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Ahora sí. Ahora todo está como se supone que tiene que estar, como debe de estar.



ADIÓS, TORREVIEJA

Adiós, Torrevieja,
me voy de aquí.

Adiós, Torrevieja,
eterna tierra donde viví.

Adiós, Torrevieja.
Adiós, entrañable lugar.
Adiós, hoy tengo que partir.

Me voy,
llena el alma de pena,
por alejar, alejarme de ti.

Conmigo no llevo el olvido
pero la esperanza sí,
pero la esperanza sí,
la esperanza sí.

De volver a ti,
escuchar tu voz
y en una habanera
darte el corazón.

De volver a ti,
escuchar tu voz
y en una habanera
darte el corazón.

Tu sal recordaré en mis lágrimas
sintiéndote lejos de mi,
lejos de mi.

Tu luz alegrará mis penas
haciéndome sonreír.

Tu mar lo tendré en los oídos
evocando un tiempo feliz.

De volver a ti,
escuchar tu voz
y en una habanera
darte el corazón.

De volver a ti,
escuchar tu voz
y en una habanera
darte el corazón.

Josefa Fernández Santamaría
Manuel Ruíz Gómez

-¿Te gusta conducir?, me preguntó mi amiga Inés esta mañana mientras estábamos en plena calle haciendo un descanso en el trabajo y para que ella se fumase su cigarrito. Ya saben, en esos cinco minutos en que puede salir cualquier tema de conversación o, incluso, a veces nos da por arreglar no solo España sino el globo terráqueo entero.

Yo le he contestado que sí pero luego, una vez en mi mesa, de vuelta de la calle, he pensado que no es que me guste. Es que me encanta conducir, pisar el acelerador, transitar por tus curvas sin pisar el freno, no respetar las señales de velocidad mínima recomendada, ser un temerario y coronar tus puertos de montaña.




Y entonces recordé esta canción y su letra ha retumbado, como bien sabes, en mi cabeza toda la mañana y la tarde. Una tarde preciosa, soleada, transitando por El Retiro y al amparo de tus ojos verdes. Te la vuelvo a dedicar porque es todo lo que me haces sentir.

Precioso tu regalo de San Valentín, como todos los que tú me haces. Dices que te cuesta mucho decidirte, que a veces no sabes qué elegir o qué me gustará más, con qué detalle acertarás de pleno.

No te preocupes pues, aunque nunca voy a decirte que algo que viene de ti no me gusta, puedo darte una idea. Para el próximo regalo quiero que me des un abrazo al tiempo que nos besamos y que, poco a poco, estrofa a estrofa, me vayas cantando esta canción al oído, en voz baja, seduciéndome, haciéndome temblar con tu voz y tus manos dibujando mi torso y mi espalda.



Lo que venga después, las diabluras con que se me ocurra responderte, déjalas de mi parte. Y entonces tiritarás tú.

Para así, como siempre ocurre, quedar al día siguiente añorando la destreza del derroche y la ternura sobre nuestros cuerpos.

No necesito más.

Esto ya huele a retirada final, a últimos días, a no queda nada. Y no me refiero a las rebajas. Permítanme que a falta de palabras que ni salen ni tengo ganas de articular, les deje con esta habanera y su letra que huele a despedida y, al mismo tiempo, a eternidad. ¡Cómo nos gustaban las habaneras! Porque así son las cosas que se viven y la gente con la que se pasa el tiempo, para siempre.

Pues bien, ¡para siempre, Torrevieja!



PARA SIEMPRE, TORREVIEJA

De Cuba vine surcando mares
soñando en una bella ciudad hallar,
en mis sueños unas eras lejanas veía
blancas como la sal.

De pronto me encontré en esta playa
de finas y suaves arenas,
escuchando habaneras preciosas,
salidas de lo hondo del mar.

En estas eras blancas, eras de sal,
oyendo habaneras quiero yo estar
y desde aquí volar con la imaginación,
soñando junto al mar.

Torrevieja querida, tú eres la luz
que me alumbra siempre en la oscuridad,
faro cuya luz guíe mi vida hasta el final
en Torrevieja siempre yo quiero estar.

Para siempre Torrevieja,
¡Torrevieja!

