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El santo Fraga.

En España, y no sé si en otros países de nuestro mismo horizonte cultural, se tiene la costumbre de convertir en santos a quienes mueren. Independiente de que los ahora muertos hayan vivido como santos o como demonios. Como resorte automático, corremos gozosamente a ensalzar lo bueno que haya a lo largo de tal o cual biografía y olvidamos, justificamos, disculpamos o comprendemos -o todo al mismo tiempo- los errores o los episodios incómodos.




Y, la verdad, podríamos entender dicho comportamiento si no fuera tan absurdo que, especialmente en algunas circunstancias y sobre algunas biografías, sonroja al más consciente. El ejemplo más cercano, sin duda, el de Fraga Iribarne sobre el que se ha glosado no solo su corta, insuficiente, miope y obligada por las circunstancias aportación a la transición de la derecha española a la democracia sino que se le ha dibujado casi, casi como uno de los padres de nuestra democracia. Una exageración. Su pupilo Aznar, al salir de su capilla ardiente, aludió a las pequeñeces de la vida política española actual dando a entender que Fraga se sitúa por encima de las mismas y el actual presidente del Gobierno lo definió como apasionado de la libertad olvidando señalar desde cuándo le entró dicha pasión desaforada.




Uno de las enfermedades más graves que pueden aquejar a nuestras sociedades es la de la desmemoria, curiosamente en esta época histórica en la que más información nos rodea y en la que, al menos en teoría, más fácil es el acceso a la cultura y a la información.




Bastaron unas cuantas horas para vestir a Fraga de blanco celestial. Resulta indignante que ello ocurra en una sociedad avanzada y que, como digo, debería tener o ir construyendo un registro claro de su pasado reciente, de su memoria histórica, y saber quién ha sido qué en la historia de España. No con afán vengativo porque la historia no se puede cambiar y fue como fue por ciertas razones, ni yo soy partidario de hacer lecturas de la historia en esos términos. No he leído una sola semblanza de la vida de Fraga en la que hayan aparecido juntos en la misma necrológica términos como Julián Grimau, Enrique Ruano, el engaño del accidente nuclear de Palomares en 1966, la más que limitada y restrictiva Ley de Prensa de 1966 que eliminaba la censura previa para imponer la autocensura y la posibilidad del secuestro o cierre de diarios, el Estado de Excepción de 1969, el caso del Diario Madrid y la muy deleznable intervención que en todos ellos tuvo el entonces Ministro de Información y Turismo, Fraga Iribarne. Tampoco he encontrado referencias a la represión de Montejurra y Vitoria en 1976 donde, con la participación de fuerzas policiales, es de suponer que algo supiera o incluso dirigiera el entonces Ministro de la Gobernación, Fraga Iribarne. No es de rigor explicar tales sucesos como "llegaron unos y se pusieron a pegar tiros", que es la explicación casi textual que el propio ex Ministro daba sobre aquellos altercados en una entrevista que fue emitada la noche posterior a su fallecimiento por TVE-1. Yo aquí no los voy a explicar. Les invito a que aprendan sobre ellos con simples búsquedas en Google y disfruten del placer de aprender por sí mismos, si es que ustedes desconocen algunos de los episodios aludidos.




Que Fraga colaborara en la redacción de la Constitución de 1978, creara un partido de derecha con opciones de llegar al gobierno de la Nación, supiera quitarse de en medio a tiempo en la carrera hacia La Moncloa e interviniera en el desarrollo como Presidente de Galicia de un Estado de las Autonomías contra el que combatió durante las discusiones sobre el texto constitucional, no hace desaparecer los borrones o episodios incómodos sobre su biografía.




Pero, como digo, lo peor es que nosotros mismos, los historiadores, y los periodistas los hagamos desaparecer consciente y muy piadosamente. No entiendo ese miedo. Será quizá para que luego, cuando nos toque a nosotros rendir la vida como a Fraga, seamos merecedores de un trato no menor. Me temo que es no un miedo a enfrentarnos a los muertos sino a enfrentarnos a nuestra propia historia y de ese modo condenarnos a repetirla o a no superarla y no poder librarnos de ella.


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2 guarrindongos tienen algo que decir:

Llevas toda la razón, mira que nos gusta santificar a demonios.
Este personaje, importante en la historia, no lo voy a negar, que tuvo el poder en sus manos, en una dictadura y que hizo lo que le dio la gana con el pueblo desde su posición.... ahora resulta que era un santo en vida....

Que Dios me libre del día de las alabanzas y sobre todo si esas alabanzas son mentira.

23 de enero de 2012, 5:58  

Creo que no hay más ciego que el que no quiere ver. No me gusta hablar de los muertos, pero el pobre señor no me caía bien, siempre contestó a los periodistas lo que le dio la gana, eso cuando no les colgaba el teléfono, lo sé por lo mucho que escucho la radio. A favor, que según tengo entendido fue uno de los políticos más honrados ( para mi siempre lo será Julio Anguita) y que hizo mucho por traer el turismo a una España en ruinas. Dos cosas a favor y muchas en contra, no las voy a enumerar, los que tenemos memoria las conocemos todas, y a mi no me convence eso de que se confesara cada semana. Prefiero no confesarme, pero no permitir que se le haga daño a nadie. De todas formas, como creo en la otra vida, que Dios tenga piedad de su alma.

23 de enero de 2012, 13:48  

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