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En capilla.

Así es como estamos, en capilla. O sea, que nos queda nada y menos para largarnos de esta casa para vivir temporalmente en una de alquiler que está a unos 100-200 metros de la nuestra.

Yo, que maldecía y me enfadaba porque entendía que, después de veintiséis años esta casa había lllegado a un punto en que o bien se hacía una reforma y se ponía en condiciones o bien se le echaba el cierre y que se cayese por sí sola pero sin nadie dentro. Yo, que le decía a mis amigos que no podían venir a mi casa porque no tenía cascos reglamentarios de obra para repartirles por si se les caía algún cascote y luego me pedían daños y perjuicios. Yo, que envidiaba a los que tenían su casa adecentada, bonita y arreglada, con esos cuartos de baño tan curiosos y todo tan bien dispuesto y recoleto. Yo, que hacía, pensaba y decía todo eso, me arrepiento por momentos de haber sido el cheerleader que nos ha llevado, con mis ánimos y mi insistencia, a meternos en este berenjenal y a hacer la reforma.

Yo sé que hay gente que no se va de su casa, es decir, que hacen la reforma con ellos dentro. No sé muy bien cómo, supongo que acabarán todos los días rebozados en yeso y polvo o conectados a una máquina de oxigenoterapia los días que vaya el pintor. No sé qué harán con los muebles o si se pasan todos el rato moviéndolos de allá para acá para que los albañiles puedan trabajar, y también supongo que subirán a la casa del vecino a ducharse o a lavarse los dientes.

El caso es que mis padres decidieron irse a una casa de alquiler, pensando que así nos evitaríamos ruidos, comer lentejas a las tres delicias -polvo, yeso y aguaplast- y que la obra acabaría antes dejándoles vacía toda la casa. A mí la sola idea de vivir en una casa que no era mía, en una cama que no era la mía, comer en un plato que no era de los nuestros o hacer mis necesidades en un cuarto de baño que vaya usted a saber quién ha pasado por allí, me provocaba -y me sigue provocando- espasmos. Pero, como no sabía qué casa iba a ser la elegida, pues tiré para adelante y seguí animándoles, acompañándoles a la fábrica de cocinas o a la nave de los azulejos. Tan feliz, ignorante de lo que se me avecinaba.

Un amigo de mis padres les ofreció su casa. La tenía deshabitada y, de paso, la abría y le sacaría unos eurillos al mes durante el tiempo que la necesitáramos. Yo le insistí a mi madre para que nos diera las llaves o, al menos, nos la enseñara. La casa, se entiende, que lo otro no me interesa. Pero la autora de mis días tenía plena confianza en él, se fiaba de su palabra y decía que el piso estaba "bien". Vamos, que tenía lo justo y lo necesario más lo que nos lleváramos nosotros.

Por fin, nos dio las llaves el viernes pasado. Y allá que fui a ver cómo estaba aquello. ¡En qué hora fui!

Primer escollo: se trata de un primer piso. Yo, acostumbrado a un último, donde apenas se oye nada, aluciné cuando entré allí y oía a la gente entrando o saliendo del portal -tiene la salida debajo de la terraza-, a los niños jugando en la calle, a los vecinos subiendo y bajando por la escalera cual legión de paquidermos hambrientos y, lo peor, escuchando una catarata de agua cada vez que los del segundo, los del tercero o los del cuarto tiran de la cadena de sus W.C. Y, además, cae con ganas, parece que te están echando un cubo de agua encima cada cuarto de hora.

Inspeccioné un poco el lugar. Me fijé en que cada dependencia está pintada de un color diferente pero al pasillo le pusieron un color diarrea de niño pequeño que deprime hasta al más bailongo. Si a eso se le suma el efecto de las amarillentas lámparas ochenteras con colgajos de plástico incluidos de lo más vintage -que qué a gusto se tuvo que quedar el que la vendió-, obtenemos que el efecto del pasillo es una atmósfera diarreica amarronada que provoca llanto y rechinar de dientes.

La puerta de la casa es de alta seguridad. Sí, alta seguridad de que alguien pueda venir y tirarla abajo de un eructo. No es blindada, huelga decirlo, solo tiene una cerradura y la llave se atranca en ella como el demonio. Al comprobar, por otro lado, que imperaba un fuerte olor a rancio y a cerrado, pensé en abrir las ventanas para ventilar. Pero cuál fue mi sorpresa cuando comprobé que ninguna abre. Las instalaron a principios de los '80, que es cuando se construyeron estos pisos, y así se debieron quedar. No me explico por qué están así. Eso está duro como el pedernal; te rompes la mano antes de abrir la ventanita de las narices. Y eso que tiene cuatro habitaciones, que ya podía abrir alguna. Como también comprobé que yo parecía Alí Babá en la cueva pero sin los cuarenta ladrones, por la oscuridad del piso, decidí subir las persianas. Al ser un piso tan bajo, es muy poco luminoso. Pero, incrédulo, observé cómo las subía y ellas solas se bajaban. Pensé, joder, que serían automáticas. Pero no, las correas deben estar rota.