Reflexión para este fin de semana. No se me equivoquen, con los sentimientos y los recuerdos no se va a ninguna parte. Bueno, corrijo. La de los sentimientos y los recuerdos es la autovía que, sin desvíos ni peajes, conduce directamente a pegarse el tortazo padre al final de su recorrido, termina en la Plaza del Así tendrá que ser -antes llamada del no quedan más cojones- tras pasar por el Rincón del llanto y la lágrima viva y la Venta del jódete y baila y solo poder estacionar nuestro vehículo en el parking de la Calle de la aceptación.

Sí, ya sé, los atesoraré en mi corazón y en mi alma y siempre estarán conmigo, me harán mejor persona y bla, bla, bla. Y no solo eso, sino que nadie les dará las gracias, ni les dará nada, ni hará nada por ustedes a modo de agradecimiento. Y si las esperan -las gracias-, siéntense cómodamente a esperar, pues lo mismo le salen varices y aun no las han escuchado. Y lo que es más, no hablen mucho, no se quejen mucho, no digan esta boca es mía, pues lo mismo alguien acaba echándole la culpa a ustedes o, incluso, afeándole lo que de tan buena fe un día hicieron.

Pues eso, que buen fin de semana y no esperen nada de nadie.

Acabo de hacer limpieza en el blog, en el apartado de seguidores. Es lo que me faltaba para culminar brillantemente este mes de febrero de desprendimientos -unos más forzados que otros- pero que en todo caso me estoy viendo obligado a efectuar. Lo único que me falta, ya puestos, sería el desprendimiento de retina pero ese espero que no se me junte con estos otros, que ya tengo bastante tratándose de un solo mes y encima el más corto del año.
No me ha temblado el pulso, como diría aquel, a la hora de dejar de seguir algunos blogs y para quitar veinte de los seguidores que, supuestamente y sin que nadie lo hubiese notado, seguían el mío. Desde luego voy de culo si pretendo, como cantaba el brasileño Roberto Carlos, tener un millón de amigos. Una canción preciosa, por cierto. Y lo he hecho porque se trataba de personas o bien totalmente desconocidas, o que ya no escribían en sus blogs o que no me visitaban, ni comentaban aun manteniendo sus blogs en activo. Ni yo a ellos. Y los blogs serán muchas cosas pero lo que nunca deberían ser es, desde mi punto de vista, expositores de perfiles ajenos. Para hacerse publicidad, vaya. Tan ajenos que ni sé de ellos y a los cuales, con una alta probabilidad, yo mismo y lo que yo escriba les importe un boniato.
Tampoco es que tenga que dar explicaciones de lo que hago en mi blog, a la sazón, uno de los pocos sitios donde puedo hacer lo que me de la gana y donde mi voluntad es la ley. Pero, como dice el refrán, bien está lo que bien parece. Y que nadie se me asuste, pues en mi lista de seguidores siguen estando los que tienen que estar, esto es, los que se han ganado un huequito en mi vida real o en la vida ¿irreal? -mi blog-. Nunca supe cómo llamar a las vidas que transcurren en la red de redes, en los blogs, porque aquí dejamos un trozo de nuestra vida, encontramos amigos y compañeros, nos damos a conocer, etc.
Escriban o no escriban, comenten o incluso sin comentarme ni visitarme. Pero ahí están mis actuales seguidores, ya limpitos y relucientes, perfectamente colocados. No los quise borrar porque su estela es ya imborrable.

Todos, para qué nos vamos a engañar, somos algo pretenciosos y nos gusta dejar huella, ser recordados, permanecer en el tiempo. Es una forma de no morir, de seguir vivo. Eso le iba a los romanos, lo cual quiere decir que no es nada nuevo y que de casta le viene al galgo.

Para algunos, entre los cuales me incluyo, es un auténtico placer saber que hemos dejado huella, que somos recordados, que alguien en este mundo se acuerda de nosotros. Me da igual que sea para bien o para mal o, mejor dicho, para lo que dicha persona considere que está o estuvo bien, mal o fatal. Me importa un pito que me quiten la razón, que intenten desmontar mis argumentos, que me digan tal o Pascual, que insulten, que me pongan mala fama, que digan por ahí, que comenten o que escriban. Ese no es mi problema, ni el de mi conciencia, que siempre intento no me de la tabarra y hasta el momento lo voy logrando para mi tranquilidad.

El caso es que nos recuerdan, permanecemos en sus cabezas, no pueden vivir sin nosotros, nos dedican espacio en sus vidas, nos dan ese poder. Poder de hacerles sentir bien o mal, de que tuerzan el hocico cuando oyen nuestro nombre, de ser protagonistas en sus vidas o de que se hagan la picha un lío.

