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Una puerta cerrada en un rellano cualquiera, me dirán. De hecho, me temo, no hay más a ojos del resto de la gente. Para mí no es solo una puerta. Es -o era- la entrada a un lugar especial donde pasé tantos buenos y malos ratos y donde, sobre todo, se me esperaba.

Se me esperaba ardorosamente, con ganas, felizmente, con alegría. Todo cambiaba, me daba la sensación, cuando yo llegaba. Esa sensación era indescriptible. Yo era, según sus conocidos más cercanos, su alegría, su esperanza, su sonrisa, su mejoría, su motivo para presumir, su mejor conversador, su tranquilidad, su reposo, quien mejor escuchaba sus conversaciones y quien más comprendía sus problemas, meteduras de pata y las consecuencias inevitables y situaciones poco agradables de la enfermedad. En definitiva, su mejor terapia.

Los dos lo sabíamos. Por eso nos dábamos cita allí e intentábamos disfrutar al máximo de los ratos o breves temporadas de que disponíamos. Lo mismo reíamos que recibíamos visitas, que nos íbamos a que nos diese el aire a la calle o que llorábamos, especialmente, al final de los días.

Una puerta siempre abierta para mí. Una puerta que daba entrada a un lugar apacible, bien perfumado y rebosante de una personalidad y forma de ser que no dejaba a nadie, ni nada, indiferentes. Todo tocado por su varita mágica, por su permanente sonrisa y por su continua esperanza de que cada día fuese mejor que el anterior aunque apenas había motivos siquiera para pensarlo. Un lugar en el que, después de que pasara por él, aun parecía que seguía estando y colmándolo todo con su presencia.

Una puerta siempre abierta pero que, ahora, a pesar de todo lo que hice y lo que fuimos, no se abre para mí.

9 guarrindongos tienen algo que decir:

Hola Jota
Dicen que cuando una puerta se cierra, otra se abre. Es una tontería lo que acabo de decir.
Pero seguro que ella tiene, donde esté, una puerta abierta para hablar contigo, para soñar contigo, para reír incluso para abrazarte.
Siempre está contigo.
Hoy no te puedo dar más ánimos porque soy yo la que lo necesito.

Pero bueno ya que me has dado algunos sugus (se pone así?) pues yo te mando esos caramelitos de goma que tienen forma de besitos. y yo me quedo con las piruletas.
Vale?

9 de noviembre de 2010, 23:00  

PRINCESA.

Eso por supuesto, a nosotros no nos hacen falta puertas para hablar, siempre estamos en contacto y su puerta espiritual, digámosle así, no me la ha cerrado.
El caso es que su puerta material sí me la han cerrado en los morros. Es injusto porque hice muchas cosas por ella, pero ya sabes, ten familia para que sean ellos mismos -no tus enemigos- los que te despellejen, jajaja.

Te han gustado los sugus?? A mí me encantan!!! Quédate con las piruletas, el caso es que te endulces lo que queda de día y yo me como las chuches con forma de besito y que pican y me gustan una jartá, jajaja.
Besos!!!

9 de noviembre de 2010, 23:15  

¿Porqué miras una puerta cerrada?
Ya sabes, los árboles no te dejarán ver el bosque.
Piensa en la puerta que ella abrió en tí. Sólo eso. Lo demás, se lo dejó aquí, si no se lo llevó será porque no le hace falta.
Y hay una canción que dice que cuando una puerta se cierra se abre un ventanal, más grande, mas fuerte y con vistas al mar.

Joer con el puto otoño, cómo nos pone.

Un abrazo

10 de noviembre de 2010, 0:02  

PARKER.

No es que mire la puerta, sino que me acuerdo de todo lo que hice allí y me "conmueve" que ahora yo no pueda entrar. Pero, vamos, no hay nada allí que me interese, sería masoquismo, jejeje. Yo lo veo como algo simbólico...
El otoño y la primevera y el invierno..., nos ponen siempre jeje.
Besos!

10 de noviembre de 2010, 0:09  

Es bueno recordar y si lo que viviste allí fue bueno pues mejor.

La verdad es que es una lástima que el lugar donde viviste tantos buenos ratos ahora pertenezca a otra gente, es como si te hubieran robado tu sitio.
Al menos es lo que siento cuando veo la casa de mi abuela,

10 de noviembre de 2010, 6:04  

DAVID.

Pues sí, eso forma parte de nosotros tal y como somos.
En mi caso no pertenece a otra gente, pertenece a la misma. Es un jaleo bastante grande de usufructos e historias por el estilo pero, aunque sea gente de mi misma sangre, me tratan como si fueran desconocidos. O peor.
Abrazos!!

10 de noviembre de 2010, 16:36  

La casa de mi abuela ahora pertenece a mis tíos y aunque me llevo bien con ellos habré ido dos veces escasas desde que se murió mi abuela hace 20 años.

ya no es la misma casa.

10 de noviembre de 2010, 18:25  

DAVID.

Pues ya es casualidad, David, porque la casa de la mía ahora la tiene mi tío en usufructo aunque él no es el dueño únicamente de la misma. Y encima de que se le deja vivir ahí, se cree que aquello es su castillo y ahí que no entre nadie y, en fin, hace y dice ciertas cosas que más vale hacer caso omiso y pasar del tema.
Si la vuestra no es la misma casa, imagínate esta. No la reconoce ni la madre que la parió o el arquitecto que la diseñó, jajaja.
Un abrazo.

10 de noviembre de 2010, 18:40  

Te entiendo perfectamente, sé lo que sientes, pero es mejor que te quedes con los buenos momentos que viviste allí, esos no te los quita nadie, con la imaginación lo puedes ver todo de nuevo. Si el otro no te deja entrar, peor para él, al final las cosas se ponen ellas solitas en su lugar. Un besote fuerte, aprovecho que camina, mañana vengo a leer lo del Papa.

11 de noviembre de 2010, 2:16  

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