La calefacción no funciona porque no sé qué narices les pasa a los radiadores, según nos dijo el dueño. Y, dado el frío que hacía en el lugar, me entraron ganas de orinar y pensé que podía aprovechar para ver los cuartos de baño y vencer la angustia que me entra cada vez que tengo que abrir tapas de W.C. distintas de las mías. Una luz lúgubre, la suciedad que campaba por sus respetos, trozos de papel higiénico tirados por el suelo, las telas de araña, el armario del baño del año de maricastaño así como los lavabos, las cataratas cayendo cada dos por tres, la taza y la ducha o bañera que deben ser propiedad del Museo Arqueológico de Kosovo pero que se los tiene cedidos a este señor, me quitaron las ganas de orinar y solo me dieron ganas de salir corriendo. Auténticos pasajes del terror, enchufes caídos, no te puedes ni afeitar, la madre que me parió.

Y ya solo quedaba ver la cocina, que solo tiene dos filas de muebles rústicos, una abajo y otra arriba. No están muy sucios pero por poco no me dio el pasmo mortal cuando observé que en el fregadero había dos cuchillos con restos de haberse comido una tarta de chocolate. Solo Dios sabe cuándo se la comieron porque el señor dice que él no vive allí, que solo va de paso muy de vez en cuando. Aquello tenía pinta de ser un foco de salmonelosis. Por poco me lío a vomitar. Tiene, por lo demás, frigorífico y lavavajillas; éste último ignoro si funciona. La lavadora está fuera, en el patio tendedero que tiene más mierda que el palo de un gallinero. Al fondo, un mueble con puerta sujetando un tablón y, encima, trapos, trozos de fregonas, plásticos, periódicos y, supongo, musarañas. Ni saber quise lo que había dentro del armarito. Más adelante, una pila para lavar a mano aunque más falta hace que una mano la lave a ella y, al lado, la lavadora cubierta por una capa protectora de roña negra como el carbón que hace, pienso, que todo lo que entre allí salga más sucio de lo que entró.

Total, estos dos últimos días me los he pasado allí casi íntegramente, deshollinando mientras mi madre montaba cajas en nuestra casa para luego llevarlas allí cargadas de todas nuestras cosas. Me dio tiempo a dejar más limpios que una patena el salón y sus muebles, incluido el sofá y las cuatro habitaciones y el pasillo. Ahora se puede comer en el suelo, si se quiere. Casi que me tengo que poner gafas de sol para que no me deslumbre tanto brillo. Quedan la cocina, el patio y los dos baños.

No obstante, no me gusta. Todo esto, para mí, va a ser un trauma. Hay un refrán que dice "en la casa de uno, como en ningún sitio". Como con nadie, que diría quien yo me sé. Y es verdad. Ahora me arrepiento de querer cambiar mis grifos rotos, mis caras de Bélmez, mi calefacción que no funciona por una casa que está igual pero que no es la mía. Ya solo queda rezar...

... Y líbranos de más reformas...

Fuente: decoraryreformar.com

5 guarrindongos tienen algo que decir:

Juass, que bueno. Tu no te has metido en un piso de alquiler, tu te has metido en LA GRANJA DE LA MATANZA DE TEXAS¡¡¡ Mira bien que no haya ninguna trampilla oculta en el suelo que vaya hasta el sótano, donde seguro están los esqueletos encadenados de los últimos moradores. La tarta de chocolate, como a los condenados, sería su último deseo, jajaja

Saludoss

17 de febrero de 2010, 10:37  

Pues vaya cara la del amigo de tus padres, lo menos que pudo hacer es traer a personas a limpiar, y entregarla, aunque estropeada, pero limpia, pero hombre, eso no se hace, yo en la casa que disfruté más fue cuando me casé, estrené ese piso, y vamos el saber que allí vas a ser tu el primero, eso es una gozada, en los otros dos, me tocó limpiar de lo lindo, antes de la mudanza, así que sé de sobra la paliza que te estás dando. Al menos piensa que cuando vuelvas a tu casa, todo estará nuevo y funcionando bien, y espero que no tarden mucho con la obra, que esa es otra. Suerte. Besitos.

17 de febrero de 2010, 19:21  

Uffffffffff, por un momento al leer el titulo he pensado: " Jota que se nos casa", pero no, las aguas siguen tranquilas, jajajjaa.
El amigo de tu padre después de que salgáis, con el lustre que le vais a dejar el piso, lo puede alquilar por el doble.
Algún día te contaré cuando yo hice mi reforma viviendo dentro, comiendo yeso y mi W.C era un cubo.
Ánimo con tu casa alquilada y piensa que cuando vuelvas a la tuya, estará muy chula.
Besosssssssssssss

17 de febrero de 2010, 21:20  

Andanda, con lo bien q va a quedar... Cuando estés de vuelta en tu flamante casa arragladita, ni te acordarás de esto.
Besicos.

17 de febrero de 2010, 21:31  

tu madre es muy confiada juanito, le pasa todo por lo buena que es, y bueno ya montados en el burro, arre burro, y que sea lo que dios quiera, sobre todo rapido, y que pronto puedas ir a tu casa, un abrazo

22 de febrero de 2010, 12:34  

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