Y yo tan contento de que me hagan sentir tan poderoso y de que me den la oportunidad de dejar tanta huella. No sabía que un servidor tenía tanto poder. Es un placer.

Me dices que para esta Semana Santa te apetece hacer un viajecito, cambiar de aires, salir de Madrid, conocer otros sitios, probar sabores de cocinas diferentes, levantarte por las mañanas con el pensamiento de que todo te lo van a dar hecho, hacer un poco de turismo.
Y yo lo único que quiero es cruzar la frontera de tu ombligo, bajar más allá, repostar en tus labios, explorar los rincones y pliegues de tu cuello, deslizarme por tus piernas, atravesar el suave desierto de tu vientre, coronar tus dos montañas rosadas y adentrarme finalmente en tu volcán de fuego.
No me tengas esperando hasta Semana Santa. A ser posible quiero el billete para esta misma noche.

No voy a permitirme el lujo de recrearme en recuerdos. La Universidad de la vida, la más dura y exigente, me viene enseñando desde no hace mucho y sin que yo me hubiese matriculado en ninguna asignatura voluntariamente que lo que mejor se puede hacer con los recuerdos es desterrarlos o, al menos, intentarlo cuando éstos se amontonan de vez en cuando en nuestra cabeza.

Poco me importa a fin de cuentas lo que he vivido en tal o cual sitio pero preferentemente del que acabo de llegar, las oraciones que cierta persona me enseñó allí cuando de niño me acostaba y le pedía que rezáramos -ella recitando frase por frase y yo repitiendo- el Padrenuestro o alguna jaculatoria. También desecharé por inútiles los sabores, olores y colores de todas aquellas tartas de kiwi, los buñuelos o las tostadas de aceite, tomate y sal para desayunar, aquel brazo de gitano que engullimos en un día, así como los exploradores que hacían mis delicias pues todo aquello era hecho solo para mí, el particular rey del lugar. Ni tantas otitis o infecciones de garganta que, por motivo de las corrientes que se formaban al abrir y cerrar las puertas de la casa o del agua del mar que se metía en los oídos de tantas aguadillas, yo padecía con la precisión de un reloj. Ni los baños a primera hora de la mañana, cuando la playa parecía nuestra, y antes de que medio Madrid tomara posesión de ella hasta que no la abandonaban por la tarde. Ni aquellos abanicos -algunos con las varillas rotas por mí- que se movían en las noches de calma chicha, hasta que quien intentaba combatir el calor con ellos caía rendida. Ni el primer sueño de la noche que siempre ocurría en la terraza, al compás del ir y venir de las olas que rompían a la orilla del mar. Tampoco las piernas en alto para combatir los problemas circulatorios, ni el arsenal de medicinas, ni algún que otro disgusto, que también los hubo. Ni su sonrisa, ni las canciones que cantaba, ni lo que hablaba, ni lo que callaba, ni todo lo que me enseñaba hablando o solo con la mirada. Aquel centro de mesa, una cesta con frutas de plástico, con el que todos los nietos jugamos sucesivamente. Ni los bolsones de tierra que se colaba de la playa y que casi diariamente recogíamos, ni hacer camas para tanta gente, ni esas comidas alrededor de dos mesas porque en una no cabíamos, ni aprender a nadar, ni cuando pescamos aquel barbo que, según quien lo degustó, estaba riquísimo. Aquellos viajes periódicos de ida y vuelta para renovar las pruebas médicas mensuales y recibir la correspondiente posología, las sábanas, cortinas y cojines manual y pacientemente elaborados para decoración de la casa en el mirador del rellano, en compañía de otras vecinas. Ni las meriendas de pan con plátano, ni las noches de programas del corazón o de cantantes, de andar por el paseo marítimo o simplemente de estar sentados viendo los luceros brillar allá arriba.

Todo eso no vale nada, ni importa. Quizá esto sea lo más difícil de digerir. Los sentimientos no son nada, no traen nada, no son motivo suficiente, no importan, no obligan. Solo duelen, como los recuerdos. Y generan malpagados. Y hay que joderse porque no queda otra, ni es posible hacer cosa diferente. Malpagados que, eso sí, no presentan problemas de índole moral a la hora de irse a la cama todas las noches, duermen como lirones y encuentran su felicidad en su conciencia limpia y satisfecha.

