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Ayer por la noche solo pude escuchar algunas de las frases finales de una discusión que, en un programa de uno de los canales de la TDT española, versaba sobre el escándalo Urdangarín y cómo éste podría afectar -o estaba afectando ya- a la Familia Real y a la Corona de España.




Y hoy, elEconomista.es nos informa de que la Infanta Cristina está muy enamorada de su marido y que el caso judicial parece no haber hecho mella en su relación matrimonial. Ver aquí.




Como digo, no pude llegar a enterarme de las posturas defendidas por cada contertulio pero escuché algunas cosas con las que no estoy de acuerdo. La principal es que se le echaba en cara a la Infanta Cristina no estar en España para dar la cara, pedir disculpas a los españoles si procedía y, en cualquier caso, hacer saber a los españoles que ella siempre va a estar a nuestro lado, pase lo que pase y por España asumirá los sacrificios que tenga que hacer. Se llegaba a decir que se vería obligada o bien a divorciarse o bien a renunciar a sus derechos a la sucesión al Trono. Me parece un tanto exagerado.




Esta señora, al igual que su marido, no son nadie especial para España, ni para los españoles. Ni tienen, por tanto, ninguna obligación especial asumida para con ellos. Ninguna ley les exige una conducta especial, ni les convierte en una instancia representativa, ni la Constitución les obliga a nada que no nos obligue al resto de los españoles. Desde ese punto de vista, respaldo la reciente propuesta de que tanto las Infantas como los hijos de éstas -y por supuesto sus maridos- sean excluidos de lo que se entiende por "Casa Real Española" y, por tanto, no reciban ni un solo euro de la paga anual que los Presupuestos Generales del Estado reservan para la Casa Real y que, por mandato constitucional, el Jefe de la Casa -el Rey- distribuye o distribuía entre él mismo, su mujer e hijos como Dios le daba a entender.




Espero, pues, que más pronto que tarde la Casa Real solo aluda al Rey y a la Reina, a los Príncipes de Asturias y a las hijas/os de éstos, que son los que ciertamente tendrán que dar la cara cuando llegue el día de aplicar las previsiones sucesorias y a los que, aunque no en virtud de una ley concreta, se les exige rectitud de comportamiento y ejemplaridad; palabra estrella ésta última del mensaje de la pasada Nochebuena del Rey.




Las Infantas, sus maridos y sus hijos, gracias a Dios, no son nadie en España. Nadie más que tú o que yo, quiero decir. Tienen los mismos derechos que el resto de los españoles, las mismas obligaciones y, hasta donde yo sé, un solo privilegio: el de poder comparecer ante un tribunal por escrito. Para todo lo demás, son ciudadanos normales y corrientes. Claro que siempre habrá alguien que diga que esto es mentira y que no son gente normal en tanto que se les reserva un trato especial. A lo que me refiero es que legalmente su personalidad jurídica es la misma que la mía y si tienen trato especial, si son incorporados en los consejos de administración de grandes empresas, si reciben sueldazos por ocupar dichos sillones y si son invitados a grandes eventos culturales, sociales o deportivos, etc., etc., es porque en España hay mucho papanatas que intenta dar brillo y esplendor a sus obras y actos con la presencia de personajes que supuestamente dan prestigio al asunto hasta que llega el día en que dejan de darlo. Y se arrojan al cubo de la basura, tal y como ocurrió con el ya olvidado Jaime de Marichalar y como ocurrirá con Iñaki Urdangarín.




¿Y por qué se tendría que divorciar de su marido?, ¿A quién se le exige semejante cosa después de un proceso judicial? A nadie. Que Urdangarín sea condenado a lo que el tribunal que le juzgue estime conveniente y que se vea obligado como es natural a acatar la sentencia, no tiene nada que ver con su relación matrimonial. Que se divorcie de la Infanta no va a repercutir en el bienestar de España ni, al menos particularmente a mi, me va a hacer sentir más satisfecho c0n el sentido de la sentencia o la posible condena. Que, por otro lado, la Infanta renuncie a sus derechos a consecuencia de una condena impuesta a su marido tampoco me parece razonable. Sí me lo parecería si ella misma fuese imputada y si resultase probada su participación en hechos delictivos. Entonces sí la Casa Real podría exigirle, como castigo ejemplarizante, que renunciara a sus derechos que, por lo demás, ejerce ella en su persona, son intransferibles, en ningún caso referidos a su marido y, por ello mismo, independientes de lo que haga o deje de hacer el Sr. Urdangarín.




Dicen que este caso está afectando mucho a la Corona. Ciertamente que podría hacerlo en tanto en cuanto aparecen cada vez más noticias que apuntan hacia la idea de que la Casa Real estaba más que informada de los supuestos turbios negocios del marido de la Infanta y no se puso un especial celo en apartarlo de los mismos, aunque parece que se le hicieron recomendaciones para que los abandonara o, incluso, alejarlo de España. La Casa Real, además, tardó en exceso en apartarlo de los actos públicos de la Familia Real y aun figura el Excmo. Sr. Urdangarín, con dicho tratamiento, como miembro de la Familia Real en la página Web de la Casa de Su Majestad el Rey.




