no sabía si incomodarme, si sentirme halagado o si sentirme utilizado como conejillo de Indias para las prácticas del Máster en Márketing que la mujer, a la sazón dueña de la tienda, parecía haber cursado en Oxford.

-Ah, pues yo qué sé, el caso es que no tengo, ni tuve, novia. Y, para que usted se sorprenda más, le diré que han sido ya dos chicas las que han renegado de mí. También le diré que, en mi modesta opinión, fueron ellas las que me demostraron que no merecían la pena y que con ellas solo iba a perder el tiempo. Y por eso se cortó por lo sano y de menuda me libré, especialmente con la última.

La conversación continuó presentándonos, comentándonos dónde vivíamos cada cual y lo que yo estoy estudiando. Cruzarse con un doctorando le pareció a esta mujer una de las cosas más exóticas que había visto en su vida. Ella me comentaba que la vida había cambiado mucho y que ahora ya no era como antes. Que la formalidad, la buena educación, el respeto, los valores, el ser detallista, etc., no eran ya garantía de nada. Que ahora los jóvenes íbamos a la diversión, al aquí te pillo aquí te mato y a darnos igual ocho que ochenta, que todo estaba relajado y que lo último que se buscaba era compromiso y seriedad. Por eso, encontrar a alguien diferente era como si te tocara la lotería.

Yo le dije que de todo hay en la Viña del Señor. Que los/as hay para todos los gustos. Y que se podrá o no ser compatibles, pero que lo más importante para mí es vivir coherentemente. Cada uno a su manera con arreglo a sus ideas y valores. Y que si no tengo novia es porque no la he tenido que tener. O porque no la he sabido buscar, vaya usted a saber.

-No me preocupa ese tema-, le dije. Si tiene que aparecer, ya aparecerá. Y si no, tampoco pasa nada. Me amoldaré a lo que tenga, que para eso mi abuela y mi madre se desvelaron por hacer de mi un hombrecito independiente desde bien pequeño.

La mujer, que me dijo que se llamaba Conchi, seguía fascinada. Tanto, que me dijo que era un muchacho muy especial para la edad que tengo y que podía contar con ella como una amiga más a partir de ahora para cuando quisiera charlar un rato. Y me fui, con mis broches en una bolsita y una sonrisa en los labios al acordarme de Silencios, de Eme y de Pepi -y no sé si me olvido de alguien- que de vez en cuando hacen que me sonroje por las cosas que me dicen.

Dios los cría y ellos se juntan, que diría aquel.

Imagen: Taringa.net

Queridos Reyes Magos:

Retomo la tradición de escribiros la carta que, cuando niño, redactaba con tanta ilusión en mi nombre y en el de mi entonces pequeña hermana. Esto me ha hecho recordar ese tiempo y, aunque me pongo triste al recordar momentos pasados que no volverán, sí que me hace pediros, en primer lugar, que me traigáis algo de esa inocencia que entonces tenía y de la que no quedó ni rastro. Yo tengo muchos defectos. El carácter fuerte y el genio a veces impredecible me pierden. También me cuesta, aunque dependiendo de la gravedad del asunto, aceptar los golpes o las contrariedades de la vida. Por eso, también os pido que me traigáis paciencia, valor, buen humor y mejor predisposición para aceptar todo lo bueno, regular y malo que la vida y el 2010 pongan a mi paso.

No permitáis, ya que creo que es una de mis mejores virtudes, no que pierda mis valores, sino que deje de vivir y de actuar de acuerdo con ellos y como me dicta mi conciencia. Ni siquiera que deje que me los cuestionen porque, como bien sabéis, hay cosas que no están llamadas a debate público. Creo que es por eso, por intentar vivir de forma tan particular, por ser tan meridianamente claro y no admitir que cualquiera me psicoanalice, por lo que son pocos los que comprenden lo que hago, pienso u opino, y el motivo por el que me da por pensar cada vez con más fuerza que soy un ser extraño en medio de muchos humanoides.

De cosas materiales no pido nada, voy servido. No me dejéis en este nuevo año sin el mejor de los regalos: seguir viendo a -y viviendo con- mis padres y mi hermana, pasar con ellos tan buenos ratos y, por qué no, discutir sobre alguna cosa absurda, como viene siendo costumbre. No consintáis que por cualquier razón se pierda esta unión y el amor que preside cada rincón de la casa, por cierto, a punto de ser reformada. No hay cosa que me de más miedo que perder a personas queridas. Conservádmelos este año y, si puede ser, unos cuantos más. Y, por favor, no dejéis de traerme a mi abuela cada mañana de cada día del 2010, al amanecer. Sin ella, sin la fuerza que me transmite, no podría hacer ni la mitad de lo que hago.

Bien me gustaría pediros ayuda para encontrar más y mejores amigos o, lo que es más importante, fortalecer la amistad con los que ya lo son. Sobre todo, os agradezco por todas aquellas personas que habéis puesto a mi paso a finales del 2009, espero que me sigan enriqueciendo personal y humanamente.

Qué bueno sería tener unos brazos en los que refugiarme todos los días, tener una boca que besar y un cuerpo que estrechar. Brazos, boca y cuerpo femeninos, a ser posible. Servíos, os pido, en alejar de mi los radicalismos de todo tipo y color, las insensateces, las frivolidades, el egoísmo que no piensa en el daño que se puede hacer a los demás, los engaños, la gente simple y las comeduras de tarro pseudo-psicológicas que tan poco me gustan.

Anémico y colesterolémico, ruego que mantengáis fuera de mi las agujas, los análisis de sangre y los/as practicantes. Sé que eso va a ser imposible. Dadme fuerzas para que, cuando vea un plato de ibéricos pasar por delante de mis narices, no maldiga al mundo y mi suerte; para que me conforme con pollo o conejo en lugar de cordero o carne de cerdo o con queso blanco insípido en lugar de queso curado y sabrosón; y no hablemos de los dulces hechos con manteca de cerdo -¡horror, mis adorados mantecados!-.

Creo, por otro lado, que este 2010 va a ser un año movido en lo que a cambios se refiere. Quizá opte por empezar a prepararme una oposición o por aumentar mi formación académica para poder tener más cartas a las que apostar pensando en mi futuro profesional y laboral. O las dos cosas a la vez, al tiempo que veo que el futuro de la Universidad no anda muy esperanzador precisamente. Y si puedo ir leyendo poco a poco para mi futura Tesis Doctoral, pues mejor que mejor, pero no me voy a agobiar. Prefiero buscarme la vida y, cuando la tenga buscada, dedicarme a todas las Tesis que me apetezcan. Ya veré por lo que me da; pero me gustaría que me echáseis una mano para que la decisión final no resulte ser la equivocada. Que es lo que más miedo me da.

Y nada más. Aunque me traigáis una parte de todo esto o un poco de todo, me daré por contento.



PD: Esto de escribir la carta a los Reyes Magos a mis años -no escribo una desde hace más de una década-, ha sido iniciativa de Eme -Ropa Tendida-. Y como me pareció algo muy interesante, que me permitiría recuperar algo de la inocencia de mi infancia y pensar en lo que podía y/o quería esperar de este 2010, por eso le prometí que redactaría mi carta a SS. MM. los Reyes Magos de Oriente. Aquí la tienen.

Las cosas que me traigan o que me puedan traer, ya serán harina de otro costal. Y, por supuesto, estaremos aquí para contarlas. O esa es mi idea, vamos.

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