Sentimientos cruzados. Una rabia y una pena supongo que inevitables pero, al tiempo, un infinito agradecimiento a la vida -recordando las estrofas de una de sus canciones favoritas- por todo las cosas y personas que me ha permitido disfrutar, ver, conocer, saber y aprender. No me puedo quejar, a fin de cuentas, de lo que he vivido, de cómo lo he vivido, de los que me han rodeado, de los que me han hecho como soy, ni de cómo he vivido. Ya quisieran muchos, pienso francamente cuando me despedía a mi manera de todo aquello.

Pues llega el momento de que alguno o algunos de esos muchos me coja el relevo.
Se cierra, me cierran o me obligan a cerrar, un ciclo de mi vida. Qué más da si lo que importa es que esta vida se compone de ciclos que se cierran y se abren y por los que hay que ir transitando. A fin de cuentas aquello formó parte de una parte de mi vida pues donde tengo que estar es aquí, donde están mi vida y mis amigos es aquí y es aquí donde tengo que desarrollarme, arriesgarme a abrir un nuevo ciclo y a saber desprenderme de él cuando a éste le llegue su fin. Porque a todas las cosas, ya sean animadas o no animadas, les llega su fin. Todo pasa. Y, aunque es duro, hay que saber desprenderse de los unos y de los otros y hacer que o dejar que la vida siga y nos lleve por aquí y por allá, explorando caminos, añadiendo personas e historias a la mochila y soltrando lastre de vez en cuando para hacer nuestro pasar por la vida lo más ligero de equipaje y sutil posible.



Muchas gracias por vuestras palabras, mensajes, ánimos, por estar pendientes y por vuestra especial sensibilidad y empatía. Definitivamente, mi sitio está aquí y lo demás es accesorio, superfluo, mundano, innecesario y una pesada carga.

Emprendo un viaje triste. El peor de toda mi vida, que yo recuerde. Mejor dicho, un viaje raro, de sentimientos encontrados. Contento por lo que hice, aunque nadie lo comprendiera en su momento, ni lo aprobaran, ni nos acompañaran. Siempre o casi siempre solos. No nos hacía falta nadie más, ni la sanción de los demás. Ahora, yo solo. Me asomo al balcón y aquello parece un precipicio, un sinsentido. La casa, la cocina, la playa, la luna reflejada en el mar y la mecedora sin ella. Parece una broma de mal gusto, un desierto, una playa desangelada. Porque para mí ella formaba parte de todo eso y ahora, sin ella, todo ello ha perdido buena parte del sentido y del ser que tenía. Ella lo llenaba, le daba sentido. Alrededor suyo giraban todas esas cosas y mi mundo era o parecía feliz, no necesitaba nada más. Contento por haber contribuido a dar una vida mejor, a hacerle ésta más llevadera y sencilla, más tranquila y calmada a quien tanto bueno me dio. No pretendía pagarle la diferencia o darle lo que pudiera a cambio porque lo que ella me dio no se puede pagar. Así era de grande, de inconmensurable y de maravillosa en su infinita y excepcional condición humana. Contento por haberle posibilitado que pasara casi veinte veranos a la orilla del agua, sin dolores, sin hospitales, sin merluzos a nuestro alrededor, sin prisas, sin nadie. Nosotros solos. Y el mar. Frente al mar.

Pero inevitablemente triste porque, al fin, aquello se separará de nosotros porque un papel y un montón de dinero están a punto de decirlo y/o sancionarlo. Nada puedo hacer por evitarlo, apenas se me reconoce el derecho al pataleo y para qué te vas a poner a patalear si nadie te va a hacer ni puto caso. Un pataleo interno, podríamos llamarlo, la procesión va por dentro aunque a veces se manifieste exteriormente. Llevar el duelo como mejor se pueda porque la separación de cosas materiales tan sentidas y unidas a nosotros o a lo que hemos sido, también tienen su duelo. Inconscientes, materialistas, me arrancan una parte de mí. No tan grande como la que me quitaron hace casi tres años, pero una parte a fin de cuentas. Y no se cansan, no cejan en su empeño. Una parte de lo que he sido, vivido, aprendido. Hasta que la mente sea capaz de no recordar en exceso, de desechar los recuerdos que vengan repentinamente primero de forma muy frecuente y, luego, de modo más pausado y natural. Desecharlos siempre porque, como siempre digo, los recuerdos son la peor cosa que se ha inventado. Nos atan, nos esclavizan, nos someten a dolores incurables en el alma tan fuertes como los que provocan las peores enfermedades y hay que librarse de ellos para seguir avanzando. No conozco otra terapia para combatirlos. Anular los recuerdos aunque totalmente no se puede conseguir dicho objetivo. Y, por favor, si usted es de los que cuando le vienen recuerdos a la memoria sonríe feliz, evite hacerme comentarios al respecto porque yo soy manifiestamente incapaz de conseguirlo y no tengo ganas de discutir con nadie. Tampoco me hable de tiempo que a mí, como medicamento, no me funciona. Ni me quita, ni me pone pero sí que hay días que me empeora.