Desde mi punto de vista, la única forma en que la Corona podrá salir airosa de este trance será aplicando ante los ciudadanos la máxima de la mayor transparencia informativa posible tanto en lo que respecta a este caso en particular como, a partir de ahora y para siempre, en los asuntos de gobierno y económicos de la Casa. No debería torpedear el trabajo de la Justicia y sí asumir el veredicto de los tribunales, ser diligentes en su aplicación y adoptar las medidas que se consideren oportunas para que el tumor no se siga expandiendo y permanezca bajo control.


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Si el cinismo se estudiara en las Facultades de Ciencias Políticas de las Universidades españolas, desde el pasado 18 de enero habría que incluir al presidente de la Comunitat Valenciana, Alberto Fabra, como el máximo exponente de dicha corriente política.

En una entrevista en El gato al agua, programa nocturno de Intereconomía, vino a decirnos a todos los españoles que su Comunitat está como está por culpa de Zapatero. No podía ser de otra manera. ¿Alguien podía pensar que Valencia fuera a estar como está, como una Grecia española, por haber malgastado el dinero público durante los dieciséis años de gobierno del Partido Popular?, ¿Qué persona en su sano juicio puede albergar en su cabeza la sospecha de que en esa Comunitat el dinero se ha tirado por la borda a espuertas en forma de Terra Mítica, Fórmula 1, aeropuertos peatonales, publicidad sobre los mismos o esculturas que recuerdan a Míster Potato por valor de 300.000 euros?


Según el Sr. Fabra no ha habido despilfarro, ni derroche, ni mala gestión, ni gasto en infraestructuras absurdas por parte de las instituciones valencianas. A ellos que les registren. El déficit valenciano, que es de los más altos de toda España por cierto, es cosa de Zapatero y de la deuda histórica del gobierno central con el valenciano. Apareció de repente. Nadie se lo esperaba. El argumentario, basado en que si Zapatero no hubiese negado la crisis, otro gallo le cantaría a su Comunitat, es tan absurdo que parece obsceno.




Pues escuchen el vídeo, sobre todo a partir del minuto seis. Resulta que la culpa es de Zapatero que, entiendo, habrá sido el responsable de dichos proyectos absurdos y ruinosos, el que firmó los contratos, el que dilapidó el dinero. Pero, fíjense, se olvidó el Sr. Zapatero, en su inmensa maldad, de firmar los cheques para pagar a los colegios concertados el dinero que la Comunitat les adeuda desde illo tempore y para darles liquidez para que, por lo menos, puedan encender la luz o pagarse la calefacción y no tener que expulsar a ningún alumno por colgar fotos en su Facebook de sus compañeros tapados con mantas dentro del aula y, con ello, acusarle de desprestigiar a su centro educativo.

Y vean cómo lo afirma y ni siquiera se sonroja, consecuencia de la tan española costumbre que dicta que nadie tiene que dimitir, ni disculparse, cuando como cargo público que debe respeto a sus gobernados se dedica a insultar la inteligencia de éstos y tratarlos como si nos chupásemos el dedo.


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Tampoco nos podemos -ni debemos- olvidar del escándalo que, dentro del escándalo de los EREs de la Junta de Andalucía, ha saltado al respecto del presunto gasto de dinero público para comprar coca para el antiguo Director General de Empleo y Seguridad Social y amistades.







A ese respecto, la consejera de Presidencia y Portavoz del Gobierno andaluz, Sra. Moreno, ha manifestado hoy que "no estamos quitando ni un gramo de gravedad a este asunto". La cosa, como ven, va de gramos y aparentes metáforas:
















Solo le ha faltado decir que al próximo que se pase de la raya le harán polvo.


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Abordemos el capítulo de los impuestos.

Les dejo -por ahora- con el Sr. Montoro y una intervención suya en un programa de televisión en noviembre de 2011, al inicio de la pasada campaña electoral al término de la cual el PP ganó las elecciones en España.

Según el actual Ministro de Hacienda, la subida de impuestos como el IRPF o el IVA traería menos crecimiento y más paro, menos gente invirtiendo y ahorrando, menos empresas, menos consumo, menos recaudación al Estado, más inseguridad para financiar las pensiones y los servicios públicos y, por último, dificultaría la salida de la crisis de los países europeos más perjudicados por ésta.

Vean:



Negro futuro el que nos espera.


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Como no tengo otra cosa de la que hablar, voy a recurrir a una de las facetas que más me gustan de los blogs y las redes sociales: la crítica a la versión oficial y el desentrañar la ponzoña ideológica con la que nos quieren contaminar.

Disfruto viendo que las hemerotecas y las videotecas son letales, nos recuerdan quién dijo qué, en qué contexto y nos permite hacernos una idea acerca de por quién estamos gobernados. O sea, a quién o quiénes hemos votado.

Cada día pondré un vídeo o un enlace o varias cosas al mismo tiempo o en distintas entradas.

Y empezamos ahora mismo reflexionando sobre la España que quiere Rajoy y el gobierno que en 2004 le inspiraba -como modelo, se supone- para cuando él gobernase en España. Corrían tiempos de campaña electoral, la de 2004 insisto, y en tal contexto comentó lo siguiente:




Un modelo digno de los mejores gobiernos y de las más acendradas democracias, Sr. Rajoy, desde luego.


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