Un viaje en solitario. Una soledad muy diferente de la que yo suelo hablar porque a mi me gusta la soledad, vivir a mi aire, hacer mis cosas sin dar cuentas a nadie y disfrutar de mi aun joven libertad. Pero hay otra soledad. La de no sentirse respaldado, apoyado, animado a hacer cosas. Siempre pegas, cosas mal hechas y problemas. Esa palmadita en la espalda que me falta para animarme a tomar decisiones importantes, para sentir que detrás de mi habrá alguien que responda si yo no lo puedo hacer. La soledad de no tener un aliciente por nada, la de verse solo en un momento en que se cierra un ciclo de la vida, se pone FIN a uno de los capítulos de mi vida. Y esas tres letras, FIN, no las pongo yo, me las hacen poner. Y no puedo rechistar, ni tampoco tengo derecho a ser comprendido.

La siento diciéndome que tengo que estar agradecido por lo disfrutado, que hay quien no ha podido vivir lo que yo he vivido y que las cosas materiales, todas, tienen su ciclo, su principio y su final y que atarse a ellas es cosa de necios. La encuentro ciertamente enfadada, de hecho, se la llevaban los demonios cuando a mi se me ocurría decir algo así delante de ella. Seré un necio pero ahora lo que siento es un desgarro en el alma, que se llevan algo y que yo, nuevamente, como hace casi tres años, no puedo hacer nada. Solo joderme, comulgar con la insensibilidad de la gente, dejar que pase el aguacero y superar el duelo.

Y no me hablen de recuerdos, que bastante voy a tener con los días venideros en los que haré un viaje al pasado para no volver jamás.

El amor tiene sus cosas. Cosas peculiares, me refiero. La más, sin duda, ocurre cuando alguien se siente enamorado y, al mismo tiempo, piensa, intuye o sabe que lo mejor es vivir simplemente así. Simplemente así, sin más, sin intentar conquistar a quien ama, sin hacerse ver, dejándolo pasar. Enamorados, sin hacernos siquiera una vaga idea de lo que sería de nosotros si no tuviésemos cerca a la persona amada pero al mismo tiempo alejados conscientemente el uno del otro. Porque no se puede estar juntos. Sin rozarse, sin tocarse, sin dar tregua a las chispas que inevitablemente saltarían cuando uno de los dos naufragara en el océano de los ojos del otro. Sin dejar sin embargo de pensar en la otra persona, sin poder vivir sin ella o él pero cuidándose de llegar a más.



Es mejor vivir así, dice la canción, locamente enamorados, locamente separados, locamente juntos. Recreándose en la felicidad de este amor sin sentido, sin principio y sin final; sabiéndonos o creyéndonos con demasiada inocencia a veces merecedores de un lugar en su corazón por ínfimo que sea. Regalando el nuestro como si no lo necesitáramos para seguir viviendo. Como si, por estar precisamente enamorados, el mero hecho de saber de la otra persona, de verse de tanto en tanto, de cruzarse por la calle, de verla a través de la ventana, etc., fuese razón más que suficiente para vivir felices. Colmados. Conformados. Felices dentro de la conformidad. Sabiendo que está pero que lo mejor es no intentar nada, no hacer nada, no dar ningún paso, dejarla pasar. Sabiendo que será un amor inolvidable pues, aunque no se pueda vivir con él, tampoco nos deja vivir sin él. Vivir sin saber muy bien qué está pasando, por qué esto, por qué ahora, qué sentido tiene, cuál es la razón de tamaño sinsentido y por qué a nosotros; y preguntándonos qué sería de nosotros si la otra persona no estuviera a nuestro alrededor.

Un amor imposible, incongruente, inconveniente, perjudicial para ambos o para algunos de los dos. Un amor donde lo peor sería estar juntos, un amor para hacerse daño, para desgarrarse el alma, para no dejar que pase y para no librarse nunca de él. Un suplicio de amor. Un amor que se convierte en condena.

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